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Mostrando entradas de 2013

Apuesta

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Una lánguida noche de verano, de esas en que la mente ociosa divaga sin sentido, charlaban un sabio y el Destino sobre cosas humanas y divinas. Moviendo los brazos con pasión, derramando el vino de su copa, afirmaba el sabio que, si en lugar de reyes reinaran los poetas, otro gallo más afinado le cantaría al mundo. En cambio, el Destino, con un brillo de burla en su mirada de ébano, opinaba que el sabio más que sabio era un ingenuo. Tras varias horas de vino y discusión infructuosa, decidió el Destino demostrar su punto de vista con un ejemplo vivo y propuso elevar a un poeta hasta el trono para comprobar qué ocurría. El sabio aceptó, borracho y encantado, el perverso juego, sin apenas protestar por convertir a un ser humano en juguete del Destino. Y fue así como Amir, que se había acostado en un mísero catre apenas cubierto por una raída manta, con el estómago rugiendo de hambre, el futuro apenas visible en la oscuridad y el alma llena de bellos sueños, despertó entre finas sábanas, r…

Viento

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Sobre la mesa tres cartas: la de despido, la de desahucio, la del desamor. En la ventana el viento golpea. En la mirada, un sueño roto. En la ventana el viento llama. Recibió la primera carta con resignación. Le golpeó la segunda como una maza. Y la tercera... esa fue la que le remató. Sobre la mesa tres cartas. En la ventana el viento llama. Seca de lágrimas y esperanza, con las cartas en la mano, se aproxima a la terraza y la abre de par en par. El viento entra y recorre toda la casa, cual perro que husmea, rebusca y revuelve. Vuelan las cortinas, vuelan los marcos de las fotografías, rueda el bolígrafo, revolotean papeles, una puerta, al fondo, se cierra.  El viento se adueña de todo. Ella sigue en la terraza, con las cartas en la mano. Toma la primera, la carta de despido, la parte en dos, en cuatro, en ocho pedacitos y luego los entrega al viento.

El duelista

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Don Bernardo de Arniche y Satrústegui tenía, desde joven, un genio de mil demonios y un anticuado sentido del pundonor que, unido a su ánimo pendenciero, lo llevaban a mantener de dos a tres duelos semanales con los más variopintos rivales, porque a don Bernardo, a pesar de sus rimbombantes apellidos y su alta cuna, no se le caían los anillos por batirse en singular duelo con obreros, chupatintas y matasietes -gentuza sin honra que no solía presentarse en el campo del honor- con el mismo brío y las mismas condiciones con que se batía con los más destacados miembros de las fuerzas vivas de la ciudad. A la edad de cuarenta años habíase batido el señor Arniche con todos los militares bravucones, nobles libertinos, jueces prevaricadores, poetas con ínfulas, albañiles analfabetos, carreteros mal hablados y hasta con sacerdotes de débil espíritu y fuertes brazos, de la ciudad y, con alguno, más de una vez. A la edad de sesenta ya no quedaba en la comarca hombre mayor de quince años al que no …

Micros

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Terrores modernos
-Radiación nuclear, calentamiento global, ataques químicos, guerras, más guerras, terrorismo, fanatismo religioso, epidemias, pobreza, crisis, paro, hambre... Uno por uno, los periódicos con sus terroríficos titulares cayeron sobre la mesa. En torno a ella, los monstruos de siempre -Drácula, el hombre lobo, la momia, el monstruo de Frankenstein, el hombre invisible, Mr. Hyde, el monstruo de la laguna...- guardaban silencio. -Esto es lo que hay por allá afuera -dijo Drácula con un dramático suspiro-. Los monstruos se agitaron, incómodos, las cabezas se sacudieron, las garras arañaron el aire, los pies se movieron nerviosos. -¿Estáis seguros de que queréis abandonar nuestro retiro y competir con eso? Un elocuente silencio llenó la sala.


Coma
Sé que estás a mi lado. Me lo dice tu voz, que escucho pero no comprendo. Me lo cuenta la suavidad de tus manos aunque no puedo devolver tus caricias. Me lo revela el aroma de tu perfume aunque no puedo decirte cuanto me ha gustado siempre.…

Don Alejandro

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La casa de mi abuela era como todas las casas de todas las abuelas, ya saben, con su mecedora, su mesa camilla, su brasero, sus tapetitos de ganchillo, su olor a limpio y sus fotografías en color sepia. Pero, a diferencia de las casas de las abuelas de mis amigos, en casa de mi abuela no había imágenes religiosas de ningún tipo: ni un Sagrado Corazón, ni una Virgen de cualquier advocación, ni un San Judas, ni siquiera un San Pancracio, nada. Lo más parecido a un pequeño altar que había en casa de mi abuela era un pequeño rincón sobre la gran cómoda del salón. Un pequeño lugar con una fotografía de un caballero de pelo cano, bata blanca y una pajarita que a mí me parecía de lo más divertida. Un pequeño jarrón montaba guardia junto al marco, siempre con una flor que mi abuela cambiaba a diario. Acostumbrado a que formara parte del paisaje habitual en las visitas a mi abuela, a mí nunca se me había ocurrido preguntar quién era aquel hombre y por qué su fotografía tenía un lugar tan privil…

Campanas de libertad

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Despertó con el sonido de las campanas reverberando por toda la ciudad. Unidas en alegre cacofonía, celebraban con sus vibrantes y poderosos sonidos la muerte del tirano. Desde las grandes y solemnes campanas catedralicias hasta las sonoras y pequeñas de la más diminuta ermita, las campanas daban la bienvenida a la libertad. Se desperezó sin salir de la cama, disfrutando aún de la suavidad y el calor de las sábanas, y sonriendo al alegre sonido que entraba a raudales por su ventana entreabierta. Si pudiera iría ella misma a doblar esas campanas, a colgarse de sus cuerdas y balancearse en su tañido, a volar con cada dong y cada ding. Porque si el pueblo era feliz, ella era tres veces más feliz. Y si el pueblo se sentía libre, ella se sentía tres veces más libre. Saltó de la cama y estiró su cuerpo con sensualidad, con pereza y, sobre todo, sin miedo a ser golpeada o humillada. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió tan en paz, tan libre, tan sin miedo? ¿Lo había sido alguna vez, acaso? C…

Amor otoñal

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Cada mañana, desde su reciente jubilación, se sentaba don Faustino en la cocina, con su periódico, su café, sus tostadas, sus magdalenas y su mujer. Allí, parapetado tras su diario de siempre, contemplaba furtivamente a doña Mariana, quien, en su casa, al otro lado del patio de vecinos, se preparaba su propio desayuno. Don Faustino contemplaba extasiado cada movimiento de doña Mariana. Verla moverse por su cocina era como disfrutar de una curiosa danza doméstica. Doña Mariana lo hacía todo con delicadeza, elegancia y ritmo sin igual, con movimientos exactos y ligeros. Todo, siempre, en el mismo orden. Primero la taza y el plato, luego la cuchara y el azucarero. A continuación la servilleta. Después un platito con galletas y un zumo. Una vez todo preparado, doña Mariana cogía -ella también- un periódico y se sentaba a desayunar, a solas  con sus pensamientos y su gato. ¡Qué extraño erotismo despertaba en don Faustino el mordisqueo al que doña Mariana sometía a sus galletas! Las roía como…