Cara o cruz



El mendigo se sentó junto a mí en el banco y su olor me hizo retirarme -todo lo disimuladamente que pude-, varios centímetros hacia mi derecha. Podía haberme marchado pero, tímido y educado como soy, me dio cierto apuro levantarme, aunque aquel hombre estaba tan borracho que ni se habría enterado de mi rechazo.
Bueno, pensé, mientras no le dé por pegar la hebra... pero la pegó, por supuesto, porque soy un imán para toda esa gente que está deseando encontrar un extraño al que contarle sus penas.
Intenté fingir que estaba muy ensimismado en mi libro pero pronto me dí cuenta de que al mendigo le daba un poco igual si yo escuchaba o no escuchaba, o sea, que hubiera podido seguir leyendo sin la menor distracción si no fuera porque cuando comienzo a escuchar una historia, tengo que oírla hasta el final.
Y así fue como me enteré de la curiosa historia de Bernardo Artigas (que así se llamaba el mendigo).
-Verá usted -estaba diciendo Bernardo-, yo siempre he sido muy indeciso. ¿Conoce usted la fábula del burro que se murió de hambre porque fue incapaz de decidir entre dos haces de trigo exactamente iguales? Pues yo soy igual de burro e igual de indeciso. Póngame usted ante una decisión, por pequeña que sea, y ahí me tendrá intentando decidirme durante horas y horas. 


Siendo adolescente, cierto día que mis amigos y yo (sobre todo yo, claro), éramos incapaces de decidirnos por una película, decidimos echarlo a cara o cruz. Aquello, para mí, resultó ser toda una revelación. Había encontrado, por fin, una manera de tomar decisiones rápidamente, sin tener que darle vueltas y más vueltas, sin que nadie tuviera que esperar a que yo me decidiera. Sólo tenía que lanzar una moneda al aire y dejar que ella tomara las decisiones por mí. Por vez primera en mi vida, me sentí ligero y libre.
Así, cuando llegó el momento de elegir entre ir a la Universidad o dejar los estudios, lo eché a cara o cruz... Salió cara y eso fue bueno, porque acabé con una licenciatura en Derecho. Al acabar la carrera tuve que elegir entre empezar a trabajar inmediatamente en un bufete o darme un año sabático... Salió cruz y eso fue malo, porque luego me costó mucho encontrar un empleo. Luego conocí a una chica, me enamoré y, como no sabía si pedirle que nos casáramos o no, lo eché a suertes... Salió cara y nos casamos (las cosas de la boda, por fortuna, las decidió todas ella) y eso fue bueno porque era una mujer maravillosa. Y así fue con todo. Cuando mi mujer me dijo que quería hijos y dejé a la moneda que decidiera por mí (cara, tuve dos), cuando me propusieron enviarme a otra ciudad con un ascenso (cruz, nos mudamos a una ciudad más grande y nunca acabó de gustarme), a la hora de cambiar de coche, a la hora de elegir restaurante, a la hora de decidir qué compañía eléctrica contrataría, al elegir compañía de teléfonos...

Cuando una joven secretaria se me insinuó, eché a suertes si tendría o no tendría amante. Salió cara, y eso fue malo. Luego lancé la moneda para ver si sería mejor contarlo a mi mujer o no contarlo. Volvió a salir cara y lo conté, eso fue aún peor porque mi mujer decidió pedirme el divorcio. Sobre la decisión de si seguir con mi amante o abandonarla, la moneda me dijo que cruz, así que la dejé, y fue malísimo porque ella, en venganza, me acusó de acoso sexual. La empresa me ofreció no denunciarme si aceptaba irme de la empresa sin indemnización y sin alboroto. La moneda me dijo que no intentara defenderme y me fuí sin más.
Esa misma noche, entré en un bar porque la moneda había decidido que debía  emborracharme. Y luego seguí yendo cada noche porque la moneda decidió que me conviritera en alcohólico.
Y así una decisión tras otra hasta llegar aquí donde me ve. Viviendo en la calle, tomando vino barato y mal comiendo donde puedo. Bueno, al menos cuando le pregunté a la moneda si debía dedicarme a la delincuencia o no, me dijo que cruz... o sea, que no -En este punto Bernardo lanzó una cascada carcajada que acabó en una desgarradora tos. Se limpió la boca con la sucia manga y continuó hablando, serio de nuevo, con su pastosa voz de borracho-. Hace un rato... hace un rato le he preguntado si debía suicidarme o no y ha salido cara. He lanzado la moneda varias veces y siempre me sale cara. Esta maldita moneda debe tener muchas ganas de acabar conmigo, ¿no cree?

Bernardo sacó una moneda de su mugriento bolsillo y se quedó mirándola fijamente. Luego, como saliendo de un profundo trance, se irguió, me miró y dijo:
-¿Pero sabe qué le digo? Que esto de la moneda es una jodida tontería y que hasta aquí he llegado.
El mendigo dio un fuerte golpe en el banco con la palma de la mano y la roñosa moneda quedó sobre él. Luego Bernardo se levantó intentando no volver a caer sentado y, dando bandazos, se fue alejando mientras canturreaba por lo bajo.
Yo me quedé allí sentado, pensando sobre la historia que me acababa de contar y mirando la moneda. Bueno, en ese momento yo tenía que tomar una importantísima decisión y no lograba elegir entre mis dos opciones... tal vez podría dejar que la moneda decidiera por mí.
Alargué la mano, tomé la pegajosa moneda, la lancé al aire, la recogí... y volví a dejarla donde Bernardo la había dejado.
Mejor no tentar a la suerte...



 

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