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Libro Sagrado

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Con extremo cuidado, el sacerdote trasladó el sagrado libro desde el arcón en el que reposaba cada noche hasta la gran mesa en la que dos escribas pasaban todas las horas de luz copiando minuciosamente la divina palabra. Un ejemplar sería para el Monarca de las Tres Ciudades y el otro para el Sumo Sacerdote. Los dos monjes encargados de las copias trabajaban de sol a sol, sin apenas descanso, turnándose para comer y beber apresuradamente para no perder tiempo de luz. Lenta y delicadamente ambos hombres iban copiando los dibujos y las incomprensibles palabras. Sin prisas, porque las cosas sagradas deben hacerse de manera concienzuda y lenta, para no cometer fallos que afeen el trabajo divino y tergiversen el mensaje de los dioses. Los nuevos libros serían magníficos. En ellos sólo se usaba lo mejor de lo mejor: las más caras pinturas, los colores más brillantes, los pinceles más finos, finísimo pan de oro e, incluso, incrustaciones de piedras preciosas, un lujo totalmente ajeno al sencil…