lunes, 16 de julio de 2012

Adicción



Lo sabía, lo sabía, lo sabía.

Sabía que no debería haber ido a esa fiesta.

Sabía que debería haberse negado a ir a ella desde el primer momento.

Sabía que iba a suceder lo que, finalmente, había sucedido.

Sabía, sobre todo, que era tonto, tonto, tonto. Meses de sufrimiento en aquella maldita clínica de rehabilitación para que, en menos de diez minutos, todo se fuera al garete.

Y todo porque tenía el cerebro reblandecido por el amor y bien relleno con endorfinas, dopaminas y oxitocinas. Así, claro, le fue imposible decirle a su novia que no iría a la fiesta con ella. ¿Cómo iba a mirar aquellos enormes ojos azules y decirle que no? No hay enamorado lo bastante valiente como para hacer semejante cosa. Desde luego él no podía, y por no poder había ocurrido lo que tenía que ocurrir: que había recaído y de la peor manera.



Tras tan sólo media hora de estar en la fiesta parecía que todo estaba bajo control y se sintió lo bastante confiado como para atreverse a relajarse y disfrutar. La música era agradable, la charla resultaba amena, los invitados reían, bailaban y bebían sin parar. Los hombres lucían elegantes y las mujeres estaban terriblemente seductoras y su mirada saltaba continuamente hacia los delicados cuellos, los exuberantes escotes, los hermosos hombros...

Al cabo de una hora comenzó a sentir que tal vez no lo tenía todo tan controlado como creía y comenzó el “por una copita no pasa nada”. Y la copita se transformó en dos copitas y las dos en tres y las tres en varias más. La poca voluntad que tenía se fue diluyendo en el alcohol a velocidad alarmante.

Los escotes le parecían cada vez más pletóricos, los cuellos cada vez más exquisitos, los hombros cada vez más bellos. El corazón se le había acelerado, las sienes le palpitaban, la cabeza le daba vueltas. Se sentía enfebrecido y el aire no quería llegar a sus pulmones.



Buscó un lugar donde respirar aire fresco. Necesitaba alejarse de todo o acabaría de nuevo en el barco de la adicción en un viaje sin retorno. Dando tumbos, con la corbata deshecha colgando del cuello de su camisa desabotonada, sudoroso y jadeante, llegó hasta la abierta terraza y aspiró profundamente el aire frío de la noche. El fresco pareció aclararle un poco la mente y decidió quedarse allá afuera el tiempo suficiente para recuperar la calma y mantenerse lo más lejos posible de la tentación.

Su novia apareció al cabo de un rato, preocupada y más bella que nunca. Él la abrazó con fuerza y escondió su cara en su hermoso cuello, llenándose con la fragancia de su cálida piel, sintiendo el suave latido de su corazón, imaginando su dulce sangre viajando por todo su hermoso cuerpo.

El ansia se estaba apoderando de su mente, el mundo se volvía rojo y confuso.

Su frente se perló de sudor por el esfuerzo de enfocar sus pensamientos.

Pero era inútil. Su nariz estaba llena del aroma de la mujer, sus ojos sólo veían el delicado cuello, sus instintos despertaban.



Ella, ignorante de todo, continuaba abrazándolo.  Él intentó, con un último atisbo de racionalidad, apartarse de ella pero ya era inútil. El ansia lo ocupaba ya todo, la adicción había vuelto a vencer.

Con lágrimas en los ojos abrió lentamente la boca dejando a la vista sus blancos colmillos y, cerrando los ojos, los clavó en la tersa piel del cuello amado succionando la espesa sangre, absorbiendo la cálida vida y sin dejar de pensar:

-Lo sabía, lo sabía, lo sabía. Sabía que nunca debía haber venido a esta fiesta.

Luego todo se volvió rojo como la sangre.


domingo, 8 de julio de 2012

El protector



Agazapado entre las rocas, Roberto espera el momento de atacar. Tiene que secarse el sudor de manos y frente continuamente, el corazón le late de manera alocada y los músculos le duelen de pura tensión. La adrenalina fluye a raudales por su organismo preparándolo para la batalla.

