sábado, 20 de octubre de 2012

Fulgencio



A Fulgencio lo de la crisis le sonaba a cosa muy lejana y que no iba con él, y es que bastante tenía con encontrar un sitio donde dormir cada noche y algo que llevarse a la boca como para andar preocupado por eso de la prima, los mercados y demás historias.
Sólo en una cosa había notado Fulgencio la tan cacareada crisis: la cantidad de gente que iba a hurgar a los contenedores de basura en busca de comida, pero eso no pasaba de ser una pequeña molestia. Esa gente no suponía ninguna competencia para alguien que llevaba más de quince años en la calle. Cierto que ahora le costaba un poco más conseguir comida de los contenedores, pero no porque esta escaseara sino por la nueva costumbre de cerrar contenedores, triturar la basura antes de sacarla del supermercado, o no ponerla en la calle hasta que llegara el camión de la basura. Pero incluso con eso su veteranía suponía una ventaja y no tardó en localizar aquellos supermercados en los que los empleados solían hacer la vista gorda y permitían a la gente llevarse lo que pudieran.



A uno de ellos se dirigía Fulgencio aquella noche cuando se fijó en un hombre mayor, bien vestido y con aspecto de “señor” que, a unos cuantos metros de los contenedores, lo observaba  todo con aprensión, mientras jugueteaba con unas bolsas sin decidirse, al parecer, a dar el paso definitivo que lo uniera a la banda de zombis -así los llamaba Fulgencio- que deambulaban entre las basuras. No era difícil adivinar que estar allí le hacía sentirse avergonzado.
Fulgencio le echó un vistazo rápido, se encogió de hombros, y continuó su camino hacia los contenedores. De vez en cuando, sin dejar de buscar entre la basura, levantaba la vista para ver si aquel hombre se decidía por fin a acercarse, pero no, allí seguía, estrujando las bolsas y dando un pasito hacia delante y otro hacia atrás, en un absurdo baile de indecisión.


Finalmente Fulgencio logró llenar un par de bolsas de comida y comenzó a alejarse de los contenedores donde aún quedaba mucha gente buscando los restos de los restos.
Al llegar a la altura del hombre indeciso, Fulgencio se detuvo y estiró las dos bolsas hacia él. El hombre dio un paso hacia atrás, entre sorprendido y asustado.
-Tenga -le dijo Fulgencio-, cójalas.
El hombre negó con la cabeza balbuceando a saber qué excusas.
-Venga - insistía Fulgencio-, no es bueno irse a dormir con el estómago vacío.
El hombre dio un paso indeciso y dijo:
-Pero usted...


-Yo ya me las apañaré, no se preocupe por eso -le respondió Fulgencio estirando nuevamente los dos brazos cargados hacia él.
El hombre del traje, con timidez, dio un paso adelante y cogió ambas bolsas mientras murmuraba un abochornado gracias.
-Eso está mejor -dijo Fulgencio con una gran sonrisa-. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¿quién nos va a ayudar, verdad?
El hombre afirmó con los ojos llenos de lágrimas.
-Nos vemos mañana -se despidió Fulgencio-. ¡Ah! ¡Y haga el favor de no venir tan elegante, hombre de Dios!
Dicho lo cual Fulgencio se alejó silbando, con el estómago todavía vacío pero con una extraña y cálida sensación en el alma.




viernes, 12 de octubre de 2012

Cuaderno de instrucciones



- ¿Qué pasó con el cuaderno de instrucciones? -preguntó, ceñudo, el jefe.
-Esto... se me cayó en un charco -dijo el primero bajando la cabeza-.
-Yo -dijo el segundo removiéndose nervioso- intenté secarlo.
-Yo... bueno... -dijo el tercero encogiéndose- Yo subí demasiado la llama y...
-Y se quemó -concluyó, torvo, el jefe.
-Sí -dijo el primero mirándose las uñas.
-Ajá -afirmó el segundo mirándose los pies.
-Eso -admitió el tercero mirándose uñas y pies.
-¿Y entonces? -inquirió, hosco, el jefe.
-Trabajamos sin cuaderno -dijo el primero.
-Y sobraron piezas -prosiguió el segundo.
-No sabíamos qué hacer con ellas -acabó el tercero, apartándose.
Y la carcajada de Dios al ver al ornitorrinco resonó en todo el Universo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Etsuko

 Hace unos meses colaboré con un cuento infantil en la web Con un poco de ti en la que escritores, poetas, ilustradores, colaboran con sus trabajos para aportar un granito en la lucha contra la leucemia. Hace poco han editado un libro con algunos de los cuentos enviados (el mío entre ellos), todo el dinero recaudado será para la fundación José Carreras. Dejo aquí los enlaces de bubok por si alguno de vosotros os animáis a comprar uno de estos libros (sólo tres euros en formato electrónico):

España: http://www.bubok.es/libros/216549/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia

México: http://www.bubok.com.mx/libros/192713/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia 

Colombia: http://www.bubok.co/libros/210596/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia

Argentina: http://www.bubok.com.ar/libros/193122/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia


Relato escrito para Mhanseon

La tarde allá afuera es gélida. En el interior de la casa, sentada en el washitsu(1), la pequeña Akane disfruta del calor que proporciona el kotatsu(2) bajo la mesa mientras su madre, ensimismada, peina su larga melena.


