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Mostrando entradas de diciembre, 2013

Apuesta

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Una lánguida noche de verano, de esas en que la mente ociosa divaga sin sentido, charlaban un sabio y el Destino sobre cosas humanas y divinas. Moviendo los brazos con pasión, derramando el vino de su copa, afirmaba el sabio que, si en lugar de reyes reinaran los poetas, otro gallo más afinado le cantaría al mundo. En cambio, el Destino, con un brillo de burla en su mirada de ébano, opinaba que el sabio más que sabio era un ingenuo. Tras varias horas de vino y discusión infructuosa, decidió el Destino demostrar su punto de vista con un ejemplo vivo y propuso elevar a un poeta hasta el trono para comprobar qué ocurría. El sabio aceptó, borracho y encantado, el perverso juego, sin apenas protestar por convertir a un ser humano en juguete del Destino. Y fue así como Amir, que se había acostado en un mísero catre apenas cubierto por una raída manta, con el estómago rugiendo de hambre, el futuro apenas visible en la oscuridad y el alma llena de bellos sueños, despertó entre finas sábanas, r…

Viento

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Sobre la mesa tres cartas: la de despido, la de desahucio, la del desamor. En la ventana el viento golpea. En la mirada, un sueño roto. En la ventana el viento llama. Recibió la primera carta con resignación. Le golpeó la segunda como una maza. Y la tercera... esa fue la que le remató. Sobre la mesa tres cartas. En la ventana el viento llama. Seca de lágrimas y esperanza, con las cartas en la mano, se aproxima a la terraza y la abre de par en par. El viento entra y recorre toda la casa, cual perro que husmea, rebusca y revuelve. Vuelan las cortinas, vuelan los marcos de las fotografías, rueda el bolígrafo, revolotean papeles, una puerta, al fondo, se cierra.  El viento se adueña de todo. Ella sigue en la terraza, con las cartas en la mano. Toma la primera, la carta de despido, la parte en dos, en cuatro, en ocho pedacitos y luego los entrega al viento.