sábado, 15 de noviembre de 2014

Futuro cierto



El sol comienza a bañar los verdes pastos, los animales, pesados y pacientes, se alimentan sin prisa. Apoyado en el quicio de la puerta, Jack disfruta el momento. Una taza de fuerte café calienta sus manos, el sonido del bacon en la sartén chisporrotea en sus oídos,  el olor del amanecer llena sus fosas nasales y su corazón late henchido de la satisfacción y el profundo orgullo de quien recoge los frutos de un arduo trabajo.
Todo aquello era suyo y había sido levantado con sus manos y las de su esposa.
Aquellos pastos estaban regados con su sudor.
Aquellos animales del demonio le habían dado más quebraderos de cabeza que sus propios hijos.
Aquel techo que le cubría había sido construido por él.
Sí, sin duda, podía estar orgulloso de todo cuanto había conseguido.
Un resplandor procedente de lo alto le hizo salir de su ensimismamiento y alzar la mirada.
Otra vez los malditos indígenas, pensó sin abandonar su café, eran molestos como mosquitos y tan difíciles de eliminar como los trompeteros insectos. Por fortuna, la cúpula que rodeaba el rancho era de lo más eficaz como mosquitera y pronto, muy pronto, la terraformación estaría completa, el pequeño planeta sería ya habitable sin necesidad de aquellas burbujas de vida y los indígenas... bien... los indígenas pasarían a ser historia.
Pensando en lo que deparaba el futuro a la humanidad, Jack se despegó perezosamente de la puerta y volvió a casa, a terminar su desayuno y comenzar un nuevo día de trabajo.
Fuera, más allá de la cúpula protectora, los aborígenes del planeta, continuaban una guerra perdida contra el futuro que los estaba aplastando.