jueves, 17 de abril de 2014

Vegan zombie


A Salustio Olortegui -Salus para los amigos- no le disgusta ser zombi. No se puede negar que tiene sus desventajas: los rígidos andares, el babear de imbécil, la manía de ir perdiendo miembros a diestro y siniestro, la forma de hablar tan minimalista..., pero también es cierto que tiene grandes ventajas: ya no debe preocuparse por su aspecto, siempre tiene compañía porque los zombis van juntos a todas partes, no tiene que dar conversación a nadie porque no existen los zombis habladores, no  ha de preocuparse por mantenerse sano porque, total, ya está muerto...
Sólo una cosa empaña la felicidad de la maravillosa no-vida de Salus: la dieta.
¡Ay esa manía zombi de comer carne a todas horas y sin parar!
¡Ay, ese hambre cárnica que se le agarra a las no-tripas y no lo deja en paz!
Salustio Olortegui, vegano practicante y evangelizante, azote de congéneres carnívoros y amante de las frescas verduras de su huerto ecológico sufre a todas horas de unas desesperadas y desesperantes ansias de meterle el diente a la carne fresca y sangrante de algún vivo despistado.
Salus resiste como puede su insufrible deseo de carne humana y trata de apagar su hambre insaciable con las pocas verduras y frutas que puede encontrar en aquella ciudad muerta. Así, mientras los otros zombis se reunen en manadas descerebradas en cuanto les llega el más leve olor a ser humano vivo, Salus busca algún supermercado o frutería y se zampa todo lo zampable, que es cada vez menos y mayormente putrefacto cosa que, siendo él mismo un ser en constante proceso de putrefacción, no es algo que le preocupe en demasía. 

Pero por mucha legumbre, fruta y verdura que coma, el hambre no abandona a Salus, sus pútridas tripas rugen cada vez que hasta su cuarto y mitad de nariz llega el dulce aroma de la carne fresca, cálida y palpitante de los humanos cercanos y su boca saliva sin saliva ante la visión de los banquetes sangrientos de sus compañeros no-muertos. La tentación es grande pero como zombi de principios que es, Salus resiste con valor y una increíble voluntad, sobre todo teniendo en cuenta lo muy poco de humano que queda en su licuado cerebro.
Y así podría haber seguido Salus, con este plan de contención y abstención durante todo lo que le durara su no-vida, sino hubiera sido por el cerdo.
De haber sido otra época menos extraña, y de haber tenido los sesos menos licuados, Salus se habría preguntado qué narices hacía un cerdo de aquella envergadura en plena ciudad pero dadas las circunstancias tanto del mundo como de su cerebro, sólo dijo:
-¡UUUUARRGH! -o algo por el estilo.
Iba a continuar su renqueante camino cuando, en un cambio del viento, llega hasta su cuarto y mitad de nariz el inconfundible aroma a ser humano, a ser humano vivo, se entiende. Y después de olerlos, los ve y lo que ve no le gusta nada a Salus.
Los humanos, pendientes del cerdo, no ven al zombi que los mira con la cara de incomprensión típica de cualquier zombi y continuan lo que ellos consideran un sigiloso avance hacia el gorrino que, descuidado, hoza entre un montón de basura. 


Los humanos rodean al animal, lo acosan, lo acorralan y, finalmente, lo matan a palos.
Salustio Olortegui, el zombi vegano y pacifista, se espanta primero, luego se horroriza y, por fin, se indigna, se encocora y hasta llega a enfurecerse.
-¡Eso no! -piensa con su cuarto y mitad de licuado cerebro-. ¡Malditos carnívoros asesinos!
Pero por su desgarrada garganta lo único que sale es:
-¡AAAAOOORRRGGG! ¡GGGGGRRRAAARGH! -o algo parecido.
Los cazadores lo oyen antes de verlo: un zombi escuálido, con cuarto y mitad de nariz, patizambo y de ojos saltones que, agitando los brazos, gruñe y avanza hacia ellos tropezando con sus propios pies, y huyen espantados, no porque teman a ese enclenque no-muerto sino porque saben que los gruñidos de este atraerán a otros. Y esos otros no tardan en aparecer, olisqueando el aire, arrastrando extremidades, gruñendo su monótona cantinela, aproximándose lentos pero inexorables.
Y al frente de todos, con furiosa determinación, no dirigiendo pues los zombis sólo son dirigidos por su hambre voraz, pero sí marcando el paso, se encuentra Salus, mostrando sus amarillos dientes, las manos convertidas en garras, la furia brillando en sus apagados ojos.
Al fin, después de tanto tiempo, Salustio Olortegui ha encontrado el modo de conjugar su veganismo y su condición de zombi. La muerte de ese incongruente cerdo le ha dado la justificación necesaria para dar rienda suelta a su naturaleza zombi.
Los zombis salen de los edificios cercanos, se acercan desde las calles próximas, rodean a los atrevidos cazadores. Salus es el primero en darles alcance, por primera vez un zombi entre zombis. Su desleído cerebro, ofuscado por el olor a carne, sus instintos a flor de piel, sus manos hechas zarpas. 

