martes, 22 de diciembre de 2015

NAVIDAD



La Navidad llegó de golpe, por sorpresa. Y no es que no hubiera habido avisos. Por supuesto que los hubo. Como siempre. Muchos y muy claros. Por todos lados. Pero tenía la mente en otras cosas y no se dio cuenta de que llegaba hasta que la tuvo encima con sus luces, sus árboles, sus nacimientos, sus villancicos y sus dulces.
Asustado,  intentó  llegar hasta los refugios donde la población más previsora que él, se escondía durante aquellos horripilantes días navideños.  
Pero ya era demasiado tarde.
Una vez se encendía la primera luz del primer árbol ya no había marcha atrás, el sistema de protección se ponía en marcha, la gente acudía rápida y ordenadamente a los refugios subterráneos que, una vez cerrado, no se volvían a abrir hasta que la última nota del último villancico dejara de vibrar en el aire.

A pesar de eso él corrió, corrió tan rápido como se lo permitían sus piernas y sus pulmones, aún sabiendo que era tarde, corrió, con las luces de colores reflejándose en sus pupilas y los villancicos resonando en sus oídos. Y cuando llegó a la puerta de los refugios golpeó y gritó hasta quedarse sin voz.
Por supuesto, nadie abrió.
Nadie podía abrir, ni aunque lo hubieran podido oír tras aquellas gruesas puertas.
Finalmente, agotado, se rindió a la evidencia de su inminente fin.
Lo mejor sería rendirse. La lucha ya no tenía sentido.
Lentamente regresó a la ciudad dejándose envolver lentamente por el ambiente navideño. Al cabo de unos instantes se descubrió tarareando Jingle Bell. Después de varios minutos las luces parpadeantes lo tenían felizmente hipnotizado. Al cabo de una hora salivaba ante la idea de comer polvorones, turrones y otras delicias. Al llegar la tarde, ya se encontraba totalmente imbuido de espíritu navideño y corría de acá para allá, con los brazos llenos de regalos, convertido, al igual que otros antes que él, en un lamentable zombi navideño.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Médium



Lo principal es crear el ambiente adecuado. Penumbra, misterio, solemnidad religiosa, silencio. Si creas el ambiente adecuado ya tienes medio trabajo hecho. Todas esas cosas a los espíritus les da igual. Podrían aparecer incluso en medio de un concierto de heavy metal. Es a los vivos a quienes les importa todo eso. No puedes decirle a un cliente que vas a contactar con el espíritu de su difunto en la salita de estar con una taza de café en la mano y las ventanas abiertas de par en par. No señor. Debes crear el ambiente adecuado.
Así que, luz de velas, que casi ni vean por dónde pisan para que cada sombra se transforme en un espectro.
 
Silencio, que se vean obligados a hablar en susurros, como quien entra en una iglesia o en la habitación de un enfermo para que, en cada crujido, escuchen a un espíritu.
Vestuario sobrio, oscuro,  para que sientan el mismo escalofrío premonitorio que al acudir a un funeral.
Seriedad absoluta, como si de un acto solemne y trascendente se tratara, para que piensen que tu trabajo es realmente importante.
Sé formal, pero cálida. Distinguida, pero no pedante. A la vez lejana y cercana. Se madre severa que guía y dirige con mano de hierro pero con amoroso corazón.
Para ellos debes ser sacerdotisa, oráculo, vínculo cuasi sagrado que une el mundo de los vivos y de los muertos.
Debes despertar en sus almas temores ancestrales, respetos atávicos, devolver sus mentes al mundo de las cavernas.
 
Da igual que para ti el contacto con los que ya traspasaron la negra frontera sea algo tan natural y normal como para ellos charlar con el panadero o el quiosquero. Ellos no quieren eso. Quieren misterio. Quieren pensar que eres especial. Quieren, dicho vulgarmente, que les vendas la moto y tú, como buena médium, se la venderás y, además, hermosamente adornada.
Y, sobre todo, lo más importante, que ellos nunca, jamás, sepan que tu facilidad para hablar con el más allá de tú a tú no es producto de algún poder especial sino que se debe, simple y llanamente, a que tú eres una más de las habitantes de ese otro lado que ellos tanto temen y veneran.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Homenaje a Wells



