domingo, 3 de agosto de 2014

Historias mínimas



Elección

Lo siento pero no me dejas elección.
Desde que llegaste a casa no ha habido un sólo día sin problemas.
Quejas, quejas y más quejas de la mañana a la noche.
Y discusiones sin fin.
Y gritos.
La cosa va a peor y está llegando a niveles intolerables.
Ella no te soporta a ti y tú no la soportas a ella.
De modo que debo elegir entre la una y la otra.
Puesto en esta tesitura yo lo tengo muy claro: haz las maletas porque la gata se queda conmigo.

Reiteración

En cuanto daban las nueve de la noche, la canción comenzaba a sonar y llenaba el edificio con sus vibrantes notas. Una y otra vez, durante varias horas, la melodía subía escalera arriba, se escurría bajo las puertas y recalaba en los oídos de todos y cada uno de los vecinos quienes, resignados a sufrir la tortura melódica, habían desarrollado diversas estrategias para convivir con ella pues ninguno de ellos osaría jamás pedir al triste, solitario, loco señor Francisco que detuviera esa música obsesiva.
Nadie tenía corazón para detener esa canción reproducida machaconamente, la misma que sonaba cuando su familia murió en el accidente del que él salió ileso.
La única que lograba acallar los agónicos gritos de su cabeza.


Suerte
Aquel día la Fortuna decidió sonreír a Benito Trigueros: le concedió un trabajo mucho mejor que el que había perdido, le regaló el amor de su vida, le obsequió con un viejo amigo largo tiempo perdido, le salvó de morir atropellado y lo gratificó con otros varios favores tanto grandes como pequeños.
Para cuando llegó a casa, Benito Trigueros podía considerarse un hombre feliz.
El feliz Benito se cambió, se duchó, encendió el ordenador y cogiendo el boleto del euromillón se dispuso a comprobar si se había convertido en millonario. Tras comprobar que ningún número coincidía, Benito exclamó:
-¡Que mala suerte tengo, joder!
La diosa Fortuna, indignada, le dio la espalda y jamás volvió a sonreírle.

Incontinencia verbal

Hablaba a chorros, a mares, a riadas, a chaparrones, sin casi respirar, sin esperar respuesta. Le daba lo mismo tener interlocutor que no tenerlo, la cuestión era hablar, llenar el silencio con su voz, arrinconarlo a base de palabras.
Poca gente aguantaba mucho rato esa boca incontinente, esa lengua incansable, ese torrente inagotable de morfemas, lexemas y sintagmas varios, tanta palabra ininterrumpida resultaba enloquecedor.
Sólo una vez alguien logró callarla y detener ese surtidor de palabras durante un minuto. Ella, aterrorizada ante el silencio, lanzó un grito tan agudo que rompió los tímpanos del silenciador dejándolo completamente sordo.
Desde entonces no ha vuelto a callar y nadie se ha atrevido a intentar silenciarla.