Zapatos rojos



Dorothy bajó la vista y contempló sus zapatos rojos. Sus ajados, agrietados, pero aún hermosos zapatos rojos. Recordaba perfectamente el día que su madre se los había comprado, un día radiante, el último día feliz junto a ella. Una semana más tarde, ella, adolescente rebelde sin causa al filo de la mayoría de edad, cogió sus zapatos rojos, algo de ropa, su libro favorito y el muñeco de peluche que la había acompañado desde los seis años y, silenciosa, se marchó de casa.
El entusiasmo por la libertad ganada duró bastante menos de lo que Dorothy había imaginado y la realidad comenzó a llamar a su puerta demasiado pronto. En ese momento podía haber regresado a casa pero el orgullo primero, el miedo a la reacción paterna más tarde y, finalmente, la vergüenza de no sabía exactamente qué, le impidieron volver. Luego los días se convirtieron en semanas, las semanas se tornaron meses, los meses crecieron hasta hacerse años y cada minuto que caía era un obstáculo más en su camino de vuelta.
Dorothy seguía mirando sus zapatos, agrietados, sin brillo, desgastados por los años. Amaba aquellos zapatos, compañeros silenciosos, ancla granate que la fijaba a su pasado y la mantenía unida firmemente a  tierra.  Se habían convertido en una especie de amuleto, el talismán que utilizaba cuando quería sentirse segura. Como en ese momento, frente a la puerta de su antiguo hogar. Aspiró con fuerza los olores de su infancia: el café recién hecho, las flores que llenaban balcones y ventanas, la ropa aleteando en los tendederos, la fruta expuesta en la entrada de la frutería, el pan horneándose... Se deleitó con los sonidos que formaban la banda sonora de su niñez: el murmullo de televisiones y radios, madres llamando a sus hijos, niños gritando, coches que pasan... Dorothy cerró los ojos y, por un frágil instante soñó que había vuelto al perdido país de la infancia.

Las emociones comenzaban a acumularse en su estómago.
Frente a ella, la puerta que había cerrado tras sí aquella lejana tarde y que no creyó volver a ver. Dentro se oía, bajito, la voz de su madre canturreando una vieja copla, como siempre, y por las rendijas de la puerta se escapaba el humo de la pipa de su padre, también como siempre.
La añoranza, la nostalgia, el amor, la pena, la alegría, el miedo y la esperanza luchaban  entre sí para dominar en su corazón.
Dorothy tomó aire profundamente, sujetó su bolso con fuerza, igual que un náufrago sujetaría un madero,  golpeó tres veces sus talones y murmuró:
-No hay lugar como el hogar
Alargó una mano temblorosa y llamó a la puerta.



 


Entradas populares de este blog

Negra Navidad

Entre dos nadas