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Mostrando entradas de mayo, 2014

Relojes inteligentes

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Se aburría. Mucho. Y cuando se aburría, pensaba. Y cuando pensaba, tenía ideas. No grandes ideas. No ideas novedosas. Sólo... ideas. Absurdas, mayormente. Como aquella vez que se dejó retar a una partida de ajedrez por un caballero o aquella otra que decidió tomarse unas pequeñas vacaciones sin olvidar aquella otra en que se le antojó tener descendencia. Es lo que tiene el aburrimiento, que te hace ser creativo. Y si alguien sabía de aburrimiento esa era, sin duda, la Muerte. Con crujir de huesos, la Parca se estiró, bostezó y, apoyando el huesudo cráneo sobre su huesuda mano, esparció la vista más allá del gigantesco escritorio y contempló, entre hastiada y disgustada, los más de siete mil millones de relojes de arena que descansaban llenando hilera tras hilera de estanterías, entre el siseo de los granos al caer, el “plop” de los que iban apareciendo y el “pfff” de los que desaparecían. Shhhh.... Plop... Pffff.... Esa era la banda sonora de su vida... Pfff... Plop... Shhh... una y otr…

Espíritu libre

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A las diez y media de la noche ya se encontraba Basi sentado a la barra de su pub favorito, charlando con Manolo, el barman de toda la vida. A las once y cuarto, con su segunda copa, Basi lanzaba su habitual diatriba contra la vida lastimera y rutinaria de la mayoría de los humanos mientras Manolo -uno de esos borregos amaestrados que tanto despreciaba Basi- le prestaba un cuarto de su atención y disimulaba tres o cuatro bostezos. Eso de tener un trabajo fijo, un horario estricto, vivir atado a una mujer, a unos hijos, un jefe, vivir cada día del mismo modo que el anterior, repetir cada día los mismos gestos, los mismos caminos y las mismas rutinas no iba con él. No señor, Basi era un espíritu libre, un aventurero, un ser nacido para vivir bien lejos de las convenciones mundanas. Y este discurso era repetido por Basi cada noche, a la misma hora, con una exactitud casi milimétrica, justo entre su segunda copa y su primera raya de coca. A eso de las doce comenzaba su habitual recorrido po…

Vida

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Sesenta años y su biografía se veía reducida a cero. Pendiente de su madre enferma desde hacía años, Mauricio no había vivido, ni disfrutado, ni padecido otra cosa que el diario sufrir de la enfermedad materna. No tenía amigos porque no disponía de tiempo para compartirlo con ellos. No tenía pareja porque no había tenido tiempo para conocer el amor. No conocía las alegrías ni las tristezas que la vida depara a la mayoría de la gente porque él sólo había dispuesto de tiempo para trabajar y para cuidar a su madre. El vacío, pues, siempre había estado presente pero no fue hasta que se quedó totalmente solo, ya sin la necesidad de cuidar de otro ser, que su no existencia se le mostró en toda su vacua crueldad. Fue entonces cuando comenzó a coleccionar fotografías.
Iba cada domingo al rastro, vestido siempre de punta en blanco, y recorría los puestos en busca de sus pequeños tesoros fotográficos. Revisaba todas las fotografías que encontraba y escogía con sumo cuidado las que quería. No buscaba e…