Visita nocturna



De entre las sombras surge una sombra. Una sombra alta, oscura, tenebrosa. Una sombra con capa negra, cabello engominado, tez lívida y elegantes movimientos. La sombra surgida de las sombras toca delicadamente en la ventana, la mujer dormida se agita levemente pero no reacciona.
La sombra surgida de las sombras vuelve a tocar con algo menos de delicadeza, la mujer dormida se remueve, gruñe y sigue durmiendo.
La sombra, un tanto molesta, toca con tan escasa delicadeza que el cristal está a punto de saltar hecho añicos. La mujer dormida, por fin, despierta, se sobresalta y, sin saber por qué, abre la ventana dando paso a la sombra engominada.
La mujer dormida, ahora despierta, mira a la sombra surgida de las sombras con una pizca de curiosidad, tres de aprensión, un chorrito de perturbadora excitación y un extraño deseo de ofrecerle el cuello.
La sombra surgida de las sombras mira a la mujer dormida, ahora despierta, con fría mirada y semblante pétreo. Abre la boca y vuelve a cerrarla de golpe.
De no haber estado muerta, la sombra surgida de las sombras se habría sonrojado.
Se da media vuelta de forma brusca y su capa derriba dos cuadros, un pequeño jarrón, un vaso de agua y un peluche que la mujer, ahora despierta y antes dormida, sostiene entre sus brazos.
La sombra surgida de las sombras sube al alféizar de la ventana y, transformándose en murciélago, echa a volar mientras murmura:
-¡Baldita sea, me he vuedto a odvidad de la dentaduda bosdiza!

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