Despidiendo el año


El francotirador


La gran plaza estaba llena de gente, desde el balcón de su casa Jaime veía un mar de cabezas, unas con gorritos de cartón, alguna calva, otras con primorosos recogidos, todas inclinadas hacia lo alto, la vista fija en las manecillas del reloj que se dirigían, sin prisa pero sin pausa, a su cita de las doce.

El año estaba a punto de concluir y todos estaban deseando decirle adiós al que se iba y dar la bienvenida al recién llegado.
Sonaron los cuartos. Jaime se preparó. Tenía elegidas a sus víctimas desde hacía rato. Había hecho los cálculos y estaba seguro de su puntería.
Las campanadas comenzaron y, con ellas, los disparos certeros de Jaime.
Dong. La rubia del escote.
Dong. El calvo de la pajarita.
Dong. La señora del abrigo de pieles.
Dong. El adolescente lleno de granos.
Dong. La choni gritona.
Dong. El jubilado bailón.
Dong. El guiri borracho.
Dong. La morena de los vaqueros.
Dong. El viejo del bastón.
Dong. La china de las rosas.
Dong. Su hermano mayor.
Dong. La novia de su hermano.
Doce blancos, ni un fallo.
Y, con el último disparo, la colleja de su madre:
-¿Cuántas veces te he dicho que no lances las uvas a la gente? ¡Todos los años lo mismo! ¡Anda y entra pa’casa...!






Nochevieja

 Celebrar la Nochevieja allí no tenía ningún sentido. Ni siquiera podían estar seguros de que, allá en la Tierra, fuera 31 de diciembre. Es lo que tienen los viajes espaciales: las referencias temporales a las que estábamos acostumbrados perdían toda validez pero el hombre es animal de costumbre y allí estábamos, a decenas de años luz de nuestro Sistema Solar, con nuestros gorritos de papel, nuestros matasuegras y nuestras copas, no de cava, sino de algo vagamente parecido producido en nuestro laboratorio pero que cumplía sobradamente su cometido. Habría estado bien tener uvas pero hasta que no llegáramos a algún planeta que nos permitiera cultivar debíamos conformarnos sin ellas y no digo nada de tener marisco, jamón y otras delicias culinarias pero... así son las cosas en el espacio: uno ha de apañarse con lo que tiene a mano.

Así que allí estábamos, contemplando un reloj virtual generado por nuestro ordenador que también sería el encargado de hacer sonar las doce campanadas. Éramos los únicos seres humanos en años luz a la redonda, teníamos todo un universos por explorar y no se nos había ocurrido nada mejor que celebrar la entrada del año de aquel pequeño planeta que llamábamos hogar. Era nuestro modo de aliviar la nostalgia, aunque no tuviera sentido, aunque los días y las horas terrestres, allá arriba no fueran más que una convención necesaria para que nuestros cuerpos pudieran funcionar con relativa normalidad.
El ordenador de la nave comenzó la cuenta atrás.
El reloj virtual dio las doce.
Y luego comenzó a sonar una vieja y triste melodía de nuestro viejo y lejano hogar.
Las lágrimas inundaron los ojos, las copas quedaron llenas, las sonrisas desaparecieron y todos guardaron silencio mientras las mentes rememoraban aquel diminuto planeta azul muerto hacía tanto tiempo...















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