Moscas



Hace ya algunos años que Necio-Hutopo y una servidora mantienen una "amistad bloguera" repleta, a estas alturas, de pequeños guiños y complicidades, incluido un ya bastante maltrecho sombrero que ha viajado entre mi blog y el suyo varias veces y con el que solíamos demostrarnos nuestra mutua admiración. Unos meses atrás me hizo saber este Hutopo nada necio que le apetecía ilustrar alguna de mis historias y yo, sin pensármelo dos veces, me apunté inmediatamente a la idea porque no sólo admiro su escritura sino que también me encantan sus ilustraciones. Tardé mucho más de lo previsto pero, finalmente, cumplí: hace unas semanas que le pasé no uno, sino tres relatos sobre zombis. Aquí está el primero de ellos (que ya ha sido colgado en su blog) y quedo a la espera de los otros dos. Muchas gracias Mario por seguir ahí y por ilustrar mis historias (espero que haya más colaboraciones de estas) :) Y vosotros pasad por su blog, pasad, que os va a gustar.






Tras varias horas de viaje soñaba con llegar a casa, darme una ducha caliente, cenar algo y meterme en la cama pero las malditas moscas no me lo permitieron.

 Las encontré en el salón comedor, zumbando alegremente en torno a un par de manzanas que, olvidadas en el frutero, se habían podrido y ofrecían a mis indeseadas invitadas un espléndido banquete y un fantástico lugar de reunión. De modo que, en lugar de relajarme como me apetecía, tuve que retirar las manzanas pochas y luchar, insecticida en ristre, contra aquella horda de moscas. Hice lo que me pareció una buena escabechina y, antes de ir, por fin, a mi ansiada ducha, decidí echar otra buena cantidad de insecticida y cerrar la puerta tras de mí con la esperanza de acabar con todas ellas. “Los cadáveres -pensé- los barreré mañana”.
 
Pero a la mañana siguiente no había ningún cuerpo muerto que recoger aunque no me percaté de ello porque lo que sí había, y en grandes cantidades, eran moscas zumbando y revoloteando. ¿Cómo podía ser aquello posible? La noche anterior había gastado un bote de insecticida y juraría que las había eliminado a todas. ¿De dónde, pues, salían todas esas? ¿Qué las atraía? Dispuesto a averiguarlo fui al supermercado para aprovisionarme de productos de limpieza y, sobre todo, de algún insecticida más potente.
 
Hice la limpieza del siglo en casa. No deje mueble ni mover, suelo sin fregar, ventana sin limpiar, ni baño sin higienizar. Luego, insecticida en ristre, volví al ataque contra las moscas invasoras. Todo el día duró esta batalla contra la mugre (menos de la que creía) y contra las moscas (más de las que pensaba). Agotado y satisfecho con mi labor, decidí irme pronto a la cama.

 La mañana llegó soleada, esplendorosa y llena de zumbidos... ¿Zumbidos? ¡No podía creer lo que estaba escuchando! Y cuando abrí los ojos no quise creer lo que estaba viendo. Las moscas, las malditas moscas, no sólo no habían desaparecido sino que habían llegado hasta mi dormitorio. ¿Es que no había nada que acabara con ellas aparte del típico y lento sistema de aplastarlas? Porque aplastarlas era sencillo, la verdad sea dicha. Eran estas, probablemnte, las moscas más tontas del largo linaje de las moscas porque atraparlas y aplastarlas resultaba la mar de sencillo... ¡pero era imposible acabar con todas ellas a manotazos!
 
Me levanté, encendí el ordenador y comencé a buscar remedios caseros contras las moscas. Luego los usé todos: cintas matamoscas, bolsas de plástico llenas de agua, hojas de laurel, de ruda y de menta, clavo y limón, plantas de albahaca, trampas diversas e insecticida, y por supuesto litros de insecticida, de todas las marcas conocidas, desconocidas y hasta alguno casero.

 Pasé la semana siguiente enfrascado en una batalla constante e implacable contra los dichosos insectos alados. Usé todo mi arsenal contra ellas pero lo único que parecía funcionar realmente era matarlas a golpes. Del resto, nada.

Aquella moscas no eran normales. No podían serlo. Las veía morir a montones y, sin embargo, al día siguiente ahí estaban y cada vez en mayor número. Además cada día estaba más convencido de que aquellos bichos se avalanzaban sobre mí... Cansado, desgreñado, obsesionado, convencido de que me estaba volviendo loco por culpa de aquella maldita plaga de moscas opté por llamar a unos profesionales. Tal vez ellos lograran lo que ni yo ni mis armas caseras habían logrado. Eran mi última esperanza.
 
Dejé mi casa a primera hora de la mañana y me fui a un hotel. Tomé una larga y reconfortante ducha, me comí un opíparo desayuno y luego dormí como un bendito durante doce horas. Por primera vez en muchos días, me sentí descansado y tranquilo.
C
uando regresé me recibió el silencio y el aroma del insecticida utilizado por los exterminadores. Recorrí todas las habitaciones de la casa, una por una, sin zumbidos, sin revoloteos, sin tener que espantar ningún insecto. Ni una... no había ni una. No me lo podía creer. Libre. Por fin. Había recuperado mi hogar.
 
Qué iluso.
 
Pasaron varios días de tranquilidad absoluta. Ni una sola mosca perturbaba mi existencia. Lo daba ya todo por felizmente acabado. Fue entonces cuando noté los primeros síntomas. “Un resfriado”, pensé, y no le di mayor importancia.
 
Entonces vi las noticias.
 
Plagas de moscas por todo el mundo. Lo que me había ocurrido a mí, estaba ocurriendo en todos los rincones del planeta desde hacía ya tiempo. No se sabía cómo habían surgido ni de dónde. Las llamaban “moscas zombi” porque, aunque las mataras, siempre volvían. Lo peor de todo es que eran altamente infecciosas. Las moscas no muerden pero el simple contacto con ellas basta para infectar y, una vez infectado, enfermar, morir y transformarse en zombi. La única manera de acabar con ellas era a golpes.

 El presentador dio la lista de síntomas: dolor, fiebre, agarrotamiento... El caldo de pollo que estaba tomando frente al televisor cayó de mis manos. Si todo aquello era cierto yo ya estaba infectado y moriría en pocas horas para pasar a convertirme en zombi.
 
Pero, espera, no, quizás “mis” moscas no eran de esas moscas. Quizás “mis” moscas eran moscas normales y corrientes. Quizás “mis” moscas no me habían pasado ninguna enfermedad. Por supuesto que no. En la tele acababan de decir que no había forma de acabar con ellas pero yo, con ayuda de los exterminadores, había eliminado a “mis” moscas, así que tenían que ser otras moscas distintas...
 
En ese momento oí un zumbido estruendoso y la luz del sol dejó de entrar por la ventana. Alcé la vista y allí, golpeando una y otra vez el cristal, estaban “mis” moscas. Era imposible que pudiera saberlo pero lo sabía. Eran ellas, mi propias moscas zombis.

 La fiebre es ya muy alta. Duermo a ratos. Deliro a ratos. Soy consciente cada vez menos rato. Las moscas, “mis” moscas, a base de golpear el cristal lograron romperlo y entrar en casa. Revolotean a mi alrededor, pasean sobre y hasta dentro de mí. Ya no tengo fuerzas para espantarlas. En realidad ya no quiero espantarlas. Dentro de muy poco seré como ellas y siempre viene bien tener amigos...




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