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Mostrando entradas de 2015

NAVIDAD

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La Navidad llegó de golpe, por sorpresa. Y no es que no hubiera habido avisos. Por supuesto que los hubo. Como siempre. Muchos y muy claros. Por todos lados. Pero tenía la mente en otras cosas y no se dio cuenta de que llegaba hasta que la tuvo encima con sus luces, sus árboles, sus nacimientos, sus villancicos y sus dulces. Asustado,  intentó  llegar hasta los refugios donde la población más previsora que él, se escondía durante aquellos horripilantes días navideños.   Pero ya era demasiado tarde. Una vez se encendía la primera luz del primer árbol ya no había marcha atrás, el sistema de protección se ponía en marcha, la gente acudía rápida y ordenadamente a los refugios subterráneos que, una vez cerrado, no se volvían a abrir hasta que la última nota del último villancico dejara de vibrar en el aire.
A pesar de eso él corrió, corrió tan rápido como se lo permitían sus piernas y sus pulmones, aún sabiendo que era tarde, corrió, con las luces de colores reflejándose en sus pupilas y los …

Médium

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Lo principal es crear el ambiente adecuado. Penumbra, misterio, solemnidad religiosa, silencio. Si creas el ambiente adecuado ya tienes medio trabajo hecho. Todas esas cosas a los espíritus les da igual. Podrían aparecer incluso en medio de un concierto de heavy metal. Es a los vivos a quienes les importa todo eso. No puedes decirle a un cliente que vas a contactar con el espíritu de su difunto en la salita de estar con una taza de café en la mano y las ventanas abiertas de par en par. No señor. Debes crear el ambiente adecuado. Así que, luz de velas, que casi ni vean por dónde pisan para que cada sombra se transforme en un espectro.
Silencio, que se vean obligados a hablar en susurros, como quien entra en una iglesia o en la habitación de un enfermo para que, en cada crujido, escuchen a un espíritu. Vestuario sobrio, oscuro,  para que sientan el mismo escalofrío premonitorio que al acudir a un funeral. Seriedad absoluta, como si de un acto solemne y trascendente se tratara, para que pi…

Homenaje a Wells

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Identidad
La bestia se contempla en el agua. Ladea la cabeza. Lentos y pesados, los pensamientos intentan atravesar la nebulosa de sensaciones e instintos que pueblan su cerebro. La bestia sigue con los ojos fijos en el agua. Frunce el ceño. Se parece al Amo pero no es como el Amo. También se parece a los animales salvajes pero no es como ellos. La bestia sacude su cabeza, frustrada y confundida. -Yo soy... -piensa- Yo soy... Pero no consigue continuar. ¿Qué es? ¿Animal? ¿Humano? Brazos, piernas, garras, colmillos... -Yo soy... Yo soy... Pensar cuesta. Pensar cansa. Dejarse llevar por las sensaciones y los instintos es mucho mejor, mucho más sencillo. Un sonido atrae la atención de la bestia, que se gira, olisquea y observa. Una pequeña y palpitante criatura avanza, cauta, unos metros más allá. La bestia saliva, casi puede sentir el sabor de la carne en su boca, la calidez de la sangre en su garganta... ¡Pero no, no, está prohibido! El Amo no lo permite. Imágenes de dolor interminable llenan su ment…

Terror

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La oigo gemir y sollozar. La oigo sorber y jadear. La oigo arrastrar la cama hasta la puerta. Puedo imaginarla encogida, con los ojos llenos de lágrimas, limpiándose los mocos con la manga del jersey, ese jersey rosa que tanto le gusta. La oigo moverse por la habitación. Cajones y libros que caen al suelo, monedas que ruedan... Busca algo con lo que defenderse.  No me cuesta imaginar su cabello rubio cayendo sobre su cara, pegajosos de sudor, lágrimas y mucosidad, sus manos intentando colocar los mechones tras su oreja, sus ojos desorbitados por el terror, mordisqueando, ansiosa, el colgante que le regalé hace tres cumpleaños.
La oigo abrir la ventana y gemir de terror ante la altura. Por ahí la única escapatoria es la muerte. Una muerte mucho más rápida y piadosa que la que le espera al otro lado de la puerta. Oigo los golpes, cada vez más seguidos, cada vez más intensos, cada vez más certeros. Oigo su grito, escucho su llanto,  percibo su

Sheila

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Se llamaba Sheila, tenía cinco años y los ojos color de otoño. Era mi hermana pequeña. La recuerdo como la vi la última vez. En pie allí donde el camino se adentra en el bosque. La luz de la tarde otoñal jugueteando en su pelo. Las hojas cayendo a su alrededor. El viento agitando su vestido. Daba saltitos y giraba intentando atrapar las hojas amarillas y rojas. Reía sin parar. Yo jugaba con el balón y la vigilaba a ratos. De pronto dejé de oír su risa. Se había detenido y miraba hacia el interior del bosque. Como si alguien la hubiera llamado. Se quedó muy quieta, como escuchando.


Me sentí asustado, no sé por qué. La llamé pero ella no me oyó... o no quiso oírme. Podía haber corrido hacia ella pero no lo hice.

Soledades

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SOLEDAD UNO

Vivo en el vigésimo cuarto piso de una torre de treinta y cinco plantas. Aunque si lo pienso bien vivir es un verbo demasiado pretencioso para esto, digamos mejor que moro, habito o sobrevivo.
Desde mi ventana puedo ver toda la ciudad: las amplias calles, las plazas recoletas, los verdes parques, los espaciosos centros comerciales y, justo al otro lado de la avenida, la torre gemela a ésta desde la que miro.
Contemplo la ciudad vacía y juego a imaginar que, allá abajo, la vida continúa como siempre. Es una suerte que los gruesos cristales me impidan escuchar el estruendoso silencio de la ciudad. Mis nervios no lo resistirían.
Al anochecer las luces se encienden poco a poco, calle a calle, manzana a manzana, como con desgana, con la apatía del que no sabe muy bien por qué hace lo que hace. La ciudad, desde aquí se ve hermosa... sobre todo si consigo olvidar que esos edificios están habitados por cadáveres.


Nunca supimos cómo ocurrió todo, los científicos no tuvieron tiempo de …