Sheila




Se llamaba Sheila, tenía cinco años y los ojos color de otoño.
Era mi hermana pequeña.
La recuerdo como la vi la última vez.
En pie allí donde el camino se adentra en el bosque.
La luz de la tarde otoñal jugueteando en su pelo.
Las hojas cayendo a su alrededor.
El viento agitando su vestido.
Daba saltitos y giraba intentando atrapar las hojas amarillas y rojas.
Reía sin parar.
Yo jugaba con el balón y la vigilaba a ratos.
De pronto dejé de oír su risa.
Se había detenido y miraba hacia el interior del bosque.
Como si alguien la hubiera llamado.
Se quedó muy quieta, como escuchando.


Me sentí asustado, no sé por qué.
La llamé pero ella no me oyó... o no quiso oírme.
Podía haber corrido hacia ella pero no lo hice.
El terror, sin motivo aparente, me tenía congelado el corazón.
Ella permaneció allí un rato, escuchando a saber quién o qué.
Luego se giró hacia mí. Agitó la mano en un gesto de despedida y, dando saltos y cantando alegremente, se metió en el bosque.
Y entonces, sí, me moví.
Corrí tan rápido como mis piernas de ocho años me lo permitieron.
No creo que hubieran pasado más de dos minutos pero cuando llegué no había rastro de Sheila.


Entré, yo también, en el bosque... todo lo que me atreví pero no logré encontrarla.
Los árboles parecían vigilarme.
La llamé a gritos hasta quedarme afónico.
Sólo me respondió el silencio. Un silencio tan denso que casi asfixiaba.
Comenzaba a anochecer cuando, abatido, decidí ir a pedir ayuda a los adultos.
La buscaron durante días.
Nunca encontraron el menor rastro de ella.
No sé qué se la llevó pero, desde entonces, yo no he vuelto a acercarme al bosque. A ningún bosque.
Me da miedo encontrar a Sheila.

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