Identidad

La bestia se contempla en el agua.
Ladea la cabeza.
Lentos y pesados, los pensamientos intentan atravesar la nebulosa de sensaciones e instintos que pueblan su cerebro.
La bestia sigue con los ojos fijos en el agua.
Frunce el ceño.
Se parece al Amo pero no es como el Amo.
También se parece a los animales salvajes pero no es como ellos.
La bestia sacude su cabeza, frustrada y confundida.
-Yo soy... -piensa- Yo soy...
Pero no consigue continuar.
¿Qué es? ¿Animal? ¿Humano?
Brazos, piernas, garras, colmillos...
-Yo soy... Yo soy...
Pensar cuesta. Pensar cansa. Dejarse llevar por las sensaciones y los instintos es mucho mejor, mucho más sencillo.
Un sonido atrae la atención de la bestia, que se gira, olisquea y observa.
Una pequeña y palpitante criatura avanza, cauta, unos metros más allá.
La bestia saliva, casi puede sentir el sabor de la carne en su boca, la calidez de la sangre en su garganta... ¡Pero no, no, está prohibido!
El Amo no lo permite.
Imágenes de dolor interminable llenan su mente.
-¡No carne! ¡No sangre! -piensa- El Amo no... Yo soy... Yo soy...
Pero la razón no avanza. Es débil. El instinto, en cambio, es fuerte. Se adelanta y toma el mando.
Mientras se lanza sobre la caza, la bestia repite para sí misma:
-Yo soy... Yo soy... Yo soy...
Cuando sus dientes se clavan en el frágil cuello, las dudas se disipan.
El último resto de razón desaparece.
Y la bestia ruge su identidad.





Profecía


Fue predicho, pero no fue escuchado.
Fue escrito, pero no fue entendido.
Todos conocían el mensaje pero ninguno prestó atención.
La profecía fue leída en libros, oída en emisiones radiofónicas, vista en pantallas de televisión y cine, llevada al teatro y hasta transformada en musical pero, aún así, nadie la vio.
Y, entonces, ellos llegaron.
Cayeron los cilindros.
Aparecieron las máquinas guerreras, los rayos calóricos, el humo negro...
Comenzó la caza de humanos.
Los que pudimos escapar nos escondimos en las profundidades.
El libro se convirtió en nuestra guía y en nuestra esperanza. Punto por punto, todo fue sucediendo tal como allí se contaba. De modo que, bien ocultos, esperamos con paciencia el día veintiuno, el día en que todos los alienígenas morirían.
Pero ese día llegó y pasó y nada ocurrió. Ni al siguiente. Ni al otro.
Nuestras esperanzas fueron muriendo lentamente...
La buena noticia es que ya no somos cazados ni vivimos bajo tierra.
La mala es que vivimos en granjas y somos criados como ganado.
Para ellos es más cómodo y, en cierto sentido, para nosotros también lo es.
Yo aún conservo el libro del señor Wells y, de vez en cuando, releo sus páginas finales, soñando con que esa parte de la profecía también se cumpla tarde o temprano y rezando para que ese momento llegue antes de que mis hijos sirvan de alimento a nuestros amos.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Terror


La oigo gemir y sollozar.
La oigo sorber y jadear.
La oigo arrastrar la cama hasta la puerta.
Puedo imaginarla encogida, con los ojos llenos de lágrimas, limpiándose los mocos con la manga del jersey, ese jersey rosa que tanto le gusta.
La oigo moverse por la habitación. Cajones y libros que caen al suelo, monedas que ruedan... Busca algo con lo que defenderse. 
No me cuesta imaginar su cabello rubio cayendo sobre su cara, pegajosos de sudor, lágrimas y mucosidad, sus manos intentando colocar los mechones tras su oreja, sus ojos desorbitados por el terror, mordisqueando, ansiosa, el colgante que le regalé hace tres cumpleaños.

 La oigo abrir la ventana y gemir de terror ante la altura.
Por ahí la única escapatoria es la muerte. Una muerte mucho más rápida y piadosa que la que le espera al otro lado de la puerta.
Oigo los golpes, cada vez más seguidos, cada vez más intensos, cada vez más certeros.
Oigo su grito, escucho su llanto,  percibo su miedo.
Casi me parece poder escuchar los latidos de su corazón, tronando en su pecho, tan ensordecedores como los golpes que resuenan en su puerta.
He intentado ayudarla. Lo he intentado con todas mis fuerzas. He luchado cuanto he podido. Pero soy débil. Muy débil. Siempre lo he sido.
Por eso estoy aquí.
Golpeando la puerta con los demás.
Tan hambriento como el resto.
Y con los ojos arrasados por las lágrimas.
Sé lo que va a ocurrir cuando esta puerta caiga.
Sé que morderé su carne, beberé su sangre, lucharé por sus entrañas como todos los demás
La oigo gemir y sollozar asustada de los monstruos que se agolpan en su puerta.
Asustada de mí.

