domingo, 8 de septiembre de 2013

Microscuros



Recuerdos veraniegos


Había llegado el final del verano y, con él, el momento de reunir los recuerdos atesorados y volver a la rutina: un poco de rubia arena, otro poco de agua de mar, unas sombrillitas del primer cóctel que habían compartido, la entrada del cine de verano al que habían ido en su primera cita, la cuenta de su primera cena, la caracola que ella le había regalado, el móvil lleno de fotos, unas cuantas sonrisas, no pocas caricias, besos a puñados, dos o tres te quiero, el último adiós... Y el mejor recuerdo de todos, la joya de la corona estival: su dorada y sedosa piel, arrancada con cuidado, doblada, envuelta en papel de seda y oculta en su maleta.







Accidente


Hernando -convencido de que iba a toparse con su propio cadáver- intentaba no mirar hacia el accidente que tenía colapsada la carretera. Las coincidencias, pensaba, eran demasiadas: el coche, los números visibles de la matrícula, los adornos colgados del espejo retrovisor...
Cuando vio la chaqueta ensangrentada, idéntica a la suya, el corazón se le encogió como un pájaro aterrorizado.
Por fortuna el mechón de cabello rubio que pudo entrever bajo la sábana no tenía nada que ver con el suyo y Hernando se relajó con un largo suspiro, sintiéndose ridículo por la absurda aprensión que atenazaba su pecho cada vez que asistía a un accidente.
-¡Menuda tontería! -pensó- ¿Cómo voy a ver mi cadáver si fue incinerado hace cuatro años?


Crimen forestal

Tras una semana de búsqueda encontraron al desaparecido buscador de setas, semidesnudo y atado a un árbol, en lo más profundo del bosque. A su lado la cesta, casi vacía, su bastón y su navaja. Esta última mostraba signos evidentes de haber sido utilizada -entre otras- como arma del crimen.
En la frente, escrito con  su sangre, podía leerse una frase que dejó a todos confusos:
-¡Dejad en paz nuestros hogares!
Todas las pruebas fueron recogidas, registradas y clasificadas, todas excepto las que podían solucionar el caso: unas diminutas huellas de botas, ocultas por las hojas, que rodeaban el cuerpo y, en el fondo de la cesta, enganchado en la trama, un pequeñísimo gorro cónico de color azul brillante.


Punto final

Peinó su larguísima melena con extrema paciencia.
La trenzó con parsimonia, esperando a que aquel borracho que se hacía llamar padre, quedara inconsciente a causa del alcohol. Sus recuerdos se entrelazaban y trenzaban al tiempo que lo hacía su cabello, dejándola con la boca y el alma rebosante de acíbar.
Cuando hubo acabado su trenza, dejándola bien prieta, tomó las tijeras y la cortó, la ató por ambos extremos y, con sosiego, fue hacia donde el repugnante violador roncaba. Envolvió su cuello -casi delicadamente- con la trenza recién cortada y apretó, con la fuerza que sólo el odio da, hasta sentir que la muerte tomaba posesión de aquel cuerpo.
Y entonces esbozó la primera sonrisa de toda su vida.