Despertar




El joven, valeroso y atractivo príncipe entra en la oscura estancia. Las pesadas cortinas apenas dejan pasar un diminuto rayo de sol que lucha tenazmente contra las tinieblas sin lograr que cedan el terreno conquistado desde hace tantísimos años. Por fortuna el lugar se haya iluminado por decenas de velas de variado tamaño y grosor que permiten al joven príncipe avanzar sin tropezar.
En medio de la cámara un gigantesco lecho, semioculto por un pesado dosel, acuna el bello y dormido cuerpo de la princesa durmiente que aguarda el beso de amor que ha de sacarla de su prolongado letargo.
El príncipe se aproxima con sigilo. Se inclina sobre el rostro de la princesa y contempla su belleza: la delicada línea del cuello, el blanco escote, las negras cejas, las largas pestañas, el oscuro cabello enmarcando el níveo rostro y, sobre todo, los entreabiertos y rojos labios que parecen aguardar la dulce caricia que habrá de despertarla.
El joven roza suavemente la delicada piel y aspira el dulce aroma que desprende la dormida doncella. Cierra los ojos y, con extrema dulzura, deposita un único y amoroso beso en la roja boca.
La princesa abre los ojos. Se asusta. Se incorpora. Mira, confusa, a su alrededor. De pronto, parece recordar y comprender. Se gira hacia su salvador y sonríe con dulzura, timidez y cierta coquetería insinuante que anima al príncipe a tomarla entre sus brazos repitiendo, ahora con más intensidad, el beso.
La doncella, azorada, esconde la cara en el cuello del príncipe. El príncipe besa con delicadeza el cuello de la princesa. La luz de las velas hace destellar unos blancos colmillos. La sangre comienza a fluir, la vida huye de unas venas cálidas e inundan un frío corazón... El príncipe cae exánime sobre el lujoso lecho.
La princesa se despereza, llena de sensualidad, rebosante de sangre, repleta de vida y satisfecha del perfecto funcionamiento de su trampa.

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