domingo, 29 de septiembre de 2013

Micros



La idea

Desde la muerte de su madre, el pequeño Álvaro se niega a salir de casa a menos que lo obliguen. Pero hoy es él mismo quien pide a su padre que lo lleve hasta la tienda de bricolaje.
Sin soltar a su padre de la mano, el niño busca sección por sección hasta dar con las escaleras de mano.
Álvaro las mira todas, una por una, las toca, observa su altura... y, poco a poco, su rostro va pasando de la ilusión al desencanto.
-¿No las hay más altas? -pregunta con desaliento- Estas no me valen.
-¿No te valen para qué? -se extraña su padre.
-No me valen para subir hasta el cielo y ver a mamá.


La lista

Magda abrió la pequeña libreta donde anotaba los propósitos de cada año y, con mano temblorosa, comenzó a tachar:
Dejar de fumar.
Perder cinco kilos.
Aprender inglés.
Cambiar de trabajo.
Hacer más ejercicio.
Y así hasta llegar al final de la larga lista.
Una vez tachados todos y cada uno de estos buenos propósitos, Magda anotó con letra pulcra y cuidadosa el único propósito importante, el único que había olvidado hasta ese día en que le habían diagnosticado una grave enfermedad:
Vivir.


Sueño estival
-El verano era azul y brillante -contaba a Gervasio su madre recordando el pueblo que la vio nacer.
Y él, acostumbrado al ardiente y amarillo verano castellano, soñaba con ver aquel extraño mar del que ella tanto hablaba.
Los años pasaron velozmente y Gervasio no pudo hacer realidad su sueño hasta que, ya anciano, su hijo decidió regalarle sus primeras vacaciones.
El viejo iba ilusionado como un niño e incluso lloró cuando atisbó la primera pincelada de azul. Pero cuando estuvo frente al mar, Gervasio lo contempló adusto durante un rato, se removió inquieto, chasqueó los labios y dijo, decepcionado:
-No me gusta. Se mueve demasiado.
Y, dejando a su hijo boquiabierto, regresó al coche.

Sin palabras

Dejó de teclear y miró al techo buscando las palabras que necesitaba, pero allí no estaban.
Miró tras el monitor, bajo los papeles, entre las patas de su silla...
Volvió a mirar el monitor por si las palabras habían aparecido milagrosamente, pero nada.
Se levantó, miró bajo los sillones, entre los cojines, en la cocina, entre las sábanas... pero sólo encontró una pequeña araña-preposición escondida en un rincón.
Salió a la calle y buscó entre los cabellos de los niños, entre las arrugas de los viejos, entre las hojas de los árboles, bajo los coches, sobre las farolas... Sin resultado.
Regresó a casa y, agotado, se quedó dormido.
Y allí, escondidas entre sus sueños, las encontró, por fin, a todas.

 


domingo, 22 de septiembre de 2013

Vida puñetera


Emeterio, desde pequeño, tenía muy claro que quería ser ingeniero pero la vida, que nunca va por los cauces que uno espera, planea o desea, no se lo permitió.
El primer escollo con el que tropezó Emeterio en su camino hacia la ansiada Ingeniería fue la guerra, cuyo comienzo supuso el final de su vida estudiantil. Sacar buenas notas pasó a ocupar el último lugar en su lista de prioridades porque lo importante era sobrevivir y para sobrevivir había que comer y para comer, el pequeño futuro ingeniero tuvo que ponerse a trabajar. Los libros quedaron abandonados en un rincón, acumulando polvo y humedad. El futuro quedó aparcado y el presente ocupó toda su pantalla vital.
Tras la guerra, Emeterio intentó recuperar el tiempo perdido y retomar el camino del estudio aunque tuviera que hacer malabares para compaginar trabajo y estudio. Pero la vida, la puñetera vida, se había empeñado en cambiar los planes del pobre hombre y, por eso, le puso delante a Marisa Marín y pasó lo que tenía que pasar, que Emeterio Panzón se enamoró de Marisa Marín y Marisa Marín se dejó querer. 


Tantísimo se dejó querer Marisa Marín que, en pocos meses, Emeterio Panzón y Marisa Marín hubieron de pasar por la vicaría por la vía de urgencia y, al poco, la familia Panzón Marín fue bendecida con la llegada de una pareja de hermosos gemelos.
Nuevamente, Emeterio tuvo que hacer a un lado libros, lápices y neuronas y, nuevamente, hubo de cambiar su lista de prioridades. Su mujer, sus hijos, su trabajo, la vida en fin, volvían a apartarlo de su sueño.
Pasaron los años, pasó la vida, pasaron los hijos a ser adultos independientes (o casi), pasó la señora Marisa Marín a mejor vida y pasaron las arrugas, y las canas, y los achaques a formar parte de la cotidianidad de Emeterio. Y ya con los ochenta años cumplidos el señor Panzón se dijo:
-Voy a por ello -siendo el “ello” la carrera de ingeniería.
Y a por ello que fue, renqueante, tembloroso e ilusionado, el bueno de Emeterio.

