viernes, 28 de febrero de 2014

Amor letal


Era hermosa, muy hermosa. Destacaba en aquel lugar lleno de muerte como una delicada figura de cristal de Swarovski en un basurero. Berg contemplaba hipnotizado su llameante cabello rojo y su esbelta figura envuelta en un ajado vestido de novia, cuando escuchó los gruñidos que anunciaban a un grupo de zombis que, lentos pero decididos, se dirigían hacia el lugar en el que ella se encontraba.
Sin pensarlo demasiado, abrió la puerta dispuesto a socorrerla.
Ella, entonces, giró su rostro hacia él.
Berg se detuvo, aún en el porche de entrada, bruscamente paralizado por la visión que, al girarse, la muchacha había dejado al descubierto: un cuello desgarrado y cubierto de sangre, y un rostro hermoso pero inexpresivo que movía de un lado a otro, olisqueando el aire como un animal de presa.
Ya era tarde para aquella hermosa muchacha y Berg, apesadumbrado y asustado, volvió a entrar rápidamente en la casa cerrando la puerta tras sí. Por fortuna, sus compañeros se encontraban durmiendo, porque sino -y a falta de otro tipo de diversión-- se habría convertido en su entretenimiento favorito durante días.
Berg volvió a la ventana desde donde había visto a la muchacha para continuar observándola. No podía dejar de mirar aquella belleza suya no mancillada del todo a pesar de la temible herida del cuello. Aún no había tomado el aspecto semi putrefacto de tantos otros y la palidez de su piel aún podía pasar por normal. Debía haberse infectado hacía poco, no era raro que se hubiera confundido.


Sólo cuando sus compañeros se levantaron dejó Berg de observar a la muchacha e intentó concentrarse en otro tipo de cosas para dejar de pensar en ella, aunque sin demasiado éxito.
Al día siguiente volvió a la ventana pensando que la muchacha ya habría desaparecido pero con la secreta esperanza de que aún siguiera ahí. Al cabo de unos minutos la localizó, rondando la casa con un grupo cada vez mayor de zombis. Pronto se verían obligados a abandonar aquel refugio pues el número de no-muertos, atraídos por su olor, no dejaba de aumentar pero, de momento, él podía seguir disfrutando cuanto quisiera de la visión de aquella belleza no muerta.
La hermosa zombi se convirtió en el centro de su rutina diaria. Lo primero que hacía despertar era acercarse a la ventana y comprobar que ella aún seguía allí, y luego se pasaba las horas muertas observándola e imaginando cómo habría sido antes de toda aquella mierda, cómo sería su risa, cómo sonaría su voz, qué cosas le gustarían y qué le disgustarían. Le creó una personalidad y una vida y, poco a poco, de modo casi inevitable, Berg acabó enamorado de ella o, más bien, de la “ella” que él había creado.
Sus compañeros no tardaron en percatarse de su obsesión y, al considerarlo un loco, optaron por vigilarlo estrechamente temiendo que, en cualquier momento, su demencia lo llevara a ponerse -a ponerlos a todos- en peligro.

