jueves, 28 de marzo de 2013

El banco



 Para Frida que tanto y tanto ha insistido en que pusiera este relato :D



El banco, a la sombra de los viejos álamos, atraía a los paseantes con promesas de frescor y descanso. El hombre, agotado, se quita la chaqueta y se deja caer sobre él con un hondo suspiro. Se seca el sudor de la cara y echa hacia atrás sus -cada vez más escasos- cabellos. “Debería comprarme un traje nuevo”, piensa mientras contempla las deshilachadas mangas de su chaqueta, y una risa amarga va llenándole la boca hasta hacerle estallar en una carcajada. Un traje nuevo... ¡si apenas tiene dinero para comer! El hombre sacude la cabeza amargamente divertido y recuerda aquellos días en que compraba un traje nuevo cada vez que le apetecía y ahora... ahora sólo le quedaba ese ajado traje de mangas deshilachadas, tela lustrada por el tiempo y manchas que intenta disimular como puede cada vez que tiene alguna entrevista de trabajo como la que acaba de realizar. Si no lo cogen para ese trabajo no podrá pagar la habitación en la pensión de mala muerte que ahora es su hogar (él que había poseído un chalet en una lujosa urbanización) y ese banco que ahora lo acoge como mero transeúnte podría convertirse pronto en su cama. “No, no necesito un traje nuevo -piensa-, necesito una vida nueva” y, con movimientos pesados, se levanta del banco y pone rumbo a la habitación de la pensión de mala muerte que ahora llama “hogar”.




El banco queda vacío por poco tiempo. Casi enseguida una pareja de ancianos, tomados del brazo, se sientan a descansar antes de finalizar su paseo vespertino. Llegan sonrientes, charlando alegremente de viejos tiempos. En sus tiempos mozos aquel parque no existía, decían, lo que allí había era una alameda por la que los jóvenes paseaban -arriba y abajo, abajo y arriba-, ellos por un lado, ellas por otro entre miradas y sonrisas tímidas.
-Aquí fue donde nos vimos por primera vez, ¿recuerdas? -dice ella-.
-No me he de acordar -responde él-. Era verano y ese día estrenaba traje, tan blanco que casi deslumbraba.
-A mí, desde luego, me deslumbró -dice su mujer, zalamera-. Anda que no ibas guapo ni nada...
Ambos ríen y se besan, tan enamorados al parecer, como en aquellos lejanos días. Tras un rato de nostálgica charla, el matrimonio, tomado de la mano, vuelve lentamente a casa, tan felices y llenos de vida como aquel verano.



Dos mujeres se acercaron al nuevamente vacío banco. Una de ellas, pálida y ojerosa, se apoyaba en el brazo de la otra que, con dulzura, acariciaba su mano mientras hablaban entre susurros.
-Querían ponerle su traje nuevo, ese que le compré para la boda de Marta, ya sabes, pero me negué en redondo. A él nunca le gustó ese traje. “Rasca, mamá” -me decía-. “Jo, mamá esta corbata me ahoga” -insistía-. “Yo no pienso ponerme eso”, gritaba. Estaba muy guapo con ese traje pero me negué a que lo llevara. A él no le gustaba. Intenté... Pedí que me permtieran vestirlo pero no quisieron dejarme. Supliqué, rogué, lloré. No quería que unas manos extrañas lo tocaran, no quería que unas manos sin amor lo vistieran. Quería hacerlo yo, como cuando era un bebé. Quería tocar por última vez su suave piel, besar su carita, acunarle entre mis brazos una vez más. Pero no me dejaron. Y yo no les dejé que le pusieran ese traje nuevo, no señor, mi niño no lo quería, así que les di sus vaqueros favoritos, y una de sus camisetas de super héroes, y así lo vistieron. Estaba tan guapo, tan pequeño, tan solo... Pobrecito, mi niño, en ese cementerio pasando frío, en esa oscuridad... Tranquila, no voy a llorar, he gastado todas mis lágrimas, al menos de momento. El traje nuevo sigue colgado en su ropero, como esperando que un día vuelva y se lo ponga...
La conversación continúa durante un rato y luego ambas mujeres se levantan y con paso tardo ponen rumbo a la salida del parque.
El parque se va vaciando. Los pájaros callan, las luces se encienden. El banco, mudo testigo de cuanto pasa a su alrededor, aguarda la mañana.


jueves, 21 de marzo de 2013

Micros


La última batalla

La operación militar había sido planificada con sumo cuidado.
Ambos ejércitos se encontraban listos para luchar hasta la muerte. Unos por defender su territorio. Los otros por conquistar nuevas tierras.
Pero los dioses no estaban felices con esta guerra y decidieron intervenir.
El castigo llegó desde el cielo, rápido y certero.
Se oyó un estruendoso rugido y, antes de darse cuenta, ambos ejércitos fueron aplastados y ambos reinos derruidos sin piedad.
Y el pequeño tractor continuó su labor, ignorante e indiferente a la destrucción causad en los dos grandes ejércitos de hormigas.





