Micros




Narciso


El joven Narciso, inclinado sobre las límpidas aguas, contempla su bello y perfecto rostro.
Su reflejo, desde la diáfana fuente, lo observa, preso y enamorado de tanta belleza.
Narciso estira la mano para tocar su reflejo.
Su reflejo, prisionero de los ojos que le miran, mueve -en impecable sincronía- su mano para tocar a Narciso.
Ambas manos -real y reflejada- se rozan.
El reflejo, llevado por un irrefrenable deseo de posesión, sujeta la muñeca de Narciso y tira del muchacho.
Narciso cae sobre su reflejo haciéndolo desaparecer y su propia vida escapa poco después con las últimas burbujas de aire que salen de su boca.




Punto final


Pasó la tarde en la cocina preparando cada plato con esmero.
Coció con lágrimas, salpimentó con sarcasmo e ironía, asó al fuego lento del rencor, frió en el chisporroteante aceite del odio y, finalmente, aliñó todo con veneno.
Luego dispuso la mesa con cuidado y elegancia y, cuando él llegó, sumisa y callada, recogió su abrigo, lo acompañó hasta su asiento, lo ayudó a colocar la servilleta sobre su regazo, le sirvió un vaso de vino y, plato tras plato, le dio a comer todas las humillaciones que había tenido que soportar durante años.
Él cayó muerto antes de acabar con el postre.
Ella cogió sus cosas y, sin mirar atrás, abandonó la casa.



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