Cuantos más días pasaban, más se obsesionaba Berg con la muchacha zombi y más se empecinaba en encontrar una forma de estar juntos, y en su desquiciada mente fue surgiendo un plan para lograrlo. Un plan simple, fácil de llevar a cabo y que nadie podría descubrir porque no precisaba ni de ayuda externa ni de planificación. Lo único que necesitaba era encontrarse con los zombis y eso era algo que sucedía cada vez con mayor frecuencia.
La oportunidad le llegó en la siguiente salida para buscar alimentos. Sólo hubo de esperar uno de los múltiples ataques y hacer lo que debía para defenderse y defender a los demás: golpear, machacar y triturar. Con eso bastó para tener su bate chorreante de la sangre infectada de los monstruos. Aprovechando un momento en que los demás no le prestaban atención, Berg se llevó el bate a los labios y, conteniendo las arcadas, lamió la repugnante sangre.
Ahora él también estaba infectado y reunirse con ella sólo era cuestión de tiempo.
Regresó en silencio con todos los demás. Durante los días siguientes apenas habló ni comió, su vida se había reducido a contemplar a la muchacha del vestido de novia y vigilar su propio cuerpo buscando las señales indicadoras del avance de la enfermedad. La infección era rápida en actuar, comenzaba con náuseas, vértigos y un penetrante dolor de cabeza, luego llegaba la fiebre y, a partir de ahí, todo se precipitaba.
Dos días después de lamer la sangre infectada, Berg sintió las primeras náuseas. Por suerte para él ese mismo día se organizó una nueva expedición en busca de herramientas y algunas vendas, gasas, antisépticos, medicinas y cualquier otra cosa que ayudara a mejorar el escaso arsenal médico del que disponían. Partieron con las primeras luces del día, todos armados hasta los dientes. Berg llevaba consigo su inseparable bate, una escopeta, un par de pistolas y, cruzadas sobre el pecho, unas cananas que le daban un aspecto entre fierro y cómico. Quién hubiera imaginado que él, el pacifista recalcitrante, el antibelicista, el anti armas, el anti violencia, el anti todo, se viera ahora obligado a utilizar aquellos artilugios a todas horas.

La exploración fue larga y fructífera, lograron cargar el cuatro por cuatro con todo tipo de herramientas, medicamentos y material diverso. Tras el largo día, las extenuantes luchas y la tensión nerviosa, todos se encontraban eufóricos. Habían logrado sobrevivir unas horas más. Habían logrado vencer a los zombis. Se sentían fuertes, poderosos, casi invencibles. Cuando la adrenalina comenzara a bajar, retornaría la depresión pero, de momento, se sentían alegres y exultantes.
Ya de vuelta a casa, mientras descargaban, Berg fingió ir a investigar un ruido inexistente y se internó en un bosquecillo cercano. Los zombis no solían frecuentar aquella pequeña floresta, allí no entraban los humanos, y los escasos animales que habían logrado escapar de la voracidad zombi hacía tiempo que se habían ido. Ese sería un buen lugar para pasar las últimas fases de la infección. Y si alguno de ellos se atrevía a acercarse, Berg podría defenderse... o eso esperaba. A lo lejos sus compañeros, apercibidos de su desaparición, gritaban su nombre. Lo buscarían durante un rato y luego desistirían convencidos de su muerte.
Berg se instaló bajo un árbol, el bate a un lado, las cananas al otro, la escopeta sobre sus piernas, las pistolas a mano... Luego esperó. Esperó pensando en ella. Soñando con ella. El dolor era tan intenso que parecía que el cráneo se le iba a romper en mil pedazos, la fiebre lo mantuvo en un estado de delirio continuo durante horas. La muerte se acercaba a gran velocidad y él soñaba con el momento en que se produjera. Dentro de poco él también sería un zombi y entonces podrían estar juntos para siempre. Le daba igual que, en realidad, no pudiera haber interacción de ningún tipo entre ellos. Le daba igual que aquello no pudiera considerarse una relación humana. Daba lo mismo. El caso era estar con ella... como fuera.
Y entonces la vio llegar.
Olisqueaba el aire como un animal.
El olor a carne humana la había guiado hasta allí. A ella y a tres zombis más que tras ella se acercaban al moribundo Berg.
Él la contemplaba, extasiado. Una sonrisa iluminó su rostro. La fiebre lo mantenía en un estado de alucinación y delirio continuo. Berg no era consciente de lo que ocurría.
Ella se aproximaba cada vez más con el paso torpe y anquilosado de todo zombi. Gruñía y salibaba como una bestia hambrienta. Desde aquella distancia eran fácilmente discernibles los estragos de la enfermedad y la muerte. Desde tan cerca, la bella no resultaba tan bella. Si Berg hubiera tenido sus facultades en perfectas condiciones, habría salido huyendo despavorido ante aquel ser monstruoso que apestaba a carne putrefacta. Pero la mente del hombre estaba al borde de la muerte y era incapaz de discernir entre lo real y lo imaginado. Él seguía viendo a una hermosa mujer, la mujer a la que amaba.
La zombi, gruñendo y tropezando, llegó junto a él. Lo tomó del pelo. Echó hacia atrás su cabeza e, inclinándose hacia su cuello, se dispuso a devorarlo.
Él, sin dejar de sonreír, tuvo tiempo de murmurar un “te amo” antes de que los dientes de la muchacha desgarraran su cuello.



