domingo, 19 de julio de 2015

Animales


Ira

Alzó la vista del periódico y la vio frente a él.
Tranquila.
Indiferente.
Había estado toda la tarde molestando, incordiando, importunando, enojándolo y ahora... ahora ahí estaba, tan tranquila, como si no hubiera pasado nada de nada.
Aquello terminó de sacarlo de sus casillas.
Estrujó el periódico entre sus manos.
Apretó los puños con fuerza.
Y golpeó una y otra vez hasta acabar con ella.
Se quedó un rato allí de pie, mirándola fijamente, jadeando exhausto, disfrutando de la visión de
aquel cuerpo machacado y sonrió con satisfacción.
¡Aquella maldita mosca ya no iba a darle más la lata!


Fidelidad

A pesar de todo fue fiel y leal hasta más allá de lo soportable.
A pesar del maltrato que era su desayuno, su comida y su cena diarias.
A pesar de los insultos que recibía como aperitivo, merienda y postre.
A pesar de todo fue fiel y leal hasta el momento en que su sentido de la supervivencia fue superior a su fidelidad y su lealtad y, en un arranque de miedo y furia, le desgarró la garganta al asesino de sus días.
Hecho esto, se tumbó junto al cuerpo muerto, apoyó la cabeza sobre el sangriento pecho y se mantuvo allí, fiel y leal, hasta que los empleados de la perrera se lo llevaron rumbo a su propia muerte.



El sueño de las ballenas

Mecidas suavemente por las heladas aguas del inmenso océano, las ballenas, enormes islotes orgánicos, duermen y sueñan que el mar es el cielo, que las olas son nubes y que ellas, ligeras, etéreas, elegantes y gráciles cual primas ballerinas vuelan y danzan mientras el mar, ese frío hábitat que las cobija, queda, allá abajo, a varios kilómetros bajo su panza. Lejano y ajeno.
Después de todo, piensan en sueños, volar no puede ser muy diferente de nadar y volar es el sueño de toda ballena.
Por eso, cuando despiertan, las ballenas, agitan su enorme cola, retuercen su gigantesco cuerpo y saltan una y otra vez fuera del agua, soñando, aún, que, en uno de esos saltos su cuerpo llegue hasta las nubes y allí se quede.


jueves, 9 de julio de 2015

La señora Engracia



La señora Engracia era menudita, redondita y dulce como un bollo recién horneado y olía igual de bien. Los niños del pueblo la adorábamos porque siempre llevaba el bolso lleno de golosinas que parecían no tener fin y que distribuía generosamente entre toda la chiquillería, porque nos contaba historias fantásticas y porque parecía tener una paciencia infinita para soportar nuestros gritos, nuestros juegos y nuestra presencia.
Los adultos, en cambio, la tenían por un poco loca. Inofensiva y encantadora, pero loca. Así y todo, entre risas y bromas, en el pueblo, cada primera noche de primavera, las ventanas se llenaban de vasos de orujo porque esa noche, contaba la señora Engracia, andaban los duendes de fiesta y casa donde no encontraran orujo, casa en la que iban a empezar a ocurrir cosas extrañas. El primer día de invierno se cuidaban mucho de apartar unos pocos troncos para que las hadas tuvieran con qué calentarse; y en la noche de Todos los Santos ninguno olvidaba sacar dulces para los espíritus que venían a visitar a los vivos. Nadie admitía creer las historias de la señora Engracia todos cumplían con estos pequeños rituales (y otros varios) iniciados por ella y es que, allá dentro suyo, donde nadie más que ellos se podían ver, estaban deseando que todo aquello fuera cierto y existieran cosas tales como duendes, hadas, espíritus y demás seres extraordinarios.