Duda mortal

El aire olía a pólvora. La sangre caía al suelo en grandes goterones. Sobre el escritorio una nota rezaba:
“Hoy, al fin, resolveré la duda que me atormenta desde hace años, hoy sabré si el más allá existe.”
La Muerte miró la nota y luego miró al fantasma que, a su lado, contemplaba con morbosa curiosidad su propio cadáver.
-Bueno, ya conoce la respuesta, ¿satisfecho? -preguntó.
-Sí -respondió el espíritu.
-Bien... Ahora... ¿podría usted resolverme una duda? -inquirió la Parca.
-Si está en mi mano... -respondió el espectro.
-¿Sabe que esa duda la podía haber resuelto sin necesidad de morir antes de tiempo?
El fantasma miró a la Muerte, perplejo.
-Lo imaginaba -dijo ella mientras desaparecía.


Paraíso

Benito Briones dedicó su vida a asegurarse un lugar en el paraíso. Y para alcanzar tan ansiado premio se aplicó a cumplir -metódicamente- con preceptos, dogmas, ritos, rezos, mandamientos, sacramentos y hasta la menor recomendación de la Santa Madre Iglesia.
Acudió religiosamente a misa, se confesó, comulgó, practicó -metódicamente- todas las virtudes teologales y evitó -metódicamente- cada uno de los pecados capitales y veniales.
El día que recibió el último sacramento, Benito Briones se sintió feliz y seguro de que muy pronto vería cumplido su afán
Imaginen, pues, su frustración cuando, ya en el Más Allá, descubrió lo vano de su sacrificio pues allí no había paraíso, ni infierno, ni purgatorio, ni limbo, ni Dios, ni Cristo que lo fundó.


 




jueves, 14 de marzo de 2013

Cuando el sueño no viene




¡Qué me va a contar a mí sobre el insomnio! Llevo tantos años padeciendo de insomnio que podría escribir toda una enciclopedia sobre él y todos sus posibles remedios. Y es posible que lo haga aunque sólo sea para llenar las horas que me sobran.
No sé qué causó mi falta de sueño crónica, en aquellos momentos no estaba ni estresado ni deprimido ni enfermo, mis comidas siempre han sido saludables, casi no bebía alcohol, mi cama era la mar de cómoda... En fin, que en mi vida y mis costumbres no había nada que, en principio, debiera motivar el insomnio pero se ve que al insomnio eso le da igual. Él llegó y se instaló en mi vida, sin más. Debe ser que le gusta mi compañía.
El caso es que, una noche, sin que hubiera -como ya he dicho- motivo aparente, el sueño no vino. A esa noche le siguió otra, y luego otra, y otra más. Y comencé a preocuparme, claro, aunque no tenía ningún síntoma de cansancio o confusión por falta de sueño, pensé que, si no ponía remedio,  sólo era cuestión de tiempo que estos aparecieran. De modo que me inicié la búsqueda de algo que me hiciera dormir.




Empecé, claro está, con lo más simple: contar ovejas. No funcionó, claro. Luego probé baños calientes antes de ir a dormir, masajes,  hacer mucho ejercicio, aprendí técnicas de relajación, hice psicoterapia, el masaje reiki, los sedantes, el lúpulo, la valeriana, la skullcap, la pasiflora, la melisa, la acupuntura, la hipnosis, la homeopatía, los médicos, los curanderos y hasta a la magia tanto blanca como negra. Pero nada funcionó, absolutamente nada.
Hiciera lo que hiciese y probara lo que probase, yo no podía dormir.
Los días pasaban y, aunque yo no lograba ganar ni una sola batalla al insomnio, me di cuenta de que no me afectaba tanto como para gastar tantísimos recursos en él. No me sentía más cansado que cuando dormía, ni tampoco más confuso, ni irritable, ni falto de concentración, ni padecía ninguna otra nefasta consecuencia asociada a la falta de descanso nocturno. Al contrario, estaba igual que siempre o incluso mejor. Y entonces decidí dejar de luchar e intentar sacar algún provecho de todas esas horas extras de las que ahora disponía.


Mi ritmo de lectura -ya bastante alto- se elevó una barbaridad, hice mis pinitos en escritura, en pintura y en modelado. Olvidando todos los mitos masculinos aprendí a coser, a bordar, a hacer calceta y también ganchillo. Me matriculé en la universidad, hice nuevos amigos gracias a internet y aprendí a conocer la ciudad nocturna. Ante mí se había abierto todo un mundo nuevo, podía disfrutar de mi familia y, a la vez, tener mi espacio personal. El insomnio dejó de ser una maldición y se convirtió en lo mejor que me había pasado en la vida.
Pero mi plácida arcadia llegó a su fin el día que un coche salido -al parecer- de la nada, se me echó, literalmente, encima. Cuando aquellas toneladas de metal me hicieron saltar por los aires lo único que pensé fue:
-¡Hombre, ahora, por fin, dormiré.
Yo es que siempre he sido una persona optimista y positiva, ¿sabe? Siempre intento encontrar un lado bueno absolutamente a todo y no iba a dejar de ser positivo por un quítame allá un atropello. Sí, sí, ya sigo, disculpe porque esta tendencia mía a divagar.
Como iba diciendo fui lanzado por los aires y sufrí -claro está- la consecuente caída y pensé -era lo normal- que acabaría inconsciente o muerto y en cualquiera de ambas circunstancias, al menos podría dormir.