Se matriculó. Se compró los libros. Preparó su mejor traje. Y la noche antes de comenzar las clases... falleció.
La vida -que no la muerte- lanzó una carcajada en las mismísimas narices del pobre Emeterio y, dando un portazo, lo dejó del otro lado compuesto y sin carrera.
El pobre hombre, perplejo, se quedó contemplando aquella puerta durante varios minutos (o puede que décadas), se rascó la cabeza canosa y ectoplásmica, cambió de postura, se frotó la barbilla fantasmal y, tras varias décadas (o tal vez centurias), decidió que ya estaba bien de dejarse llevar por esa perra vida y que ahora que se había librado de ella bien podía hacer lo que se le antojara. Y lo que se le antojaba era empezar y terminar aquella dichosa carrera con la que llevaba toda la puñetera vida (y parte de la muerte) soñando. Y esa misma mañana, con su mejor traje, recién afeitado y estrenando libros, Emeterio acudió a la facultad de ingeniería y comenzó la carrera que siempre había soñado.
Lo que la vida le había negado, lo consiguió -al fin- en la muerte.


 

sábado, 14 de septiembre de 2013

El móvil


El móvil I


Lo primero que atravesó su inconsciencia fue el zumbido. Luego vino aquella musiquilla  tontorrona que le barrenaba el cerebro recordándole hasta qué punto el alcohol desarrolla el mal gusto.
Refunfuñando entre dientes se retorció hasta lograr sacarlo de su bolsillo y, en cuanto respondió, una dulce voz de mujer le espetó:
-Buenas tardes, le llamo de XXX y mi nombre es María...
Emerenciano intentó interrumpir el diluvio de palabras que se le venía encima pero, viendo que la chica no parecía muy dispuesta a callar, prefirió ponerse cómodo y dejarla hablar para luego comunicarle, muy educadamente, que no le interesaba ninguna oferta que pudiera hacerle:
-No sé si sabrá usted -dijo Emerenciano- que los muertos no tenemos muchos contactos.



El móvil II

Lo primero que atravesó su inconsciencia fue el zumbido. Luego vino aquella musiquilla  tontorrona que le barrenaba el cerebro recordándole hasta qué punto el alcohol desarrolla el mal gusto.
Refunfuñando entre dientes se retorció para sacarlo de su bolsillo pero, cuando logró pegar el móvil a su oreja , ya habían colgado.
Con un suspiro, volvió a retorcerse en el reducido espacio y lo devolvió a su sitio.
Al poco rato, el zumbido y la musiquita volvieron a barrenar su sueño sin piedad.
Nuevamente se revolvió hasta extraer el dichoso aparatito del bolsillo de su pantalón y, nuevamente, el teléfono había enmudecido al llegar a su oreja.

Tres veces más se repitió el baile y, tras la cuarta, una polvorienta voz procedente de la tumba vecina dijo:
-Yo que usted lo pondría en modo vibración.
Emerenciano, entre sobresaltado y avergonzado, replicó:
-¡Oh, vaya! ¡Siento haberle molestado! ¡Enseguida quito el sonido! ¡No sé cómo no había caído en ello!
-No, si no lo digo por mí, yo llevo unos días desvelado y no me molesta pero sí que hay por aquí algunos inquilinos antiguos y poco acostumbrados que ya deben andar renemoviendo sus viejos huesos y que, en cualquier momento, pueden comenzar a insultarle, lo cual no deja de ser entretenido porque ni imagina usted lo originales que se vuelven los insultos cuando uno lleva años sin nada que hacer pero no es buena cosa comenzar la convivencia (o la co-muerte, si así lo prefiere) enemistándose con los vecinos, ¿no cree?
-Tiene usted razón. Muchas gracias por el consejo.

-De nada,  para eso están los vecinos. Si me permite otro consejo...
-Diga, diga usted, por favor.
-Pues verá, yo le aconsejaría que apagara el móvil y se olvidara de él. Sé que es difícil porque a todos nos cuesta renunciar al mundo de los vivos pero, créame, lo mejor es romper con ese mundo de golpe.
-Ya...  supongo que tiene usted razón pero yo...  -vaciló Emerenciano- ...mi familia...  mis amigos...
-Ni su familia ni sus amigos le van a llamar, recuerde que está usted muerto. ¿O acaso llamó usted a muchos muertos estando vivo?
-Tiene razón pero... bueno... yo... quizás... podría llamar a mi mujer y decirle...
-Decirle nada, hombre, pues menudo susto le iba a dar a la pobre mujer. Quite, quite... Ni se le ocurra hacer semejante cosa. Recuerde: usted está muerto, ¿entiende? Muerto del todo y nada del mundo de los vivos es ya de su incumbencia.
-Si entiendo lo que quiere decir pero... -Emerenciano suspiró-. Supongo que aún no estoy listo para desconectar de ese mundo.