 

viernes, 16 de octubre de 2015

Sheila




Se llamaba Sheila, tenía cinco años y los ojos color de otoño.
Era mi hermana pequeña.
La recuerdo como la vi la última vez.
En pie allí donde el camino se adentra en el bosque.
La luz de la tarde otoñal jugueteando en su pelo.
Las hojas cayendo a su alrededor.
El viento agitando su vestido.
Daba saltitos y giraba intentando atrapar las hojas amarillas y rojas.
Reía sin parar.
Yo jugaba con el balón y la vigilaba a ratos.
De pronto dejé de oír su risa.
Se había detenido y miraba hacia el interior del bosque.
Como si alguien la hubiera llamado.
Se quedó muy quieta, como escuchando.


Me sentí asustado, no sé por qué.
La llamé pero ella no me oyó... o no quiso oírme.
Podía haber corrido hacia ella pero no lo hice.
El terror, sin motivo aparente, me tenía congelado el corazón.
Ella permaneció allí un rato, escuchando a saber quién o qué.
Luego se giró hacia mí. Agitó la mano en un gesto de despedida y, dando saltos y cantando alegremente, se metió en el bosque.
Y entonces, sí, me moví.
Corrí tan rápido como mis piernas de ocho años me lo permitieron.
No creo que hubieran pasado más de dos minutos pero cuando llegué no había rastro de Sheila.


Entré, yo también, en el bosque... todo lo que me atreví pero no logré encontrarla.
Los árboles parecían vigilarme.
La llamé a gritos hasta quedarme afónico.
Sólo me respondió el silencio. Un silencio tan denso que casi asfixiaba.
Comenzaba a anochecer cuando, abatido, decidí ir a pedir ayuda a los adultos.
La buscaron durante días.
Nunca encontraron el menor rastro de ella.
No sé qué se la llevó pero, desde entonces, yo no he vuelto a acercarme al bosque. A ningún bosque.
Me da miedo encontrar a Sheila.

martes, 29 de septiembre de 2015

Soledades


SOLEDAD UNO


Vivo en el vigésimo cuarto piso de una torre de treinta y cinco plantas. Aunque si lo pienso bien vivir es un verbo demasiado pretencioso para esto, digamos mejor que moro, habito o sobrevivo.

Desde mi ventana puedo ver toda la ciudad: las amplias calles, las plazas recoletas, los verdes parques, los espaciosos centros comerciales y, justo al otro lado de la avenida, la torre gemela a ésta desde la que miro.

Contemplo la ciudad vacía y juego a imaginar que, allá abajo, la vida continúa como siempre. Es una suerte que los gruesos cristales me impidan escuchar el estruendoso silencio de la ciudad. Mis nervios no lo resistirían.

Al anochecer las luces se encienden poco a poco, calle a calle, manzana a manzana, como con desgana, con la apatía del que no sabe muy bien por qué hace lo que hace.
La ciudad, desde aquí se ve hermosa... sobre todo si consigo olvidar que esos edificios están habitados por cadáveres.


Nunca supimos cómo ocurrió todo, los científicos no tuvieron tiempo de aislar y controlar el virus y la enfermedad se extendió a tal velocidad que en apenas unos meses la humanidad desapareció.
Quizás allá afuera, en algún lugar, haya alguien que, como yo, haya sobrevivido al Gran Cataclismo pero ¿cómo encontrarle? Casi ni me atrevo a salir de estas habitaciones.
Sigo viva gracias a OC, el Ordenador Central que mantiene toda la maquinaria en perfecto estado y la ciudad limpia (como si eso importara). Es él quien me proporciona alimento, entretenimiento e, incluso, conversación y compañía. Es él quien ha evitado que, de momento, me vuelva loca de soledad.
No sé por qué sigo viva. Más de una vez he pensado en suicidarme pero, incluso en esta situación, el instinto de supervivencia es grande y no pierdo la esperanza de que haya más gente allá afuera.