No olvidéis que el día 7 de marzo presento mi libro en Madrid y que estáis invitados todos.

  

 


jueves, 20 de febrero de 2014

Micros y cosas... O viceversa


Adelanto esta semana la actualización del blog para compartir con vosotros (los que aún no lo sepáis y los que aún me leáis... ¿Hola? ¿Hay alguien ahí afuera? ¿Allá al fondo, quizás?) una buena noticia:
El próximo día 7 de Marzo, a las 19.30  presentaré mi libro “Testamento de miércoles”, en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (Leganitos 10, Madrid)
Presenta: Fefa Martí Maldonado. Coordina el acto: Emilio Porta.
Quien quiera y pueda o viceversa, está más que invitado (y como no vayáis os lanzo un conjuro que ya, ya...).
Quien no pueda... pues nada, para esos no habrá conjuro ni ná :)
Alguno habrá que vaya... ¿verdad? ¿verdad? :D
Os dejo el cartel porque... porque... pues porque mola :D (Y después del cartel, ya sí, los micros, impacientes :P).



MICROS:


Final


Renqueante, marcando el ritmo con su bastón de caña, Gervasio se acerca hasta el banco. Cabizbajo y melancólico, dobla su cuerpo con dificultad y, tembloroso, deja que su cuerpo repose sobre la cálida madera.
Agotado tras tan nimio esfuerzo, apoya las manos en el bastón, la cabeza en las manos y la mente en los recuerdos, mientras contempla su propia sombra encorvada.
Gervasio sonríe y, cerrando los ojos, recuerda...
La sombra ladea la cabeza, se despereza, se estira, se encoge, se transforma hasta mostrar la silueta de un niño con pantalón corto.
El niño-sombra se gira y echa a correr.
Gervasio, sin pensarlo demasiado, se levanta y corre tras él.
El viejo y triste cuerpo se derrumba sobre el banco.


Visión mortal

Le bastó el mínimo instante en que sus ojos se cruzaron con los de su reflejo para entender el horror, la soledad y el dolor de su vida.
Le bastó ese pequeño cruce de miradas con su imagen para comprender el vacío de su alma.
Asintió levemente, aceptando su próximo futuro, y su reflejo, silente, hizo lo mismo.
El vacío, el horror, la soledad y el dolor que había visto en sus ojos debían acabar.
Una misma y solitaria lágrima recorrió las mejillas de ambas -monstruo y reflejo- al ofrecer el cuello a la espada.
Ni un sólo grito surgió de la boca de Medusa mientras Perseo cortaba su cabeza. 




Romeo y Julieta


Un minuto después de su suicidio, Romeo y Julieta se miraron felices.
Dos minutos después de su suicidio -y tras atravesarse mutuamente varias veces- Romeo y Julieta cesaron en sus intentos de abrazarse.
Tres minutos después de su suicidio, Romeo y Julieta comenzaron a pensar que, quizás, su amor era, mayormente, producto de la efervescencia hormonal.
Cuatro minutos después de su suicidio, Romeo y Julieta charlaron brevemente:
-Quizás nos hemos precipitado.
-Quizás...
-Igual hemos hecho el primo.
-Igual...
Cinco minutos después de su suicidio, Romeo y Julieta bostezaron y se preguntaron cómo de larga sería la eternidad.
Seis minutos después de su suicidio, Romeo, Julieta y su gran amor se desvanecieron lentamente en el aire dejando sólo una hermosa leyenda.

