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Mostrando entradas de 2014

Despidiendo el año

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El francotirador

La gran plaza estaba llena de gente, desde el balcón de su casa Jaime veía un mar de cabezas, unas con gorritos de cartón, alguna calva, otras con primorosos recogidos, todas inclinadas hacia lo alto, la vista fija en las manecillas del reloj que se dirigían, sin prisa pero sin pausa, a su cita de las doce.
El año estaba a punto de concluir y todos estaban deseando decirle adiós al que se iba y dar la bienvenida al recién llegado. Sonaron los cuartos. Jaime se preparó. Tenía elegidas a sus víctimas desde hacía rato. Había hecho los cálculos y estaba seguro de su puntería. Las campanadas comenzaron y, con ellas, los disparos certeros de Jaime. Dong. La rubia del escote. Dong. El calvo de la pajarita. Dong. La señora del abrigo de pieles. Dong. El adolescente lleno de granos. Dong. La choni gritona. Dong. El jubilado bailón. Dong. El guiri borracho. Dong. La morena de los vaqueros. Dong. El viejo del bastón. Dong. La china de las rosas. Dong. Su hermano mayor. Dong. La novia de su he…

Cosas de la Navidad

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Soledad

Martina había decidido que este año no iba a pasar la Nochebuena sola. No señor, ese año iba a tener compañía, vaya si iba a tenerla. Este año sacaría la decoración que llevaba años acumulando polvo en el trastero, prepararía todos sus platos favoritos, sacaría su mejor vajilla y pondría la mesa como Dios manda y se sentaría a ella acompañada, aún no sabía por quién, pero acompañada.
Este año tenía un plan.
Un plan infalible. Martina se acercó al teléfono, cogió la manoseada guía telefónica, abrió por la letra a y comenzó a marcar: entre toda esa gente tenía que haber alguien tan solo como ella.



Confusión

Que no, que ya le he dicho docenas de veces que no soy Papá Noel. Haga usted el favor de ponerse las gafas. Que sí, ya sé que voy vestido de rojo y llevo botas negras pero no, no soy Papá Noel. Y sí, he entrado por la ventana pero no soy Papá Noel. Y no, no tengo saco de regalos porque no-soy-Papá-Noel. Haga usted el favor de intentar que me coma esas galletitas y me beba esa leche …

De escritores

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La idea El escritor despertó con una idea. Una idea perfecta, brillante y redonda como una canica. Una pequeña idea, no más grande que una alubia, pero que contenía el principio de algo grandioso. Como andaba con prisas, en lugar de plantarla para que floreciera, la envolvió bien envuelta en brillante papel plateado, le puso un primoroso lazo y la guardó en un cajón secreto de un secreto armario en el rincón de su mente dedicado a imaginar, idear, soñar y escribir. Luego dedicó toda su atención a las aburridas y exigentes tareas cotidianas. Pasaron los días -uno, dos, tres... varios- y aquel escritor no encontraba tiempo para dedicarle a aquella hermosa y pequeña idea que, poco a poco, iba perdiendo brillo, perfección y color. Cuando, finalmente, se acercó a aquel pequeño rincón de su mente y abrió el secreto armario, sacó el paquete del cajón secreto, deshizo el primoroso lazo y quitó el papel plateado, allí sólo quedaba una idea marchita, gris, desvaída, informe e irreconocible. Desde …

Futuro cierto

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El sol comienza a bañar los verdes pastos, los animales, pesados y pacientes, se alimentan sin prisa. Apoyado en el quicio de la puerta, Jack disfruta el momento. Una taza de fuerte café calienta sus manos, el sonido del bacon en la sartén chisporrotea en sus oídos,  el olor del amanecer llena sus fosas nasales y su corazón late henchido de la satisfacción y el profundo orgullo de quien recoge los frutos de un arduo trabajo. Todo aquello era suyo y había sido levantado con sus manos y las de su esposa. Aquellos pastos estaban regados con su sudor. Aquellos animales del demonio le habían dado más quebraderos de cabeza que sus propios hijos. Aquel techo que le cubría había sido construido por él. Sí, sin duda, podía estar orgulloso de todo cuanto había conseguido. Un resplandor procedente de lo alto le hizo salir de su ensimismamiento y alzar la mirada. Otra vez los malditos indígenas, pensó sin abandonar su café, eran molestos como mosquitos y tan difíciles de eliminar como los trompeteros in…

Historias que trae el viento

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La idea de esta historia no es mía. Alguien me transmitió una idea y me pidió que la contara a mi manera... y este es el resultado. Espero que disfrutéis leyéndola casi tanto como yo escribiéndola :)


