viernes, 27 de marzo de 2015

Historias que trae el viento: Lágrimas



Nota

Se sienta ante el papel dispuesta a verter sobre él toda la pena, toda la rabia, todo el dolor que atenaza su corazón al punto de casi detener sus latidos.
Las palabras se agolpan en su cabeza, cada vez más densas y pesadas, apretadas unas contra otras, atemorizadas por el intenso dolor que las rodeaba.
La pena no ceja, la congoja no flaquea, las palabras se empujan, se densan, se condensan y, finalmente, se licuan transformándose en un río de lágrimas, en una enérgica corriente que arrastra y limpia el alma adolorida.
De su pluma nada sale, el papel queda en blanco.
Ella se marcha dejando la húmeda nota sobre la mesa.
Él no necesitó palabras para entender el mensaje de aquella nota.



Llanto

Aquel escritor estaba tan lleno de palabras, tan rebosante de vocablos, que, cuando lloraba, ya fuera de alegría o de tristeza, de emoción o de dolor, sus ojos no derramaban lágrimas sino verbos, sustantivos o adjetivos que él luego unía y transformaba en historias.

miércoles, 11 de marzo de 2015

El maestro


Todo el pueblo, lleno de furia, se había echado a la calle. Hasta el maestro, hombre prudente y callado, se había unido a la turba encolerizada que se dirigía al castillo en busca del monstruo que, desde hacía semanas, mantenía a la comarca aterrorizada.
La furibunda turbamulta avanzaba en bloque, gritando, gruñendo, transformadas las individualidades en un único cuerpo erizado de palos, rastrillos, hoces, palas y cualquier otro instrumento agrícola que pudiera ser usado como arma, la ira de unos alimentando la ira de otros, dispuestos todos a rasgar, apalear, colgar, desgarrar y, en fin, acabar con la vida del monstruo de las maneras más atroces.
El pequeño maestro, el hombre prudente que pasaba sus días enseñando y educando, se dejó arrastrar, enajenado por aquella marea de odio, hasta las puertas del castillo donde el Dr. Frankenstein y su criatura habitaban aunque, a medida que se aproximaban a su destino, más tiempo tenía para meditar y más resistencia oponía al torbellino de violencia que lo llevaba en volandas.


Al llegar a la lóbrega morada del monstruo y contemplarlo de cerca, el educador se convirtió en un punto de silencio en un mar de gritos. De pronto dudó. La fuerza airada que lo había empujado hasta entonces se iba disolviendo bajo la lluvia de sus pensamientos.
Miró a su alrededor y vio odio, ira ciega, ansias de sangre, hambre de violencia,  sed de muerte...
Miró al monstruo y vio soledad y temor.
Su mirada bailó de unos a otros y, durante un terrible y revelador instante, fue incapaz de distinguir quién era el monstruo y quién la víctima.
Avergonzado, dejó caer la horca que llevaba en la mano y, lentamente, la cabeza inclinada, abochornado, el prudente maestro regresó a su casa.