Lo único que quiebra el silencio es el rugir del mar que rompe en la playa cercana.


El calor, el sonido de las olas, el suave movimiento del peine sobre su cabello, la van dejando placenteramente adormecida, por eso le llevó un rato darse cuenta de que su madre había comenzado a hablar y, aunque parecía hacerlo más para sí misma que para su hija, Akane se enderezó un poco y prestó atención a lo que decía.


Y habló Etsuko de Kaito, un muchacho fuerte, expansivo, ruidoso e irresistiblemente atractivo del que se enamoró sin remisión y al que sus abuelos rechazaron desde el primer instante. Si Etsuko hubiera sido una buena hija, habría renunciado a Kaito pero era una adolescente tozuda y rebelde, así que siguió viéndolo a escondidas y no se lo pensó demasiado cuando Kaito le propuso fugarse con él. Era todo tan romántico que no supo resistirse.


Contó Etsuko que todo fue bien mientras duró el viaje hasta Tokio pero que, una vez instalados allí, Kaito cambió por completo o, tal vez, se quitó la máscara de amabilidad y encanto que hasta entonces había usado con ella. Kaito bebía y vagueaba todo el día. El resquicio de loca esperanza que quedaba en el alma de Etsuko, el que la hacía creer que Kaito volvería a ser el que era, se resquebrajó con el primer insulto y se hizo añicos con el primer golpe.


Akane comenzaba a sentir frío a pesar del kotatsu. Le hubiera gustado salir huyendo del washitsu para no seguir oyendo a su madre, pero no podía. Quisiera o no, seguiría escuchando hasta el final. Etsuko, sin percatarse de la agitación de su hija, prosigue con su historia.


Narra, mascullando más que hablando, cómo fue el día en que Kaito la entregó a otro hombre a cambio de unas monedas, como lo soportó todo inmóvil, con lágrimas en los ojos, pero en silencio, sin gritar, ni protestar, ni defenderse. Ese fue el primer hombre que pagó por ella, luego vendrían más, muchos más, demasiados. Algunas noches Kaito le traía los clientes a casa (a veces uno, a veces dos, a veces un grupo de borrachos); otras, la mandaba a la calle a por ellos. Y Etsuko, anulada y transformada en sombra sin voluntad, obedecía siempre, sin rechistar ni luchar.


Akane siente el dolor de su madre en las manos que ahora la peinan con más fuerza, en la tensión del cálido cuerpo, en la voz quebrada que se empeña en contar cosas que ella no quiere oír. La niña es demasiado pequeña para historias tan grandes.


Pero Etsuko no piensa detenerse, en realidad casi no se percata de que su hija está con ella, y continúa adelante, empeñada en llegar hasta el final y describe, entonces, el miedo y la esperanza renacida que sintió al saber que esperaba un hijo. No sabía quién era el padre  ni le importaba, ese niño era suyo y con eso le bastaba. Sólo entonces Etsuko quiso luchar y escapar de aquella vida mísera. Una noche hizo un hatillo con sus escasas pertenencias y se disponía a salir de la casucha que compartía con Kaito cuando este regresó, borracho y violento, como siempre. Con un simple vistazo, Kaito supo inmediatamente lo que Etsuko iba a hacer y, por supuesto, trató de impedirlo, pero esa noche no se encontró con una mujer hundida y sumisa, sino con una madre dispuesta a pelear por su hijo.


Etsuko se enfrentó a Kaito, le gritó, le devolvió los insultos y, cuando él intentó golpearla, ella se defendió. Tomó un cuchillo de la cocina y, en la refriega, se lo clavó en el cuello. Kaito, sorprendido, la soltó para llevarse las manos a la garganta. Etsuko aprovechó ese momento para coger su hatillo y salir corriendo. Desde la puerta oyó a Kaito caer al suelo con estrépito. Nunca supo si aquella cuchillada lo mató, pero tampoco siente demasiado interés en saberlo.


Akane pide a su madre que calle pero su madre está tan inmersa en el pasado que la voz de su hija no llega hasta ella.


