Café

Relato escrito para Mhanseon.



A Héctor le gusta el café amargo como la vida y negro como la muerte.

Las voces del resto de habitantes de Mhanseon le rodean mientras se dirigen al salón dispuestos a pasar una agradable sobremesa. El aroma del café recién hecho llega hasta Héctor transportándolo, momentáneamente, a su país y a una época más feliz. Todos parecen satisfechos y contentos de estar en la mansión, incluso se diría que son felices a pesar de que un halo de tragedia parece rodearlos a todos.

Liam se pone a su lado, con esa sonrisa entre infantil y arrogante que le caracteriza, golpea su espalda con exagerada campechanía y le murmura algo que Héctor no entiende pero a lo que, igualmente, asiente sonriente mientras Liam lo adelanta.

Es curioso, piensa Héctor, se diría que todos tenemos pasados bastante trágicos, todos menos Liam que no parece haber sufrido auténtico dolor en su vida. Ni ha perdido familia, ni ha perdido amores, ni ha perdido algún miembro como el resto de nosotros. No, él parece vivir en una especie de feliz burbuja en la que sólo hay cabida para los coches, la ginebra y las mujeres. Sin embargo, su mirada tiene algo... Héctor suspira y sonríe, le gusta el muchacho, no puede evitarlo, le gusta su vitalidad, sus ganas de vivir y ese aire romántico que le rodea. Liam, concluye Héctor, es tan energizante como una buena taza de café por la mañana.

Héctor se detiene en la puerta un instante, mientras los demás se van distribuyendo por el salón, cada uno en su lugar favorito, el lugar que, inconscientemente, escogieron el primer día y en el que siguen sentándose día tras día, tal como ocurre en cualquier familia. Por supuesto, él también tiene su lugar preferido, un butacón frente a Benjamín, el sonriente, sabio y sereno Benjamín, tan negro como el café y que despierta en Héctor la misma cálida sensación de estar en el hogar.


Le resulta de lo más peculiar sentirse tan a gusto entre personas que, hasta hacía poco, eran unos completos desconocidos, sobre todo teniendo en cuenta que él no ha sido nunca persona de muchos amigos. En realidad, si se para a pensarlo sólo ha tenido un amigo realmente cercano en toda su vida, un viejo amigo, un amigo con el que compartió infancia, adolescencia y primera juventud.

Envuelto en el aroma del café y arropado por las charlas de los demás, Héctor se sumerge en su pasado y va extrayendo recuerdos de sus travesuras en el colegio, sus juegos, sus castigos, sus tardes de lluvia inventado historias. Recuerdos de sus andanzas de adolescente, sus primer cigarrillo, su primera novia, su primera copa, su primer beso. Recuerdos de su paso a la universidad, del sentirse poderoso y joven, de su primer atisbo de independencia, de su coqueteo con cosas prohibidas. En todos y cada uno de sus recuerdos de aquellos años, se encontraba Néstor, el estilizado, elegante y jovial Néstor.

Akane saca a Héctor de su ensimismamiento al ofrecerle una taza de café, con esa leve y educada reverencia que aún conserva de su educación japonesa. La pequeña y torturada Akane, tan llena de vitalidad y con tanto dolor a cuestas, siempre hacía pensar a Héctor en el café expreso, un café al que se extrae el sabor a base de presión y un intenso calor.

Tras darle las gracias y tomar el primer sorbo de su café, Héctor vuelve a sumirse en los recuerdos. Al llegar a la universidad su sociedad de dos pasó a ser de tres cuando conocieron a la hermosa Helena. Los tres se hicieron inseparables y, dada la mitológica coincidencia de sus nombres, no tardaron en ser conocidos como “los troyanos”. Fueron tiempos felices e irresponsables, tiempos de diversión e irreflexión, tiempos, en fin, de juventud. Tiempos que llegaron a su fin de la manera más inesperada e indeseada.


Una ráfaga de aire frío saca a Héctor de sus pensamientos, Louise ha abierto la puerta del jardín: Esa mujer no puede pasar mucho tiempo lejos de las flores, piensa Héctor, las cuida y las mima como si fueran hijos y tal vez, en cierto sentido, para ella lo sean. Mientras la contempla acariciando una camelia, Héctor piensa que Louise es como el café colombiano: fuerte y amarga.

Amarga como la noche en que Néstor y él se pelearon a causa de Helena. Desde el principio estaba claro que los dos se habían enamorado de ella, ambos lo sabían y nunca habían discutido por ello, con acuerdo tácito se habían limitado a disfrutar de la amistad de la muchacha sin pretender más. Pero el amor, ya se sabe, tiene sus propias reglas y poco importa lo que uno quiera, él hará y deshará a su antojo. Casi sin darse cuenta Helena y Héctor pasaron de amigos a amantes y Néstor se vio relegado a un segundo plano. La noche en que Héctor pidió a Helena que se casaran, Néstor no lo resistió más y dejó salir toda la ira contenida, todo el dolor despechado, toda la rabia escondida y se enfrentó a su amigo. Hubo gritos, insultos, viejas afrentas que salían a la luz; hubo dolor moral y dolor físico, humillaciones y golpes. La amistad de años se rompió en apenas unos minutos.

Victoria le ofrece, amablemente, otro café. La misteriosa, la bella, la inteligente y chispeante Victoria que atrae miradas aunque no quiera, le sirve con exquisita elegancia otra taza del oscuro líquido que él adora y, mientras ella vierte el café Héctor la observa con ojos entrecerrados pensando que, sin la menor duda, Victoria es un afrutado café etíope. Intercambian un par de frases anodinas y luego él vuelve a las aguas profundas de la memoria.


Aquella noche, Néstor se marchó con un rugido y un portazo. No volvió a saber nada de él, al menos no directamente porque Helena mantuvo el contacto con el viejo amigo. Héctor sabía que se escribían y hasta se llamaban en alguna ocasión y, de vez en vez, intentaba reunirlos y que hicieran las paces... Misión imposible, claro, si en algo se parecían ambos hombres era en su endemoniado orgullo.

Sólo la muerte de Helena logró reunirlos de nuevo. Héctor vio a Néstor en el cementerio, ligeramente apartado de todos y, sin pensarlo, se acercó al viejo amigo. Se miraron largamente, ambos con los ojos enrojecidos por el llanto y el rostro demacrado por el dolor: uno hundido por perder a la mujer con la que había compartido la vida, el otro deshecho ante la pérdida de la mujer con la que hubiera deseado pasar los últimos años. No hubo palabras, ni las necesitaban, se abrazaron y lloraron juntos por la misma mujer.

Héctor suspiró, saliendo lentamente de su ensoñación. No recuperaron la amistad que tenían antes, por supuesto, hay cosas que, si se van, no regresan. Ni sus vidas ni ellos eran los mismos pero, al menos, aquellas lágrimas se habían llevado la amargura y la enemistad.

Miró la taza vacía que aún tenía entre sus manos y sonrió al pensar que, durante años, el café había sido su único e incondicional amigo. Luego alzó la vista barriendo el salón con la mirada, la sobremesa seguía igual de animada y Héctor pensó que, quizás podía empezar a llamar a aquellas personas amigos.

En ese momento Benjamín le preguntó en qué pensaba y Héctor, dejando la taza sobre la mesa, se recostó en su butacón y respondió:

-En que no hay nada mejor en esta vida que un buen café compartido con buenos amigos.




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