jueves, 14 de marzo de 2013

Cuando el sueño no viene




¡Qué me va a contar a mí sobre el insomnio! Llevo tantos años padeciendo de insomnio que podría escribir toda una enciclopedia sobre él y todos sus posibles remedios. Y es posible que lo haga aunque sólo sea para llenar las horas que me sobran.
No sé qué causó mi falta de sueño crónica, en aquellos momentos no estaba ni estresado ni deprimido ni enfermo, mis comidas siempre han sido saludables, casi no bebía alcohol, mi cama era la mar de cómoda... En fin, que en mi vida y mis costumbres no había nada que, en principio, debiera motivar el insomnio pero se ve que al insomnio eso le da igual. Él llegó y se instaló en mi vida, sin más. Debe ser que le gusta mi compañía.
El caso es que, una noche, sin que hubiera -como ya he dicho- motivo aparente, el sueño no vino. A esa noche le siguió otra, y luego otra, y otra más. Y comencé a preocuparme, claro, aunque no tenía ningún síntoma de cansancio o confusión por falta de sueño, pensé que, si no ponía remedio,  sólo era cuestión de tiempo que estos aparecieran. De modo que me inicié la búsqueda de algo que me hiciera dormir.




Empecé, claro está, con lo más simple: contar ovejas. No funcionó, claro. Luego probé baños calientes antes de ir a dormir, masajes,  hacer mucho ejercicio, aprendí técnicas de relajación, hice psicoterapia, el masaje reiki, los sedantes, el lúpulo, la valeriana, la skullcap, la pasiflora, la melisa, la acupuntura, la hipnosis, la homeopatía, los médicos, los curanderos y hasta a la magia tanto blanca como negra. Pero nada funcionó, absolutamente nada.
Hiciera lo que hiciese y probara lo que probase, yo no podía dormir.
Los días pasaban y, aunque yo no lograba ganar ni una sola batalla al insomnio, me di cuenta de que no me afectaba tanto como para gastar tantísimos recursos en él. No me sentía más cansado que cuando dormía, ni tampoco más confuso, ni irritable, ni falto de concentración, ni padecía ninguna otra nefasta consecuencia asociada a la falta de descanso nocturno. Al contrario, estaba igual que siempre o incluso mejor. Y entonces decidí dejar de luchar e intentar sacar algún provecho de todas esas horas extras de las que ahora disponía.


Mi ritmo de lectura -ya bastante alto- se elevó una barbaridad, hice mis pinitos en escritura, en pintura y en modelado. Olvidando todos los mitos masculinos aprendí a coser, a bordar, a hacer calceta y también ganchillo. Me matriculé en la universidad, hice nuevos amigos gracias a internet y aprendí a conocer la ciudad nocturna. Ante mí se había abierto todo un mundo nuevo, podía disfrutar de mi familia y, a la vez, tener mi espacio personal. El insomnio dejó de ser una maldición y se convirtió en lo mejor que me había pasado en la vida.
Pero mi plácida arcadia llegó a su fin el día que un coche salido -al parecer- de la nada, se me echó, literalmente, encima. Cuando aquellas toneladas de metal me hicieron saltar por los aires lo único que pensé fue:
-¡Hombre, ahora, por fin, dormiré.
Yo es que siempre he sido una persona optimista y positiva, ¿sabe? Siempre intento encontrar un lado bueno absolutamente a todo y no iba a dejar de ser positivo por un quítame allá un atropello. Sí, sí, ya sigo, disculpe porque esta tendencia mía a divagar.
Como iba diciendo fui lanzado por los aires y sufrí -claro está- la consecuente caída y pensé -era lo normal- que acabaría inconsciente o muerto y en cualquiera de ambas circunstancias, al menos podría dormir.


Cuando toqué el suelo ya estaba muerto, eso dicen los médicos que me han visto pero el caso es que, ya ve usted, aquí sigo. La muerte llegó hasta mí y pasó de largo. Al parecer ni siquiera ella puede contra mi insomnio.
Mis pulmones no funcionan y mi corazón no late, sin embargo, aquí me tiene, hablando, paseando y hasta pensando. Los médicos no consideran vida a lo mío pero para mí que se parece bastante.
Como estoy muerto ya no poseo nada ni tengo derecho a nada pero por otro lado tampoco tengo que pagar impuestos y puedo hacer lo que me dé la gana, hasta cosas ilegales porque ya me dirá usted quién va a detener a un muerto.
El caso es que no es mala vida -o mala muerte-: sigo viviendo con mi familia y no les supongo ningún gasto extra porque, como estoy difunto, ni como ni bebo y me apaño con la ropa que tengo. Sigo con mis aficiones y mis lecturas de siempre. Sigo con mis estudios (ya voy por la cuarta carrera). Y sigo con mis paseos nocturnos aunque a raíz de mi muerte he desarrollado una morbosa curiosidad hacia los cementerios.
Hay mucha gente que se queja del insomnio pero yo, ya lo ve usted, puedo decir que el insomnio sólo me ha traído cosas agradables, incluido este estado de no vivo.
Sólo una cosa me inquieta, ¿sabe? Es este olor como a podrido que, desde hace unos días, me acompaña a todas partes y que no entiendo de dónde viene.