sábado, 8 de febrero de 2014

Despertar




El joven, valeroso y atractivo príncipe entra en la oscura estancia. Las pesadas cortinas apenas dejan pasar un diminuto rayo de sol que lucha tenazmente contra las tinieblas sin lograr que cedan el terreno conquistado desde hace tantísimos años. Por fortuna el lugar se haya iluminado por decenas de velas de variado tamaño y grosor que permiten al joven príncipe avanzar sin tropezar.
En medio de la cámara un gigantesco lecho, semioculto por un pesado dosel, acuna el bello y dormido cuerpo de la princesa durmiente que aguarda el beso de amor que ha de sacarla de su prolongado letargo.
El príncipe se aproxima con sigilo. Se inclina sobre el rostro de la princesa y contempla su belleza: la delicada línea del cuello, el blanco escote, las negras cejas, las largas pestañas, el oscuro cabello enmarcando el níveo rostro y, sobre todo, los entreabiertos y rojos labios que parecen aguardar la dulce caricia que habrá de despertarla.
El joven roza suavemente la delicada piel y aspira el dulce aroma que desprende la dormida doncella. Cierra los ojos y, con extrema dulzura, deposita un único y amoroso beso en la roja boca.
La princesa abre los ojos. Se asusta. Se incorpora. Mira, confusa, a su alrededor. De pronto, parece recordar y comprender. Se gira hacia su salvador y sonríe con dulzura, timidez y cierta coquetería insinuante que anima al príncipe a tomarla entre sus brazos repitiendo, ahora con más intensidad, el beso.
La doncella, azorada, esconde la cara en el cuello del príncipe. El príncipe besa con delicadeza el cuello de la princesa. La luz de las velas hace destellar unos blancos colmillos. La sangre comienza a fluir, la vida huye de unas venas cálidas e inundan un frío corazón... El príncipe cae exánime sobre el lujoso lecho.
La princesa se despereza, llena de sensualidad, rebosante de sangre, repleta de vida y satisfecha del perfecto funcionamiento de su trampa.

domingo, 2 de febrero de 2014

Sobre el amor




El adiós


Él le lanzó su odio a la cara. Ella aceptó su odio.
Él le escupió todo su desprecio. Ella se dejó despreciar.
Él la insultó, la acusó, la rechazó. Ella no se defendió.
Él la borró, la alejó, la anuló, la convirtió en la sombra de una sombra...
Ella, sombra y fantasma, calló y se fundió con la noche.
Ella no vio su soledad.
Él no vio su dolor.
Ella siempre lo amó.
Ninguno logró olvidar.



Amor


Ya sé que está muerto, como para no saberlo, si yo misma lo maté. Intentando que no sufriera, eso sí, porque yo lo quería mucho, ¿sabe? Era lo que yo más quería en este mundo, por eso lo maté. No me mire así, si supiera lo que es querer de verdad no se sorprendería tanto.
Yo quería cuidarlo. Tenerlo siempre cerca, charlar con él, dormir a su lado hasta el final de mis días. Es lo que él me había prometido. Y las promesas hay que cumplirlas.
Por eso lo maté.
Y por eso lo tengo aquí, en la salita, para charlar con él y ver la tele juntos, como siempre.
Usted lo llamará locura.
Yo prefiero llamarlo amor.


Cuatro son multitud


Durante mucho tiempo fui un uno, felizmente solitaria y moderadamente triste.
Entonces llegó él y fuimos un unificado dos. Contentos de estar y felices de ser. Siempre juntos, siempre inseparables.
Luego él quiso que fuéramos un cojeante tres y, aunque sospeché que ese era el inicio del fin, como nada podía decir, nada dije y así nos transformamos en impar trío.
Durante un tiempo todo funcionó sin problemas. Felices y satisfechos, nuestro tres marchaba bien. Pero entonces llegó el cuarto y yo me tuve que ir.
Ella lo dijo muy claro:
-Cariño, en una motocicleta no puede ir un bebé.
Así que vuelvo a ser una, esperando encontrar un dos y rezando para que nunca nos convirtamos en tres.