Etsuko sigue contando como se las apañó en las calles, mendigando, robando y prostituyéndose. Quería recuperar una vida honrada, pero caer en la miseria era mucho más sencillo que salir de ella y más si eres una mujer embarazada y sin honor como era ella. Al llegar el momento del nacimiento de su hijo, Etsuko seguía en la misma pobreza extrema.


Akane tiene una imaginación tan vívida que es capaz de sentir el frío, el hambre y el miedo de su madre en aquellas circunstancias. Las lágrimas caen silenciosamente por sus mejillas. Las de su madre hace rato que humedecen su negra melena. El momento de callar pasó hace tiempo, no queda otro camino que continuar hasta el final.


El niño nació de cualquier manera en una sucia habitación. Era demasiado pequeño, demasiado débil. Etsuko no podía amamantarlo, estaba tan desnutrida que no tenía leche y estaba tan débil ella misma que no podía levantarse del mugriento catre en el que había parido. El bebé, su pequeño Haruto, apenas vivió dos días y Etsuko se culpó, se culpa aún, por ello. No hay día, cuenta a Akane, que no escuche su llanto hambriento, su llanto de niño enfermo, su llanto de niño muerto. No hay noche, susurra entre sollozos, que no desee tenerlo en sus brazos, acunarlo y acallar su llanto.




Y aunque luego su suerte cambió y logró salir de la inmundicia, encontrar un buen hombre y tener una preciosa hija, Etsuko no logra olvidar al pequeño Haruto y ese llanto interminable, inconsolable, doloroso. Etsuko siente que tiene que ir con él, que está muy solo, que necesita el amor de su madre.


Akane no comprende qué quiere decir su madre pero el terror se apodera de su corazón.


Etsuko deja de peinar el cabello de Akane, sus manos caen sobre su regazo, su cara oculta por su hermosa melena negra. Y le dice a la niña que tiene que irse, que debe hacerlo, que ha de cuidar del pequeño Haruto que la llama desde el mar. Y, le pide, le ordena, le suplica incluso, que no cuente a nadie nada de lo que hoy le ha escuchado.


Akane, por fin libre, se levanta y sale corriendo del washitsu, dejando a su madre sola con su tristeza infinita, con sus funestos recuerdos, con el llanto de un bebé muerto mucho antes de su nacimiento. Akane huye con un secreto demasiado pesado para sus hombros, un secreto que ha prometido no contar, un secreto con el que no sabe qué hacer y que la seguirá, quiera o no quiera, durante el resto de su vida.





1Washitsu: Cuarto tradicional japonés. Incluyen suelo de tatami,  shōji para sustituir lo que normalmente cubre las ventanas, fusuma (particiones verticales opacas deslizantes) que la separa de los otros cuartos,  un oshiire (armario) con dos niveles (para almacenar los futones), y un techo de madera. Puede ser que no esté amueblado y que su función sea la de un cuarto de la familia durante el día y un dormitorio durante la noche. Muchos washitsu tienen puertas correderas de cristal que se abren sobre una cubierta o un balcón.
2Kotatsu:  Marco de mesa bajo hecho de madera y cubierto por un futón o una cobija pesada, sobre el cuál se apoya la superficie de la mesa. Debajo hay un brasero, calentón o estufa, que a veces es parte de la estructura de la mesa misma.


En la actualidad hay dos tipos de kotatsu. El kotatsu moderno consiste en una mesa con una estufa eléctrica adjunta a la parte inferior de la mesa. El kotatsu usualmente se pone sobre un futón delgado, como una alfombra. Un segundo futón, más grueso, se pone sobre la mesa kotatsu con la superficie de la mesa sobre ese segundo futón. La estufa eléctrica calienta el espacio debajo del futón, y a quien esté debajo de éste.

La mesa kotatsu más tradicional se pone en el piso sobre un agujero con aproximadamente 40 centímetros de profundidad. La estufa (de carbón vegetal o eléctrica) se encuentra en el hueco debajo de la mesa.
En general, una persona se sienta en el piso con sus piernas (o, en el caso de una siesta, la mayor parte de su cuerpo) debajo de la mesa con la cobija encima. Aunque esto sólo calienta la parte inferior del cuerpo, puede mantener a uno caliente aun estando en un cuarto sin calefacción adecuada.
La mayoría de las casas japonesas tradicionales tienen poco o ningún aislamiento térmico. El kotatsu es una manera barata de mantenerse caliente durante el invierno, porque los futones atrapan el aire caliente.
El kotatsu fue desarrollado originalmente para gente portando vestimenta tradicional japonesa, porque el diseño de dicha ropa hace que el aire caliente penetre por las piernas y salga por el cuello, calentando todo el cuerpo.