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De infiernos y demonios


Condena


Las almas recién llegadas al infierno siempre se detenían, sorprendidas, ante aquel rincón, el más oscuro del lóbrego infierno, el más apartado del tétrico averno, el más triste del lúgubre abismo, un lugar al que no llegaba el aliento de las llamas, el único rincón helado del infierno, el único con una sola alma. Allí, en aquel sombrío y casi oculto recoveco, en aquella isla de oscuridad dentro de la oscuridad, en aquel gélido centro en medio del fuego eterno, sufría y penaba el ser más atormentado de aquel lugar lleno de tormentos y el alma más solitaria en aquel océano de soledades.
Eran sus gritos los más atroces de todo aquel antro y su llanto el más lastimero. Sus facciones, desencajadas hasta límites inconcebibles, mostraban el dolor de mil torturas. Su cuerpo se retorcía, desarticulado, preso de no se sabía qué suplicio. Todo él revelaba un dolor más allá de lo soportable, un calvario de tal intensidad que el resto de ánimas condenadas -quemadas, despellejadas, evisceradas, descuartizadas...-. no podía evitar sentir una profunda lástima por él.
Sin embargo, no había allí demonios torturadores, no restallaban látigos en su espalda, su carne no era atravesada por punzantes instrumentos, su piel no era quemada, despellajada o azotada, no se estiraban sus miembros, no se extraían sus vísceras, no se quemaba sus ojos o se arrancaba su lengua. No, allí no había nada de eso. Allí sólo estaba aquel hombre, aquella pobre alma oscura y torturada.
Perplejas y conmovidas, las ánimas recién llegadas, preguntaban y algún demonio, entre hastiado e irritado, entre empellones, golpes y pinchazos respondía:
-Este no nos da ningún trabajo, si todos vosotros fuerais así el infierno sería un paraíso para nosotros, los demonios. En realidad da igual que esté aquí o en cualquier otro sitio ya que, esté donde esté, el dolor va con él, hundido en lo más hondo de su ser. No necesita ser torturado por nosotros en ninguna manera porque, esa alma que ahí veis, sufriendo el más atroz de los sufrimientos, lleva el infierno dentro de sí mismo y no hay dolor que nosotros podamos infligirle mayor que el que él mismo se infligle.
Y las torturadas almas siguen adelante, empujadas por sus carceleros, sin dejar de mirar, apenadas, al ser más triste, solitario y atormentado de aquel lugar lleno de
tristeza, soledad y tormento.





Invocación
-¿Has dicho las palabras correctas?
-Sí.
-¿En el orden establecido?
-Claro.
-¿Con la cadencia adecuada?
-Sin medio fallo.
-¿Has subido el tono en las palabras “Demonio Infernal”?
-Lo he hecho.
-¿Has puesto el suficiente respeto en las palabras “Nuestro Amo Satán”?
-Ajá.
-Pues entonces no entiendo qué es “eso”... - dijo la bruja mayor señalando una figura que había aparecido en medio del pentáculo dibujado en el suelo del salón. Un empapadísimo diablo que, con una toalla a la cintura, un ridículo gorro de baño apenas cubriendo los cuernos y una esponja rosa en la mano derecha, bufaba:
-¡Lo sabía! ¡No falla! ¡Entrar en la bañera y que me llamen todo es uno!.... Aaatchús... ¡Por el amor de Satanás, cierren esa ventana que me voy a coger cualquier cosa!

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