Cuando toqué el suelo ya estaba muerto, eso dicen los médicos que me han visto pero el caso es que, ya ve usted, aquí sigo. La muerte llegó hasta mí y pasó de largo. Al parecer ni siquiera ella puede contra mi insomnio.
Mis pulmones no funcionan y mi corazón no late, sin embargo, aquí me tiene, hablando, paseando y hasta pensando. Los médicos no consideran vida a lo mío pero para mí que se parece bastante.
Como estoy muerto ya no poseo nada ni tengo derecho a nada pero por otro lado tampoco tengo que pagar impuestos y puedo hacer lo que me dé la gana, hasta cosas ilegales porque ya me dirá usted quién va a detener a un muerto.
El caso es que no es mala vida -o mala muerte-: sigo viviendo con mi familia y no les supongo ningún gasto extra porque, como estoy difunto, ni como ni bebo y me apaño con la ropa que tengo. Sigo con mis aficiones y mis lecturas de siempre. Sigo con mis estudios (ya voy por la cuarta carrera). Y sigo con mis paseos nocturnos aunque a raíz de mi muerte he desarrollado una morbosa curiosidad hacia los cementerios.
Hay mucha gente que se queja del insomnio pero yo, ya lo ve usted, puedo decir que el insomnio sólo me ha traído cosas agradables, incluido este estado de no vivo.
Sólo una cosa me inquieta, ¿sabe? Es este olor como a podrido que, desde hace unos días, me acompaña a todas partes y que no entiendo de dónde viene.

 

jueves, 7 de marzo de 2013

Héroes




Héroes.
Dicen que somos héroes.
Nos conceden medallas.
Nos aclaman.
Nos aplauden.
Nos felicitan.
Nos admiran.
Pronto nos olvidarán.
Héroes.
Dicen que somos héroes, que ya somos parte de la historia. Nos ponen de ejemplo y hablan de nuestro valor, de nuestro patriotismo, de la defensa de los ideales...
Héroes...
¿De qué le servirá una medalla al compañero muerto, al mutilado... al resto de nosotros, de qué nos servirá?
Nos llevaron hasta el campo de batalla y allí nos dejaron, solos, mal pertrechados y totalmente ignorantes de nuestro destino. El amanecer nos encontró ateridos y hambrientos pero, sobre todo, asustados y desconcertados.



Y entonces comenzó el infierno. Ellos eran decenas, cientos, miles. Duplicaban nuestro número, lo triplicaban, lo cuadriplicaban... Y nosotros hicimos lo que querían que hiciéramos, lo que teníamos que hacer, lo único que podíamos hacer... Luchamos como fieras salvajes. Luchamos con armas de fuego, luego con armas blancas y, finalmente, con las manos y los dientes. No luchábamos por mantener aquella colina, ni por la patria, ni por ningún ideal vácuo, ni siquiera por nuestras familias... Luchábamos por nuestras minúsculas, insustanciales y pobres vidas.
Héroes, dicen que somos héroes... Pero el muchachito que murió llamando a su madre nunca quiso ser un héroe, ni aquel otro que pisoteó sus propios intestinos, ni el que exhaló su último suspiro entre lágrimas por no poder ver a su hijo recién nacido... ni tan siquiera yo que contemplé todo eso y mucho más. No queríamos ser héroes. Sólo éramos un puñado de hombres lanzados en medio de una guerra que nunca fue nuestra y que no entendíamos, mera carne de cañón dispuesta a sobrevivir.
Héroes... Será...


Doblemente héroes, dicen, porque todos acudimos “voluntariamente a la llamada de la patria”... Si elegir entre alistarte o morirte de hambre es “ser voluntario”, hubo varios, sí. Si escoger entre que maten a tu familia o alistarte es “ser voluntario”, hubo otros tantos, sí. Si elegir entre ir a prisión por traidor o alistarte es “ser voluntario”, hubo muchos, sí. Yo mismo fui “voluntario”, qué remedio...
Llegaron al pueblo una mañana de domingo y reunieron a todos los hombres en la plaza, frente a la iglesia. Un capitán de desaseado y con cara de mucho beber y poco dormir, se plantó ante nosotros y, con voz de cazalla, nos dijo:
-El que no quiera ir voluntario, que dé un paso al frente.
Sólo uno dio ese paso... los demás queríamos seguir viviendo y preferimos presentamos voluntarios.
Ahora somos héroes... eso dicen... héroes... ¡Qué cosas!