viernes, 12 de abril de 2013

Amantes


Era un hotel más viejo que antiguo, un hotel sencillo, sobrio pero nostálgico de un pasado lujoso; un hotel poco transitado por turistas, muy buscado por amantes y con todo el agotado encanto de lo secreto y lo clandestino.  Cientos de palabras de amor y desamor habían sido dichas entre sus paredes, docenas de reencuentros y rupturas se habían sucedido en sus habitaciones; en sus muros rebotaban risas, suspiros, susurros, gemidos y lágrimas. Sus largos pasillos olían a amor, pasión y sexo.

Hernando y Diana lo habían descubierto al comienzo de su relación y lo habían convertido en su lugar de encuentro preferido. Pedían siempre la misma habitación y  se encontraban en ella como en casa. Los empleados los conocían -como conocían a todos los habituales- y los saludaban como a viejos amigos. Allí eran momentáneamente felices, aislados del resto del mundo, entre los muros de su propio mundo.

Hernando se paseaba nervioso por la habitación, fumando cigarrillo tras cigarrillo. El cenicero, sobre la mesita, se encontraba atestado de colillas y de cigarros a medio fumar y Hernando se había visto obligado a abrir la ventana a pesar del frío externo porque el aire se había vuelto casi irrespirable a causa del humo. Hernando está nervioso, no debería estar en esa habitación, no debería ver a Diana hoy, su mujer lo había descubierto todo y le había montado todo una señora escena, con sus gritos y sus llantos, su histerismo y con todos los típicos y tópicos imaginables. Incluso le había amenazado con matarlos a ambos. No, definitivamente no era un buen día para ver a Diana pero, justamente por eso, era uno de los días en que más la necesitaba. 



Pero Diana se retrasaba más de lo habitual. Habían quedado a las cuatro y ya eran las cinco, no era costumbre en ella ser tan impuntual.

En el pasillo se oyen risas, pasos, cuchicheos, pero Hernando no parece percatarse de nada de lo que ocurre a su alrededor, continúa fumando y paseándose por la habitación hecho un manojo de nervios, dando vueltas a la relación con su mujer, a su relación con Diana, a lo ocurrido hoy en su casa, al retraso de su amante...

Se oye un ruido en la puerta, alguien intenta entrar pero Hernando no parece oír nada.

La puerta se abre, una pareja con alguna copa de más, entra con pasos vacilantes. Hernando sigue dando vueltas.

La pareja, entre besos y caricias, comienza a desnudarse. Hernando se ha parado, mira en su dirección, se enciende un nuevo cigarrillo y luego continúa con su paseo.

Los amantes recién llegados, sin dejar de besarse, se aproximan a la cama y, en su recorrido, pasan a través de Hernando, los tres sienten un curioso estremecimiento pero ninguno le da importancia.
 

Hernando sigue paseando y fumando en la habitación mientras se llena del sonido de besos, gemidos, roces de piel contra piel, risitas y de todo aquello que conforman la melodía amatoria.

Hernando no los ve ni ellos ven a Hernando. Si ellos pudieran verlo saldrían de la habitación aterrorizados y no volverían jamás a ese hotel. Y si él pudiera verlos entonces, tal vez, fuera capaz de recordar que, hace ya cinco años, mientras aguardaba a Diana, lo sobresaltó un fuerte golpe contra la puerta. Y que, al abrirla, Diana cayó entre sus brazos empujada por su enfurecida mujer quien le había seguido hasta el hotel y había aguardado la llegada de su amante, y se había avalanzado sobre ella.

La mujer de Hernando llevaba un arma y la sujetaba, temblorosa, con ambas manos. Los insultó entre lágrimas y luego disparó... primero a Diana, luego a Hernando y, finalmente, poniendo la pistola entre sus dientes, a ella misma.

Fueron noticia en todos los periódicos, se habló de ellos en todos los programas matutinos, abrieron varios telediarios... A pesar de ello, Hernando seguía en esa habitación, nervioso y ansioso, fumando sin parar, esperando a su amante para pasar una tarde de amor entre las acogedoras paredes de aquel viejo hotel, testigo de tantísimas historias...