sábado, 2 de noviembre de 2013

Don Alejandro



La casa de mi abuela era como todas las casas de todas las abuelas, ya saben, con su mecedora, su mesa camilla, su brasero, sus tapetitos de ganchillo, su olor a limpio y sus fotografías en color sepia. Pero, a diferencia de las casas de las abuelas de mis amigos, en casa de mi abuela no había imágenes religiosas de ningún tipo: ni un Sagrado Corazón, ni una Virgen de cualquier advocación, ni un San Judas, ni siquiera un San Pancracio, nada.
Lo más parecido a un pequeño altar que había en casa de mi abuela era un pequeño rincón sobre la gran cómoda del salón. Un pequeño lugar con una fotografía de un caballero de pelo cano, bata blanca y una pajarita que a mí me parecía de lo más divertida. Un pequeño jarrón montaba guardia junto al marco, siempre con una flor que mi abuela cambiaba a diario.
Acostumbrado a que formara parte del paisaje habitual en las visitas a mi abuela, a mí nunca se me había ocurrido preguntar quién era aquel hombre y por qué su fotografía tenía un lugar tan privilegiado en aquella casa hasta que, una tarde de visita especialmente aburrida, estuve a punto de romperla y mi abuela decidió -en un intento desesperado por mantenerme quieto un rato- contarme la historia de aquel misterioso hombre.
 
Me habló mi abuela de una época lejana en la que los niños podían morir al poco de nacer. De una época en que ser pobre equivalía a hambre y enfermedad, de un mundo que acababa de dejar atrás unas horribles guerras, un mundo mucho más triste que el nuestro. Me habló de los hijos que había perdido antes de nacer mi madre y me contó lo que había ocurrido cuando ella también había enfermado.
Me contó sobre las noches que pasó llorando y rezando a todos los santos y vírgenes que se le pasaban por la cabeza. Me habló de las absurdas promesas que hizo si su hija recuperaba la salud y de la desesperación que sentía viendo que la niña no mejoraba. Me habló, también, de don Antonio, el médico, que les informó sobre la penicilina y que no paró hasta conseguir la necesaria para curar a la niña. Me narró, con emoción y ojos brillantes, la maravillosa mejora que la niña comenzó a experimentar en cuanto se inició el tratamiento.

Fue entonces, me dijo mi abuela, que dejó de creer en Dios, santos y demás. Quitó todos los crucifijos de casa, tiró todas las imágenes y estampitas, dejó de ir a la iglesia. Fue un escándalo familiar pero ella ya no podía creer en un Dios que permitía que los niños enfermaran y murieran. Se informó sobre don Alejandro (que es como ella llamaba a Alexander Fleming), encontró una fotografía suya y la puso allí, en la cómoda, para no olvidar, nunca, al hombre que había descubierto la maravillosa medicina que había salvado a su hija. Para recordar, siempre, que son los hombres y no los dioses quienes salvan nuestras vidas.
Desde ese momento, miré a “don Alejandro” de otro modo, su pajarita dejó de parecerme tan cómica y decidí que yo, de mayor, también quería salvar vidas. Es por mi abuela que soy científico y es por don Alejandro que soy investigador.