-Bueno, cada cual tiene su ritmo. Yo ya le he dado mi consejo, ahora usted hará lo que quiera. Ahora, con su permiso, voy a intentar echar una cabezadita. Si necesita algo, ya sabe donde me tiene.
-Lo tendré en cuenta, que descanse usted en paz.
-Muchas gracias, lo mismo digo.
Y el silencio retornó al cementerio.
Emerenciano, no hay que decirlo, siguió atendiendo a las llamadas telefónicas. Siempre con la esperanza de que fuera alguien conocido aunque sólo fuera por equivocación pero sin oír más voces que las de algún operador intentando hacerle cambiar de compañía telefónica, un comercial de seguros, una encuestadora, una señora de Cuenca que se había equivocado, un niño jugando con el móvil de su padre y una llamada de un jadeante pervertido. Anhelante de voces vivas, con todos se mostró amable y simpático... incluido con el pervertido a quien advirtió -muy educadamente- de que era un señor (muerto, para más seña) cosa que al jadeante pareció no importarle puesto que siguió a lo suyo.
Y entonces su batería se unió a Emerenciano en el mundo de los muertos. El móvil quedó, al fin, completamente mudo y ciego.
El silencio de la muerte rodeó a hombre y máquina. Ya no había nada que lo hiciera evadirse de su realidad. Tampoco lo lamentó. Emerenciano, por fin, aceptó su muerte y que el mundo de los vivos ya no era su mundo.
Empujó el móvil hasta sus pies, se puso cómodo en su ataúd y, cerrando los ojos, se dispuso a disfrutar de su silencioso, solitario y pacífico sueño eterno.


 

 

 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Microscuros



Recuerdos veraniegos


Había llegado el final del verano y, con él, el momento de reunir los recuerdos atesorados y volver a la rutina: un poco de rubia arena, otro poco de agua de mar, unas sombrillitas del primer cóctel que habían compartido, la entrada del cine de verano al que habían ido en su primera cita, la cuenta de su primera cena, la caracola que ella le había regalado, el móvil lleno de fotos, unas cuantas sonrisas, no pocas caricias, besos a puñados, dos o tres te quiero, el último adiós... Y el mejor recuerdo de todos, la joya de la corona estival: su dorada y sedosa piel, arrancada con cuidado, doblada, envuelta en papel de seda y oculta en su maleta.







Accidente


Hernando -convencido de que iba a toparse con su propio cadáver- intentaba no mirar hacia el accidente que tenía colapsada la carretera. Las coincidencias, pensaba, eran demasiadas: el coche, los números visibles de la matrícula, los adornos colgados del espejo retrovisor...
Cuando vio la chaqueta ensangrentada, idéntica a la suya, el corazón se le encogió como un pájaro aterrorizado.
Por fortuna el mechón de cabello rubio que pudo entrever bajo la sábana no tenía nada que ver con el suyo y Hernando se relajó con un largo suspiro, sintiéndose ridículo por la absurda aprensión que atenazaba su pecho cada vez que asistía a un accidente.
-¡Menuda tontería! -pensó- ¿Cómo voy a ver mi cadáver si fue incinerado hace cuatro años?


Crimen forestal

Tras una semana de búsqueda encontraron al desaparecido buscador de setas, semidesnudo y atado a un árbol, en lo más profundo del bosque. A su lado la cesta, casi vacía, su bastón y su navaja. Esta última mostraba signos evidentes de haber sido utilizada -entre otras- como arma del crimen.
En la frente, escrito con  su sangre, podía leerse una frase que dejó a todos confusos:
-¡Dejad en paz nuestros hogares!
Todas las pruebas fueron recogidas, registradas y clasificadas, todas excepto las que podían solucionar el caso: unas diminutas huellas de botas, ocultas por las hojas, que rodeaban el cuerpo y, en el fondo de la cesta, enganchado en la trama, un pequeñísimo gorro cónico de color azul brillante.


Punto final

Peinó su larguísima melena con extrema paciencia.
La trenzó con parsimonia, esperando a que aquel borracho que se hacía llamar padre, quedara inconsciente a causa del alcohol. Sus recuerdos se entrelazaban y trenzaban al tiempo que lo hacía su cabello, dejándola con la boca y el alma rebosante de acíbar.
Cuando hubo acabado su trenza, dejándola bien prieta, tomó las tijeras y la cortó, la ató por ambos extremos y, con sosiego, fue hacia donde el repugnante violador roncaba. Envolvió su cuello -casi delicadamente- con la trenza recién cortada y apretó, con la fuerza que sólo el odio da, hasta sentir que la muerte tomaba posesión de aquel cuerpo.
Y entonces esbozó la primera sonrisa de toda su vida.