En cuanto a mí se refiere, pasaba largas tardes con ella huyendo de un hogar que se quebraba a base de gritos y portazos. Salir de mi casa e ir a la de la señora Engracia era como salir del infierno e ir al paraíso. En cuanto traspasaba el umbral de su puerta su sonrisa me arropaba y la tristeza se quedaba en la calle.
Algunas tardes las pasábamos trabajando en su pequeño huerto mientras ella me explicaba historias sobre unos diminutos seres que vivían por allí cerca y la ayudaban a tener las mejores verduras de todo el pueblo. Otras tardes la ayudaba a hacer pasteles mientras me contaba que el mejor azúcar para repostería era el que hacían las hadas porque llenaban los sueños de colores. Alguna otra dedicó a enseñarme a hacer calceta mientras me hablaba sobre lo divertido y complicado que era hacer bufanda para ratones y pajaritos. Y las tardes de tormenta yo le leía en voz alta mientras ella, sentada en la mecedora, tejía una bufanda interminable que -decía- era para un gigante friolero que ella conocía.
La señora Engracia llenó mi vida de sonrisas, fantasía, cariño y la más pura magia, y logró hacer más llevaderos aquellos difíciles momentos.


Al acabar el verano, mi madre abandonó a mi padre y me llevó a la ciudad.
Nunca volví a ver a la señora Engracia.
Al año siguiente, cuando regresé al pueblo para pasar las vacaciones con mi padre, la señora Engracia no estaba. Me contaron que un día se la había llevado una ambulancia y jamás había regresado. Nadie sabía qué había ocurrido realmente, algunos decían que debían haberla metido en algún asilo, la mayoría creía que había muerto.
Pero yo no podía creer que hubiera muerto, me parecía imposible y aún hoy sigo sin poder creerlo. Todo aquel amor, toda aquella magia no podían desaparecer así como así. Por eso, prefiero pensar que la señora Engracia, menudita, redondita y dulce como un bollo, había decidido irse con sus amigas las hadas a hacer pasteles mágicos y tejerles diminutos jerseys.
Y aún sigo leyendo en voz alta por si la señora Engracia me está escuchando.

jueves, 2 de julio de 2015

Sobre la Muerte




Comprensión

La Muerte se miró al espejo.
No por coquetería sino por saber.
Por saber qué veían aquellos a quienes se llevaba.
Por saber qué temían.
Sólo por saber.
La Muerte se miró al espejo.
Su rostro huesudo.
Su sonrisa inamovible.
Sus largos dedos.
Su figura delgada.
Su larga túnica.
Se miró de frente, de lado y hasta intentó ver su espalda.
La Muerte se miró al espejo. Intentaba entender qué les aterraba y no lo lograba.
Hasta que miró sus ojos, aquellas dos enormes cuencas llenas de vacío. Aquellos dos enormes agujeros inundados de eternidad y olvido. Aquellos dos pozos infinitamente oscuros.
La Muerte se miró a los ojos y supo, entonces, por qué la temían.




Filosofando

Tomó un trapo de cocina y se aproximó con sigilo a la mosca. Alzó el brazo lentamente, conteniendo la respiración para no espantarla, se detuvo un instante, midiendo distancias y calculando velocidades y, con un movimiento, rápido y certero... ¡ZAS! Aplastó al molesto díptero y lo mandó al otro barrio.
-Qué frágil es la vida -se dijo- y con qué facilidad se puede perder en un instante.
Meditó durante tres segundos más sobre lo efímero de la existencia y lo ineludible de la muerte, dejó el trapo a un lado, sonrió,  y dijo para sí mismo:
-¡Hay que ver, tanta filosofía por una simple mosca!
Justo en ese momento la Muerte alzó su guadaña y se aproximó con sigilo al hombre. Alzó el esquelético brazo lentamente. Se detuvo un instante, midiendo distancias y calculando velocidades y, con un movimiento rápido y certero... ¡ZAS! Cortó el hilo que lo unía a la vida enviándolo al mismo barrio al que, momentos antes, había volado la mosca.
La Muerte meditó durante medio segundo sobre la fragilidad de la vida humana y lo ineludible de su llegada, guardó la guadaña, sonrió y dijo para sí misma:
-¡Hay que ver, tanta filosofía por un simple humano!