sábado, 14 de septiembre de 2013

El móvil


El móvil I


Lo primero que atravesó su inconsciencia fue el zumbido. Luego vino aquella musiquilla  tontorrona que le barrenaba el cerebro recordándole hasta qué punto el alcohol desarrolla el mal gusto.
Refunfuñando entre dientes se retorció hasta lograr sacarlo de su bolsillo y, en cuanto respondió, una dulce voz de mujer le espetó:
-Buenas tardes, le llamo de XXX y mi nombre es María...
Emerenciano intentó interrumpir el diluvio de palabras que se le venía encima pero, viendo que la chica no parecía muy dispuesta a callar, prefirió ponerse cómodo y dejarla hablar para luego comunicarle, muy educadamente, que no le interesaba ninguna oferta que pudiera hacerle:
-No sé si sabrá usted -dijo Emerenciano- que los muertos no tenemos muchos contactos.



El móvil II

Lo primero que atravesó su inconsciencia fue el zumbido. Luego vino aquella musiquilla  tontorrona que le barrenaba el cerebro recordándole hasta qué punto el alcohol desarrolla el mal gusto.
Refunfuñando entre dientes se retorció para sacarlo de su bolsillo pero, cuando logró pegar el móvil a su oreja , ya habían colgado.
Con un suspiro, volvió a retorcerse en el reducido espacio y lo devolvió a su sitio.
Al poco rato, el zumbido y la musiquita volvieron a barrenar su sueño sin piedad.
Nuevamente se revolvió hasta extraer el dichoso aparatito del bolsillo de su pantalón y, nuevamente, el teléfono había enmudecido al llegar a su oreja.

Tres veces más se repitió el baile y, tras la cuarta, una polvorienta voz procedente de la tumba vecina dijo:
-Yo que usted lo pondría en modo vibración.
Emerenciano, entre sobresaltado y avergonzado, replicó:
-¡Oh, vaya! ¡Siento haberle molestado! ¡Enseguida quito el sonido! ¡No sé cómo no había caído en ello!
-No, si no lo digo por mí, yo llevo unos días desvelado y no me molesta pero sí que hay por aquí algunos inquilinos antiguos y poco acostumbrados que ya deben andar renemoviendo sus viejos huesos y que, en cualquier momento, pueden comenzar a insultarle, lo cual no deja de ser entretenido porque ni imagina usted lo originales que se vuelven los insultos cuando uno lleva años sin nada que hacer pero no es buena cosa comenzar la convivencia (o la co-muerte, si así lo prefiere) enemistándose con los vecinos, ¿no cree?
-Tiene usted razón. Muchas gracias por el consejo.

-De nada,  para eso están los vecinos. Si me permite otro consejo...
-Diga, diga usted, por favor.
-Pues verá, yo le aconsejaría que apagara el móvil y se olvidara de él. Sé que es difícil porque a todos nos cuesta renunciar al mundo de los vivos pero, créame, lo mejor es romper con ese mundo de golpe.
-Ya...  supongo que tiene usted razón pero yo...  -vaciló Emerenciano- ...mi familia...  mis amigos...
-Ni su familia ni sus amigos le van a llamar, recuerde que está usted muerto. ¿O acaso llamó usted a muchos muertos estando vivo?
-Tiene razón pero... bueno... yo... quizás... podría llamar a mi mujer y decirle...
-Decirle nada, hombre, pues menudo susto le iba a dar a la pobre mujer. Quite, quite... Ni se le ocurra hacer semejante cosa. Recuerde: usted está muerto, ¿entiende? Muerto del todo y nada del mundo de los vivos es ya de su incumbencia.
-Si entiendo lo que quiere decir pero... -Emerenciano suspiró-. Supongo que aún no estoy listo para desconectar de ese mundo.

-Bueno, cada cual tiene su ritmo. Yo ya le he dado mi consejo, ahora usted hará lo que quiera. Ahora, con su permiso, voy a intentar echar una cabezadita. Si necesita algo, ya sabe donde me tiene.
-Lo tendré en cuenta, que descanse usted en paz.
-Muchas gracias, lo mismo digo.
Y el silencio retornó al cementerio.
Emerenciano, no hay que decirlo, siguió atendiendo a las llamadas telefónicas. Siempre con la esperanza de que fuera alguien conocido aunque sólo fuera por equivocación pero sin oír más voces que las de algún operador intentando hacerle cambiar de compañía telefónica, un comercial de seguros, una encuestadora, una señora de Cuenca que se había equivocado, un niño jugando con el móvil de su padre y una llamada de un jadeante pervertido. Anhelante de voces vivas, con todos se mostró amable y simpático... incluido con el pervertido a quien advirtió -muy educadamente- de que era un señor (muerto, para más seña) cosa que al jadeante pareció no importarle puesto que siguió a lo suyo.
Y entonces su batería se unió a Emerenciano en el mundo de los muertos. El móvil quedó, al fin, completamente mudo y ciego.
El silencio de la muerte rodeó a hombre y máquina. Ya no había nada que lo hiciera evadirse de su realidad. Tampoco lo lamentó. Emerenciano, por fin, aceptó su muerte y que el mundo de los vivos ya no era su mundo.
Empujó el móvil hasta sus pies, se puso cómodo en su ataúd y, cerrando los ojos, se dispuso a disfrutar de su silencioso, solitario y pacífico sueño eterno.