sábado, 21 de noviembre de 2015

Médium



Lo principal es crear el ambiente adecuado. Penumbra, misterio, solemnidad religiosa, silencio. Si creas el ambiente adecuado ya tienes medio trabajo hecho. Todas esas cosas a los espíritus les da igual. Podrían aparecer incluso en medio de un concierto de heavy metal. Es a los vivos a quienes les importa todo eso. No puedes decirle a un cliente que vas a contactar con el espíritu de su difunto en la salita de estar con una taza de café en la mano y las ventanas abiertas de par en par. No señor. Debes crear el ambiente adecuado.
Así que, luz de velas, que casi ni vean por dónde pisan para que cada sombra se transforme en un espectro.
 
Silencio, que se vean obligados a hablar en susurros, como quien entra en una iglesia o en la habitación de un enfermo para que, en cada crujido, escuchen a un espíritu.
Vestuario sobrio, oscuro,  para que sientan el mismo escalofrío premonitorio que al acudir a un funeral.
Seriedad absoluta, como si de un acto solemne y trascendente se tratara, para que piensen que tu trabajo es realmente importante.
Sé formal, pero cálida. Distinguida, pero no pedante. A la vez lejana y cercana. Se madre severa que guía y dirige con mano de hierro pero con amoroso corazón.
Para ellos debes ser sacerdotisa, oráculo, vínculo cuasi sagrado que une el mundo de los vivos y de los muertos.
Debes despertar en sus almas temores ancestrales, respetos atávicos, devolver sus mentes al mundo de las cavernas.
 
Da igual que para ti el contacto con los que ya traspasaron la negra frontera sea algo tan natural y normal como para ellos charlar con el panadero o el quiosquero. Ellos no quieren eso. Quieren misterio. Quieren pensar que eres especial. Quieren, dicho vulgarmente, que les vendas la moto y tú, como buena médium, se la venderás y, además, hermosamente adornada.
Y, sobre todo, lo más importante, que ellos nunca, jamás, sepan que tu facilidad para hablar con el más allá de tú a tú no es producto de algún poder especial sino que se debe, simple y llanamente, a que tú eres una más de las habitantes de ese otro lado que ellos tanto temen y veneran.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Homenaje a Wells



Identidad

La bestia se contempla en el agua.
Ladea la cabeza.
Lentos y pesados, los pensamientos intentan atravesar la nebulosa de sensaciones e instintos que pueblan su cerebro.
La bestia sigue con los ojos fijos en el agua.
Frunce el ceño.
Se parece al Amo pero no es como el Amo.
También se parece a los animales salvajes pero no es como ellos.
La bestia sacude su cabeza, frustrada y confundida.
-Yo soy... -piensa- Yo soy...
Pero no consigue continuar.
¿Qué es? ¿Animal? ¿Humano?
Brazos, piernas, garras, colmillos...
-Yo soy... Yo soy...
Pensar cuesta. Pensar cansa. Dejarse llevar por las sensaciones y los instintos es mucho mejor, mucho más sencillo.
Un sonido atrae la atención de la bestia, que se gira, olisquea y observa.
Una pequeña y palpitante criatura avanza, cauta, unos metros más allá.
La bestia saliva, casi puede sentir el sabor de la carne en su boca, la calidez de la sangre en su garganta... ¡Pero no, no, está prohibido!
El Amo no lo permite.
Imágenes de dolor interminable llenan su mente.
-¡No carne! ¡No sangre! -piensa- El Amo no... Yo soy... Yo soy...
Pero la razón no avanza. Es débil. El instinto, en cambio, es fuerte. Se adelanta y toma el mando.
Mientras se lanza sobre la caza, la bestia repite para sí misma:
-Yo soy... Yo soy... Yo soy...
Cuando sus dientes se clavan en el frágil cuello, las dudas se disipan.
El último resto de razón desaparece.
Y la bestia ruge su identidad.





Profecía


Fue predicho, pero no fue escuchado.
Fue escrito, pero no fue entendido.
Todos conocían el mensaje pero ninguno prestó atención.
La profecía fue leída en libros, oída en emisiones radiofónicas, vista en pantallas de televisión y cine, llevada al teatro y hasta transformada en musical pero, aún así, nadie la vio.
Y, entonces, ellos llegaron.
Cayeron los cilindros.
Aparecieron las máquinas guerreras, los rayos calóricos, el humo negro...
Comenzó la caza de humanos.
Los que pudimos escapar nos escondimos en las profundidades.
El libro se convirtió en nuestra guía y en nuestra esperanza. Punto por punto, todo fue sucediendo tal como allí se contaba. De modo que, bien ocultos, esperamos con paciencia el día veintiuno, el día en que todos los alienígenas morirían.
Pero ese día llegó y pasó y nada ocurrió. Ni al siguiente. Ni al otro.
Nuestras esperanzas fueron muriendo lentamente...
La buena noticia es que ya no somos cazados ni vivimos bajo tierra.
La mala es que vivimos en granjas y somos criados como ganado.
Para ellos es más cómodo y, en cierto sentido, para nosotros también lo es.
Yo aún conservo el libro del señor Wells y, de vez en cuando, releo sus páginas finales, soñando con que esa parte de la profecía también se cumpla tarde o temprano y rezando para que ese momento llegue antes de que mis hijos sirvan de alimento a nuestros amos.