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El esclavo

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Se  lo suplico, amo, no me dé la libertad. No la quiero. No me sirve. Por favor, se lo ruego, permítame quedarme aquí, a su lado. Aquí nací, aquí crecí, aquí he vivido y le he servido fielmente durante toda mi vida, no me lance ahora a la libertad, solo, ignorante e indefenso. No quiero la libertad, amo, de verdad, no la quiero. ¿Para qué va usted a dármela si no sé qué hacer con ella? Dicen que ahora, siendo libre, podré ir dónde quiera, trabajar para quien me apetezca, vestir como desee, hablar sin pedir permiso, que no tendré que arrodillarme, que no sufriré castigos, que no hay nada como el sabor de la libertad. Eso dicen pero yo les digo: ¿y qué me importa? Yo no quiero ir a ningún sitio que no sea este, ni trabajar para nadie más que para usted, amo. Para vestir no necesito más que lo que usted me da y, en cuanto a hablar, ya sabe usted que me enredo con las palabras. No me importa arrodillarme ante usted y sufro los castigos sin rechistar porque son siempre merecidos. 
Además...…