La noche de otoño era plateada y calma. La luna dormitaba entre jirones de nubes y los árboles del bosque charlaban sin parar, agitándose levemente y dejando caer una mullida lluvia de hojas amarillas, rojas y marrones. El viento, atraído por la agradable charla, se acercó al bosque a pasear entre los troncos, a peinar sus largos cabellos con las ramas y a bailar con las hojas caídas. Los árboles se contaban historias pero, al ser árboles y pasar toda su vida en el mismo lugar, las historias que sabían eran pocas y las repetían tanto que ya ni emocionaban, ni divertían, ni entretenían. Fue por eso que el más anciano de los ancianos árboles del anciano bosque, haciendo un esfuerzo, se dirigió al viento y le pidió una historia de alguno de los maravillosos y exóticos lugares que él tan bien c…

Micros

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Enajenación

Era loco por vocación y por decisión. Loco por gusto. Loco porque sí. Probó todos los tipos de locura y se dedicó a ellas con entusiasmo. Disfrutó cada obsesión, cada alucinación, cada descenso a la depresión, cada escalada hacia la euforia. Discutió con voces fantasmales, persiguió espectros imaginarios, se escondió de enemigos ficticios, cantó a gritos, lloró a murmullos, se enamoró de la luna, odió los ojos verdes... Nadando en las peligrosas y frías aguas de la demencia, explorando la locura, dejándose arrastrar por la enajenación, se sintió libre, vivo, más persona, menos robot. Pero llegó el momento en que, confuso, se percató que tan sólo quedaba una insania más a la que dedicarse. La última. Y entonces, con pasión y ardor, se sumergió en la cordura más absoluta.

El cuadro
Cada vez que pasaba al lado de aquel cuadro (cosa que ocurría varias veces al día...), Berta sentía la imperiosa necesidad de detenerse e intentar enderezarlo... Pero no había manera, lo moviera hacia don…

Decisión

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Comenzó desanudándose la corbata, el sol de agosto caía sin piedad sobre él, haciéndole sudar, resoplar y preguntarse en qué momento de ofuscación había considerado que subir hasta allí para suicidarse era una buena idea. La corbata acabó en el bolsillo de su americana que, a su vez, acabó sobre su hombro derecho. Empezaba ya a pensar que quizás hubiera sido mejor ahorcarse, cortarse las venas, tomar somníferos, pegarse un tiro o cualquier otra cosa que pudiera hacerse cómodamente en casa con el aire acondicionado a tope y una cerveza bien fresca a mano, cuando llegó a la cima del acantilado que había escogido para saltar al más allá. Suspiró agradecido a la brisa marina que allí arriba soplaba con fuerza y contempló, satisfecho, el magnífico paisaje. 
Era un romántico, no podía evitarlo. Era un romántico y tenía que serlo hasta el último momento. Por eso estaba allí, por el puro romanticismo que implicaba la idea de lanzarse al mar desde aquel escarpado lugar. Lástima no tener un poema…

Libro Sagrado

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Con extremo cuidado, el sacerdote trasladó el sagrado libro desde el arcón en el que reposaba cada noche hasta la gran mesa en la que dos escribas pasaban todas las horas de luz copiando minuciosamente la divina palabra. Un ejemplar sería para el Monarca de las Tres Ciudades y el otro para el Sumo Sacerdote. Los dos monjes encargados de las copias trabajaban de sol a sol, sin apenas descanso, turnándose para comer y beber apresuradamente para no perder tiempo de luz. Lenta y delicadamente ambos hombres iban copiando los dibujos y las incomprensibles palabras. Sin prisas, porque las cosas sagradas deben hacerse de manera concienzuda y lenta, para no cometer fallos que afeen el trabajo divino y tergiversen el mensaje de los dioses. Los nuevos libros serían magníficos. En ellos sólo se usaba lo mejor de lo mejor: las más caras pinturas, los colores más brillantes, los pinceles más finos, finísimo pan de oro e, incluso, incrustaciones de piedras preciosas, un lujo totalmente ajeno al sencil…

Disimulando

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Amor
La observaba con disimulo y con disimulo la seguía. Con disimulo se hacía el encontradizo en bares, paseos y pasillos. Tropezaba con ella con mucho disimulo, sólo para poder oler su cabello y sentir el calor de su cuerpo. Entre disimulo y disimulo la fue conociendo y amando, y con mucho, muchísimo disimulo, se lo confesó. Ella, sin ningún disimulo, lo rechazó. Y él, con su acostumbrado disimulo, escondió su dolor y continuó disimulando su amor.





Mentira
Era la reina del disimulo, la emperatriz de la ocultación, la soberana del fingimiento. Simular formaba parte de su naturaleza. Esconder le era tan sencillo como respirar. Fingía que amaba. Simulaba que odiaba. Ocultaba tristezas. Aparentaba alegrías. Falseaba opiniones. Disfrazaba todos sus sentimientos y emociones. Llegó a ocultar, disimular, fingir, pretender y ocultar tan bien que, al mirarse cada mañana al espejo, era incapaz de reconocer a la mujer que la miraba desde el otro lado.



Prisión
Disimulo.