viernes, 21 de marzo de 2014

Promesa de amor


Era mayo, lo recuerdo muy bien. Un mayo cálido y soleado. Tumbados en la cama, exhaustos y felices, disfrutábamos de la pasión de los primeros días de casados. Charlábamos, reíamos y, de tontería romántica en tontería romántica, acabamos hablando de la muerte. Fue entonces cuando, tomándome de las manos y mirándome fijamente a los ojos, me hiciste prometer solemnemente que no te dejaría morir sufriendo y que, llegado el caso, incluso te ayudaría a dar el paso definitivo.
Y yo lo prometí. Sin pensarlo. Sin dudarlo un instante. Sin creer realmente que algo así pudiera llegar a suceder. En aquel entonces, la muerte era algo lejano, el sufrimiento sólo afectaba a los demás y hacer esa promesa me pareció -en mi inconsciente felicidad- un acto lleno de romanticismo.
Pasaron los años a velocidad de vértigo. Cumplimos algunos sueños y abandonamos otros. La vida nos dio y nos quitó. Penas y alegrías dejaron huella en nuestros rostros. La promesa quedó oculta bajo otras promesas y otras preocupaciones más inmediatas. No volvimos a pensar en ello,  ni volvimos a hablar del tema. Vivir nos mantenía muy ocupados y no podíamos perder el tiempo pensando en el futuro.
Entonces apareció la tos. Una tos persistente e irritante. Una tos que no te abandonaba hicieras lo que hicieras. Una tos que sonaba a malos augurios. 

-Será un resfriado mal curado -nos decíamos-.
O una gripe persistente, o quizás una bronquitis... cualquier cosa manejable, cotidiana, algo que pudiéramos dominar fácil y rápidamente. Quisimos creer que nada pasaba y casi nos habíamos convencido de ello cuando llegó el diagnóstico y nos puso ante la oscura realidad que no queríamos contemplar.
Animosos, decididos, llenos de ciega confianza comenzamos la lucha contra la enfermedad y la muerte. La antigua promesa flotaba entre nosotros, callada, pero presente. Aún teníamos esperanza.
Los meses pasaban y la enfermedad avanzaba imparable. Parecía alimentarse de ti, insaciable, voraz, inmisericorde. Los años caían sobre tu cuerpo de diez en diez. Te reducías, te encogías, desaparecías ante mis propios ojos sin que yo pudiera hacer nada.
Y una noche, tumbados en la cama, exhaustos y tristes, disfrutando de cada minuto que la muerte nos concedía, tomaste mis manos como aquel día de mayo, me miraste a los ojos y me pediste que renovara aquella lejana promesa.
Esta vez me negué a escucharte. Ya no le veía el romanticismo a semejante compromiso. Te ibas a curar. Te ibas a poner bien. Todo sería como antes. No había más que hablar. Tú insististe en ello, lo pediste, lo rogaste, lo suplicaste con lágrimas en los ojos y yo, con lágrimas en los míos, me sentí incapaz de imaginar que algo así llegara a suceder.

Pero la muerte venía, y venía a toda velocidad. En poco tiempo ya casi no quedaba nada del hombre que siempre habías sido. Consumido, apagado, sin fuerzas, decidiste abandonar una guerra que estaba perdida desde el principio. Tu cuerpo ya no te pertenecía y sólo soñabas con abandonarlo.
Yo he tardado más en aceptarlo...
Aquí traigo, al fin,  tu descanso. En esta pequeña jeringuilla. No tengo más que inyectar este veneno en tu cuerpo agostado y todo acabará para ti...  Y para mí. Aquí traigo, mi amor, la paz que sueñas. Voy a cumplir, por fin, la promesa que te hice hace toda una vida.
El hombre susurra un gracias que suena como un suspiro y toma con fuerza la mano de la mujer. Ambos se miran durante unos momentos. No hay nada que hablar, nada que decir que no sepan ambos. La mujer da un beso en la frente al hombre y, a continuación, inyecta el contenido del frasco en el gotero que cuelga sobre su cabeza. Luego se acurruca junto a él y, abrazados y exhaustos, desgranan sus últimos momentos juntos.