viernes, 30 de agosto de 2013

Decadencia



Una cosa, con permiso, antes de dar paso al relato.
Hace unos meses me solicitaron un cuento para que formara parte de una antología pensada para crear conciencia de la importancia de la donación de órganos. Debido al fallecimiento del promotor de la idea pensamos que este proyecto no seguiría adelante pero su familia ha querido seguir con el trabajo y, finalmente, se ha editado. Su nombre: Vivo en ti. Para aquello de vosotros que os apetezca leerlo gratis o tenerlo en papel, os dejo los enlaces correspondientes:
Si lo queréis descargar (gratis): http://conunpocodeti.jimdo.com/



Ahora ya os dejo con el relato de hoy :)




Decadencia


Sentada en la cocina del Olimpo, Hera toma su taza de néctar a pequeños sorbos. Ante ella se despliega otro día lleno de tedio y falto de objetivos. Con un suspiro, muerde un trocito de tostada untada con ambrosía y mira a Zeus, su esposo, enfrascado en la lectura de The Times. Zeus ni sabe inglés ni siente el menor interés por las noticias humanas pero como está convencido de que leer ese diario le da un interesante aire de aristócrata británico, lo lee cada mañana o, más bien, mira las fotos toda las mañanas, pasando las páginas con parsimonia y frunciendo el ceño en un gesto que él considera inteligente.
Esa mañana, como cada mañana, Hera intenta encontrar en su interior algún rescoldo de la pasión que sintiera por su marido pero, como cada mañana, la búsqueda resulta infructuosa. ¡Y pensar que había pasado años hirviendo de celos por su culpa! Ahora, sin embargo, le da igual lo que haga o deje de hacer ese viejo verde.
La manera que tiene Zeus de lidiar con su forzoso retiro es mantenerse en una eterna "crisis de los cuarenta" y a Hera le parece bien. Cada uno de ellos hace frente a su decadencia como buenamente puede.

 
Zeus deja el periódico a un lado, se levanta de la mesa y, dándole un beso (producto de la costumbre más que del auténtico cariño), abandona la cocina para acudir, probablemente, al encuentro de su última aventurilla. Hera se coloca unos cabellos rebeldes que intentan huir de su apretado recogido y se levanta con un suspiro. Duda si lavar lo poco que había ensuciado en su escueto desayuno pero prefiere largarse antes de que lleguen los demás.
Desde que habían sido obligados a abandonar la primera línea de la divinidad, los dioses andaban bastante perdidos, buscando su lugar en la vida eterna, dando tumbos y sin conseguir encontrar el punto de equilibrio.
De la pasada gloria no quedaba nada.
El Olimpo se caía a pedazos y los dioses caían con él.
Afrodita, la hermosa diosa del amor y la lujuria, se ha transformado en un ser chabacano,  en una máquina mastica-chicle que sólo aspira a aparecer en algún horrendo reality de esos que están tan de moda entre los humanos.
 Su marido, Hefestos, ha cambiado la forja por el ordenador y el smartphone. Apolo se ha metamorfoseado en vulgar cantante pop, Ares se comporta como un vulgar pandillero y Hermes, embutido en un carísimo traje, pasa los días entre índices bursátiles y primas de riesgo. Cada uno, en fin, perdido en sus propias fantasías.
Hera, viéndolos, viéndose, no puede evitar sentir envidia de todos aquellos dioses que podían disfrutar de la dulce paz del olvido. Aquellos dioses de los que no quedaba ni el recuerdo de un recuerdo y habían muerto hacía siglos, sin ruido, sin dolor, sin declinar de esa forma tan patética en que los dioses olímpicos decaían. Aquellos dioses que hacía milenios habían perdido adoradores, rostro y nombre. Ojalá ellos también pudieran desaparecer en la niebla de la desmemoria.
Pero no, ellos, los olímpicos, no habían tenido tanta suerte. Ellos, los olímpicos, habían permanecido en la memoria de los mortales en forma de mitos, convertidos en personajes de cuentos, formando parte del imaginario popular. Ya no eran ni adorados, ni temidos. Ya nadie se postraba ante sus imágenes y nadie les pedía ayuda, no desde que ese otro dios, ese jovenzuelo egocéntrico, había llegado, pero permanecían en sus libros, en su cultura, en su literatura.
Los mortales no les habían dado la recompensa del olvido.
Y allí seguían, en aquel Olimpo que se caía a pedazos. Y por allí seguían también los dioses romanos, esos advenedizos, y los egipicios y todos aquellos que los mortales, por una u otra razón, no habían olvidado, todos errabundos, todos perdidos, todos buscando... algo...
En cuanto a ella. Bueno, ella se había aferrado a su imagen de matriarca: el cabello cuidadosamente peinado y recogido, la tiara firmemente instalada en su cabeza, el peplo con todos sus escultóricos pliegues en su sitio. Esa era su forma de mantener el equilibrio. Ese era el modo en que la gran Hera afrontaba la tediosa eternidad... hasta ahora.



Hera contempla con tristeza los desconchones de los muros, los antes brillantes mosaicos convertidos en rompecabezas incompletos, las puertas chirriantes, las fuentes calladas y las aguas estancadas de las pequeñas lagunas. Suspira la diosa recordando tiempos lejanos y manifiestamente mejores y comienza a hacer el equipaje.
Tarda poco porque poco se lleva. Comienza una nueva vida y considera que es mejor ir con poco peso.
Coge su pequeña maleta y, a paso lento, recorriendo con la mirada y los dedos lo que encontraba a su paso, se dirige hacia la salida del Olimpo.
Al otro lado de la puerta, el fuerte y oscuro cuerpo del dios Anubis se dibuja contra el brillante cielo y Hera sonríe por primera vez en varias décadas.
Sabe que, con tantos milenios por delante, también acabará cansada de su nueva vida pero, de momento,  la novedad la mantiene ilusionada y esperanzada.