Uno de los cazadores tropieza, y ese fatídico tropiezo le concede el indeseado e indeseable honor de convertirse en la primera presa de Salus.
Las papilas gustativas del zombi, acostumbradas a décadas de verdura y fruta, explotan de placer al primer bocado de jugosa carne que cae sobre ellas y su garganta se abre para absorber hasta la última gota de sangre fresca. Salustio se ve inmerso en un éxtasis de placer carnívoro. Arranca, desgarra, destripa, deshuesa, descuartiza, muerde, mastica y traga envuelto en una nube de furia vengadora.
Cuando la orgía carnívora concluye, Salus, ahíto, mira a sus compañeros sintiéndose, por fin, parte del grupo, miembro de la manada, compañero de cuadrilla. Sabe que no hay vuelta hacia el veganismo pero no le importa. Alimentarse de humanos será una extensión de su defensa animalista. Acosará a sus ex-congéneres, les dará caza, les torturará y se alimentará de su carne tal como ellos llevan siglos haciendo con otros animales.
En su atrofiado cerebro, Salus se ve como el cadavérico vengador de todas las especies animales.
En la parte más primitiva de su atrofiado cerebro, el reptil se relame pensando en la carne aún por comer.

 

 

sábado, 5 de abril de 2014

Micros



De cobardes y de héroes

El muchacho, casi un niño, miraba a Martínez con ojos de cachorro asustado.
Martínez, con el arma apuntando al muchacho, lo miraba fijamente pensando en su propio hijo, apenas algo menor, y no le costó nada verlo en el terror de aquellos ojos casi infantiles.
-¡Vamos Martínez! ¡Dispara de una puta vez! -le azuzaba el teniente Bermúdez.
Martínez seguía mirando al muchacho aterrorizado y pensando en la familia, angustiada, esperaba su regreso.
Bajó su fusil y, cabizbajo, comenzó a girarse.
El muchacho, liberado del embrujo del miedo, se levantó, tomó su arma, disparó sobre Martínez y salió huyendo.
Martínez fue enterrado como un cobarde.
El muchacho fue vitoreado como un héroe.




Esperanza


Luzmila había tenido un triste pasado, vivía un presente doloroso y poseía una fe inquebrantable en el futuro.
Por eso, cada día, esperanzada, se sentaba a la puerta de casa y, con cara sonriente, esperaba la llegada de su brillante mañana.
Y cada noche, con la misma sonrisa, se iba a la cama pensando:
-¡Mañana! ¡Será mañana!
Y pasaron semanas, meses, años y Luzmila, confiada, seguía esperando su feliz futuro.
Su piel se arrugó, sus ojos perdieron brillo, sus cabellos encanecieron, la muerte, inexorable, llamó a su puerta y sólo entonces admitió Luzmila que aquel radiante porvenir que ansiaba había pasado, silencioso e invisible, a su lado, sin que ella lo notara y la había dejado allí, olvidada. 


 Acrofobia

-Oiga, jefe -le dije yo al jefe-. ¿No podría ayudarme con este problema mío con las alturas? Me paso el día así, encogido de miedo, con sudores fríos, con mareos... Lo paso fatal. Así no se puede trabajar, ni vivir, ni ná...
Y el jefe me miró con esa cara tan seria que pone él, ya sabes, esa en que no mueve ni un músculo. Y me miró así como mira él, muy fijo, sin pestañear, hasta que uno baja la mirada avergonzado de no se sabe qué.
Lo debí pillar en un mal día porque cuando habló con esa voz tan suya va y me dice muy sonriente:
-Claro, por supuesto, sin problemas...
Y luego me envió al Infierno.