No tiene por qué estar allí, aquella no es su guerra. Él no tiene nada que ver con los habitantes del lugar, no es más que un forastero de paso y, sin embargo, ahí está, listo para la lucha, como siempre que se tropezaba con una causa perdida.

Sabe, siempre lo ha sabido, que su vida sería mucho más sencilla si no fuera como es, pero no puede evitarlo, está en su naturaleza ser un defensor y protector de débiles y no puede resistirse a  luchar por todas aquellas causas que los demás dan por perdidas, siempre dispuesto a meterse en líos en los que ni le iba ni le venía nada. Su madre aprovechaba cualquier excusa para recordarle que lo llevaba en la sangre y que eso lo había heredado de su padre quien, según ella, era más tonto que Abundio.



-Un romántico incurable, eso es lo que era tu padre -le decía mientras sus manos aleteaban en torno a su cara como mariposas enloquecidas-, un loco con la cabeza en las nubes. Tan preocupado por los demás que olvidaba a su familia, tan bobo que mira como acabó...- Y, al decir esto, un par de lágrimas corrían por sus marchitas mejillas mientras ella sacudía la cabeza intentando espantar recuerdos y penas.

El calor comienza a volverse insoportable, el cabello se le pega a la cara y Roberto decide quitarse la camisa para estar más fresco. El pacífico silencio de la tarde sólo es roto por el continuo canto de las cigarras y las pesadas respiraciones de Roberto y su grupo. La espera se le está haciendo eterna y no es el único que se resiente de ella. Como el enemigo no llegue pronto su pequeño batallón acabará por batirse en retirada.

Roberto se siente muy orgulloso de su padre y se siente, también, orgulloso de parecerse a él. Era una forma de sentirse más unido a aquel hombre al que apenas llegó a conocer, pues desapareció mientras se encontraba en África en una misión humanitaria al país en guerra que tocara por aquel entonces. Una misión que sabía peligrosa pero a la que, como siempre, no pudo negarse. Roberto aún conserva la última fotografía que le hicieron a su padre: moreno, sonriente y con los ojos brillantes de emoción, desgarbadamente apoyado en la puerta del camión recién cargado de alimentos y medicinas que intentaría hacer llegar a las víctimas de aquella violencia absurda. 



Nadie volvió a verlo. Nadie sabía qué había ocurrido. Y, en el fondo, daba igual, el único hecho importante para Roberto y su madre es que su padre jamás había regresado.

Por fin, a lo lejos, comienzan a escucharse voces a lo lejos. Roberto hace señas al pequeño grupo que ha logrado reunir y convencer para que formen parte de aquella escaramuza. No fue fácil lograr que escucharan y siguieran a alguien que venía de fuera pero, finalmente, logró ganárselos y ahora, ahí estaban, agazapados como él, prestos a luchar por una de aquellas causas perdidas que tanto le gustaban que, en esta ocasión, era el hijo del panadero: Román “el Michelín”, el gordo del pueblo donde Roberto pasaba sus vacaciones veraniegas, al que Venancio “el Lanzatortas”, hacía la vida imposible día sí y día también.

Desde el día en que llegó al pueblo, Roberto tomó bajo su protección al “Michelín” y, por tanto, se enfrentó al “Lanzatortas” y ahora, ahí estaba, con su pequeño y valeroso grupo, dispuesto a luchar, una vez más, por defender a un afligido.

El “Lanzartortas” y su grupo ya estaban casi a tiro. Roberto miró a sus “hombres” y comenzó la cuenta atrás en voz baja. Cuando los tuvieron a tiros, Roberto dio la orden y, gritando como posesos, saltaron al camino con las manos y los bolsillos llenos de piedras que comenzaron a lanzar sobre el enemigo.

Aquella tarde más de uno volvió gravemente descalabrado a casa y Roberto fue uno de los que peor acabó pero ni el agudo dolor de sus sangrantes heridas lograba borrar la enorme sonrisa que lucía en su rostro.

La satisfecha sonrisa de aquel que sabe que ha hecho lo correcto.