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Más Allá


No me llevó mucho tiempo descubrir que la muerte no tenía nada que ver con lo que me habían contado. No hay luz, ni túnel, ni cielo, ni infierno, no hay nada más allá de este mundo nuestro. Nada. Al morir sigues aquí, rondando a tus seres queridos y recorriendo los mismos lugares que recorrías estando vivo, buscando algo que que haga que la muerte no te resulte excesivamente aburrida. La mayoría acabamos apegados a nuestra familia, siguiéndoles a todas partes, fingiendo que tenemos algo así como una vida y saboreándola de esa manera insulsa, distante y gris en que los fantasmas saboreamos las cosas.
Tras pocos días ya estaba completamente adaptado a mi nueva y fantasmal existencia. No me molestaba el hambre, no me estorbaba el sueño, no me perturbaban emociones ni sentimientos o al menos no del mismo modo que lo hacían cuando tenía un cuerpo repleto de sustancias químicas haciendo de las suyas. Creía, como todos lo creemos al principio, que testa pacífica y desabrida existencia duraría eternamente hasta que descubrí que me estaba desvaneciendo.
Lentamente, sí, pero me desvanecía.
¿Sabe eso que se dice de que seguimos viviendo en el recuerdo de aquellos que nos conocieron? Pues es cierto... claro que también es cierto que, cuando todos aquellos que nos recuerdan comienzan a morir nosotros nos desvanecemos.



La gente que me conocía y me recordaba (amigos, compañeros, familiares...) había comenzado a morir y yo me evaporaba un poquito más con cada muerte. Mi yo se llenaba de agujeros y con cada muerte me iba pareciendo más a una red espectral.
Cuando mi mujer falleció yo ya me había transformado en una nebulosa imagen de mí mismo, algo tan vago que ella ni tan siquiera me vio cuando abandonó su cuerpo.
Ahora vivía gracias al recuerdo de mis hijos para quienes yo era un puñado de recuerdos, una voz casi olvidada, una risa perdida, unos cuantos momentos compartidos. Lo suficiente para mantener la nube-yo unida.
Cuando el último de mis hijos falleció, quedé convertido en este fantasmal suspiro que soy ahora. Para mis nietos apenas era el eco de un recuerdo: unas fotos y un par de anécdotas sin sentido, nada importante, nada consistente, apenas un hilillo me ha mantenido atado al mundo desde entonces.
Ahora el último de mis nietos está a punto de morir. Cuando lo haga, ya no habrá nadie que me recuerde y desapareceré.
Volveré a morir.


No tengo miedo.
No me importa.
Me pregunto si existe algo después de esto.
Espero que no.
Soy una leve brisa revoloteando sobre la cara de un moribundo y su última exhalación disipará ese pequeño resto de nada que soy ahora.
Espero ese momento con ansiedad.


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Sangre goteando.
—¡Plaf!
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—¡Maravilloso! ¡Lo estáis haciendo genial! ¡Todos! —murmura el asesino mientras continúa con su macabra tarea— ¡Mi Oda a la Muerte será una obra maestra!

Miedo
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