Vida



Sesenta años y su biografía se veía reducida a cero.
Pendiente de su madre enferma desde hacía años, Mauricio no había vivido, ni disfrutado, ni padecido otra cosa que el diario sufrir de la enfermedad materna.
No tenía amigos porque no disponía de tiempo para compartirlo con ellos.
No tenía pareja porque no había tenido tiempo para conocer el amor.
No conocía las alegrías ni las tristezas que la vida depara a la mayoría de la gente porque él sólo había dispuesto de tiempo para trabajar y para cuidar a su madre.
El vacío, pues, siempre había estado presente pero no fue hasta que se quedó totalmente solo, ya sin la necesidad de cuidar de otro ser, que su no existencia se le mostró en toda su vacua crueldad.
Fue entonces cuando comenzó a coleccionar fotografías.

Iba cada domingo al rastro, vestido siempre de punta en blanco, y recorría los puestos en busca de sus pequeños tesoros fotográficos. Revisaba todas las fotografías que encontraba y escogía con sumo cuidado las que quería. No buscaba edificios, ni monumentos, ni escenas callejeras, ni paisajes. Mauricio sólo quería fotografías de personas: grupos de amigos, familias, parejas, niños; imágenes de bodas, comuniones, bautizos, cumpleaños...
Luego, una vez en casa, acompañado de una taza de chocolate y algo de música clásica, dedicaba el resto del domingo a clasificarlas, ordenarlas y colocarlas en sus álbumes correspondientes.
Aquellas gentes, aquellos rostros, aquellos momentos se le volvieron cada vez más familiares. Y comenzó a ponerles nombres: aquel señor de bigote que posaba serio junto a una radio, era el tío Francisco, presumiendo de radio nueva en los tiempos en que eso era un lujo; aquella pareja sonriente en su día de bodas eran la prima Vera (¡qué de bromas le gastaba con eso!) y su marido, Toño, lástima que acabaran separados; aquellos niños que posaban junto al Rey Baltasar en unos grandes almacenes eran Juanín, Mariquita y Pablín, sus sobrinos predilectos que ahora eran, respectivamente, ingeniero, arquitecta y médico... Y allí estaban abuelos, bisabuelos, primos, sobrinos, amigos de la infancia y la juventud y, finalmente, su mujer y sus propios hijos.
A base de fotografías ajenas, de recuerdos apropiados, de vidas vividas por otros, Mauricio se fue fabricando una vida inventada pero que llegó a sentir real y si hubiera habido alguien dispuesto a escucharle, Mauricio le habría hablado de lo feliz que había sido junto a su difunta esposa, esa que ve en este retrato con ese vestido azul, su favorito o le habría contado lo orgulloso que estaba de su hija, una gran abogada y de sus dos preciosos nietos, inteligentísimos, ahí los tiene a los tres, sonrientes, en la primera comunión del pequeño o de su hijo menor, recién licenciado en ciencias del mar que andaba investigando por esos mares que me acaba de enviar esa fotografía desde el barco en el que navegaba...
Tanto se repitió a sí mismo esas historias que nadie habría logrado convencerle de que eran ficciones. 
Mauricio, una vez libre de su cadena maternal podía haber construido su propia vida pero, asustado, solitario, gris, prefirió apropiarse de las vidas de otros y vivirlas a través de sus viejas fotografías.


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