viernes, 17 de agosto de 2012

Más micros...





Meshkenet


La procesión había llegado y partido.


El llanto de las plañideras, empujado por el silencio de los muertos, suena ya lejano.


Ini-herit aguarda y cuando el último lamento es llevado por el viento, entra en la tumba y, arrastrándose cual sombra, llega hasta la cámara funeraria.


En medio de la sala, el ataúd de Meshkenet parece aguardarlo.


Ini-herit abre el féretro y contempla a la muchacha. Acaricia la máscara que cubre su rostro y se tiende en el sarcófago junto a ella


Con dulce voz Ini-herit recita los poemas que le compuso, los que ella nunca pudo escuchar.

Ra se oculta. La noche cae sobre la ciudad de los muertos. Ini-herit, sin dejar de recitar, aguarda la llegada de Anubis.




Silencio


Se sienta ante la emisora de radio. Frente a él, el micrófono y a su derecha, la pistola.


Poniéndose los auriculares comienza su ritual búsqueda por las frecuencias, aguzando el oído por si surge alguna voz y enviando su mensaje cada pocos minutos. Hace dos meses que repite los mismos gestos mecánicos pero la emisora, como siempre, sólo le devuelve el silencio de un mundo sin humanos.


Hoy se cumple el plazo que se había impuesto antes de tomar la única salida posible a su soledad.


Toma la pistola que no ha dejado de acariciar, la acerca a su boca y aprieta el gatillo.


Un segundo más tarde sus oídos muertos reciben el débil sonido de una voz lejana.





La muerte perfecta


- ¿Cuántas veces ha muerto ya? -preguntó la Muerte.


- Esta es la vigésimo quinta -respondió la sombra con alegría.


- ¿Y no cree que ya es suficiente? -volvió a preguntar la Muerte.


-Huy, qué va, aún me quedan otras tantas hasta lograr adquirir la experiencia necesaria y tener una muerte perfecta -y dicho esto, la sonriente sombra se desvaneció.


La Muerte suspiró resignada y, por enésima vez en aquella eternidad, se prometió no volver a caer en la trampa de los tratos de última hora.




miércoles, 1 de agosto de 2012

Micros


La primera vez



Recuerdo la primera vez, los nervios, las mariposas en el estómago, el cosquilleo de emoción, el corazón a mil, el miedo... Y luego la decepción, el “no era para tanto”, el “¿esto es todo?”, el pensar que a qué tanta alharaca por tan poco. Recuerdo el regreso a casa, el creer que todo el mundo se daría cuenta de lo ocurrido, el deseo de contarlo, la necesidad de callarlo, la mezcla de vergüenza y orgullo.  

Ahora soy menos inocente pero disfruto mucho más.

La primera víctima nunca se olvida pero de la décimo quinta se obtiene muchísimo más placer.

Ahora, por favor, procura no mover la cabeza, intento clavar una aguja en tu ojo y no es sencillo...



Procesión



Nunca me gustaron las procesiones, no señor, ni tantito así. Siempre me parecieron grimosas y espeluznantes. El arte sacro me parecía deprimente y la exaltación religiosa me resultaba algo totalmente ajeno. Así que las evité todo lo que pude.

Imagine, pues, mi sorpresa al verme ahora formando parte de una. Con lo que yo he huido de estas cosas y aquí me tiene, con mi túnica, mi capucha, mi cirio... hecho todo un figurín, tétrico, eso sí, pero un figurín. Anda que no iba a reírse mi mujer si pudiera verme.

Ya ve qué cosas pasan, tanto renegar en vida de las procesiones y, cuando llega la Muerte, va y me alista en la Santa Compaña.


 

Vida


La vida -su vida- es corta, muy corta, demasiado corta.



La vida -su vida- pasa aprisa, con prisa, deprisa.



De la calma a la celeridad en un plis plas, a toda velocidad, sin parar, sin descansar. Rápido, cada vez más rápido, engullendo kilómetros y tragando segundos a enormes y veloces bocados.



Su destino cada vez más próximo.



El fin cada vez más cercano.



Acelerando, incrementando la velocidad, precipitándose en loca carrera, cada vez más aprisa, con más prisa, más deprisa y, entonces... ¡PLAF!



La gota de lluvia, perdida su acelerada individualidad, se diluye suavemente en la inmensa colectividad del mar.



De la velocidad a la calma en un plis plas... y la rueda vuelve a girar.