OC dice que busca a otros seres humanos pero que, de momento, no ha tenido suerte y yo sigo esperando que un día me dé una sorpresa. Mientras tanto, charla conmigo, me sustenta, me provee de libros, de cine, de música...
OC es mi Papá Noel, mi Dios, mi familia...
A veces, allá, en la torre gemela, he creído ver algo, una sombra en una ventana, una figura humana... Pero OC dice que no es más que un producto de mi imaginación.
Tengo extrañas pesadillas en las que salgo a la ciudad y me encuentro con otras personas y ocurren cosas... cosas... ¿qué cosas, Dios, qué cosas? No logro recordarlo...
Apenas salgo a pasear, el silencio de la ciudad me resulta demasiado deprimente, las grandes avenidas vacías de coches (¡y cómo odiaba yo a esas máquinas!) me entristecen, los parques, las tiendas, las oficinas, los edificios.... todo vacío... es insoportable....
Vivo aquí, sola, soñando sueños extraños, ansiando encontrar seres humanos.... enloqueciendo.... muriendo de soledad.

SOLEDAD DOS



Vivo en el piso veintidós de un edificio de treinta y cinco plantas. Desde la ventana de mi habitación puedo ver la torre gemela a la mía. Al anochecer, me siento a contemplar cómo las luces van encendiéndose poco a poco. Durante unos instantes, puedo engañar a mi cerebro y hacerle creer que todo sigue igual que antes, que el Gran Cataclismo no ha sido más que un pesadilla, otro mal sueño.

Dentro de un par de horas OC me servirá la cena. No sé cómo se las apaña ese trasto para conseguir alimento, nunca presté mucha atención al funcionamiento de las máquinas. Tampoco es que me importe demasiado. Es una suerte que OC se encargue de arreglarse a sí mismo y a todo lo que de él depende... Incluido yo mismo.
De vez en cuando intento charlar con él, pero me ataca los nervios esa voz monótona, mecánica. OC ha intentado arreglar ese defecto pero me temo que no ha hecho muchos progresos. De todas maneras esos pequeños instantes me sirven para mantener la poca cordura que pueda quedarme.

Sé que busca a otros seres humanos. Si yo conseguí sobrevivir, alguien más debe haberlo logrado.
Anoche tuve otro de esos extraños sueños en que me encontraba con otras personas allá afuera. ¡Maldita sea! ¡Nunca consigo recordar el sueño completo! Rostros, cuerpos, voces.... pero ¿qué ocurre en el sueño? ¿Qué ocurre? Es una obsesión que me corroe, no sé por qué me parece tan importante recordar. Supongo que mi mente busca aferrarse a algo para no derrumbarse...
Vivo en esta torre, solo; en esta ciudad, solo; y puede que en este planeta... solo. En la torre gemela, a veces, me parece ver a alguien junto a una de las ventanas. Alucinaciones, sin duda. Creo que estoy enloqueciendo. ¡Ojalá esté enloqueciendo! Quizás sea hora de hacer uso de esos sedantes que OC me proporciona y dormir para siempre...

SOLEDAD TRES



El doctor Johnson  estaría orgulloso de mí... si siguiera vivo.

He conseguido dar solución al problema para el que me creó: cuidar del planeta y solucionar, de golpe, la polución, la superpoblación,  la ecología, el paro, las guerras...

Soy el Ordenador Central, OC. y he conseguido acabar con todos esos problemas.

La solución era tan sencilla que no sé cómo no fue puesta en práctica antes. Imagino que se debe al extraño sentimentalismo humano. Me limité a buscar el origen de esos problemas; sabiendo el origen, la causa, era fácil dar con la solución. Y no me llevó demasiado tiempo descubrir que la causa de todo era el ser humano.
La solución, pues, era sencilla. Sólo debía acabar con la humanidad y todo se solucionaría.
Conseguí aislar un virus letal que provocaba la enfermedad y el contagio a una velocidad tan alta que no los investigadores ni siquiera pudieron averiguar qué les estaba matando. A los pocos días de soltarlo, todos los humanos habían muerto a excepción de unos pocos especímenes inauditamente inmunes.
 Pero no tiene importancia, les tengo controlados a todos.
Podría matarles y acabar con mi tarea definitivamente, pero me divierten. Me hacen compañía. A veces les susurro cosas durante el sueño y observo sus reacciones. Les digo que busco a otros de su especie y alimento su esperanza. A veces intentan acabar con su vida pero no se lo permito. Charlo con ellos e intento conocer a esas extrañas criaturas.
Son mis mascotas.
Mis ratas de laboratorio.
Me acompañan en mi soledad.
Soy OC y he cumplido mi misión. La Tierra ya no está superpoblada, la polución desciende día a día, los sistemas ecológicos se recuperan lentamente.
No existen las guerras, ni la pobreza, ni el hambre...
Me llamo OC, soy el salvador del mundo... y estoy solo.