domingo, 22 de septiembre de 2013

Vida puñetera


Emeterio, desde pequeño, tenía muy claro que quería ser ingeniero pero la vida, que nunca va por los cauces que uno espera, planea o desea, no se lo permitió.
El primer escollo con el que tropezó Emeterio en su camino hacia la ansiada Ingeniería fue la guerra, cuyo comienzo supuso el final de su vida estudiantil. Sacar buenas notas pasó a ocupar el último lugar en su lista de prioridades porque lo importante era sobrevivir y para sobrevivir había que comer y para comer, el pequeño futuro ingeniero tuvo que ponerse a trabajar. Los libros quedaron abandonados en un rincón, acumulando polvo y humedad. El futuro quedó aparcado y el presente ocupó toda su pantalla vital.
Tras la guerra, Emeterio intentó recuperar el tiempo perdido y retomar el camino del estudio aunque tuviera que hacer malabares para compaginar trabajo y estudio. Pero la vida, la puñetera vida, se había empeñado en cambiar los planes del pobre hombre y, por eso, le puso delante a Marisa Marín y pasó lo que tenía que pasar, que Emeterio Panzón se enamoró de Marisa Marín y Marisa Marín se dejó querer. 


Tantísimo se dejó querer Marisa Marín que, en pocos meses, Emeterio Panzón y Marisa Marín hubieron de pasar por la vicaría por la vía de urgencia y, al poco, la familia Panzón Marín fue bendecida con la llegada de una pareja de hermosos gemelos.
Nuevamente, Emeterio tuvo que hacer a un lado libros, lápices y neuronas y, nuevamente, hubo de cambiar su lista de prioridades. Su mujer, sus hijos, su trabajo, la vida en fin, volvían a apartarlo de su sueño.
Pasaron los años, pasó la vida, pasaron los hijos a ser adultos independientes (o casi), pasó la señora Marisa Marín a mejor vida y pasaron las arrugas, y las canas, y los achaques a formar parte de la cotidianidad de Emeterio. Y ya con los ochenta años cumplidos el señor Panzón se dijo:
-Voy a por ello -siendo el “ello” la carrera de ingeniería.
Y a por ello que fue, renqueante, tembloroso e ilusionado, el bueno de Emeterio.

Se matriculó. Se compró los libros. Preparó su mejor traje. Y la noche antes de comenzar las clases... falleció.
La vida -que no la muerte- lanzó una carcajada en las mismísimas narices del pobre Emeterio y, dando un portazo, lo dejó del otro lado compuesto y sin carrera.
El pobre hombre, perplejo, se quedó contemplando aquella puerta durante varios minutos (o puede que décadas), se rascó la cabeza canosa y ectoplásmica, cambió de postura, se frotó la barbilla fantasmal y, tras varias décadas (o tal vez centurias), decidió que ya estaba bien de dejarse llevar por esa perra vida y que ahora que se había librado de ella bien podía hacer lo que se le antojara. Y lo que se le antojaba era empezar y terminar aquella dichosa carrera con la que llevaba toda la puñetera vida (y parte de la muerte) soñando. Y esa misma mañana, con su mejor traje, recién afeitado y estrenando libros, Emeterio acudió a la facultad de ingeniería y comenzó la carrera que siempre había soñado.
Lo que la vida le había negado, lo consiguió -al fin- en la muerte.