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Fulgencio



A Fulgencio lo de la crisis le sonaba a cosa muy lejana y que no iba con él, y es que bastante tenía con encontrar un sitio donde dormir cada noche y algo que llevarse a la boca como para andar preocupado por eso de la prima, los mercados y demás historias.
Sólo en una cosa había notado Fulgencio la tan cacareada crisis: la cantidad de gente que iba a hurgar a los contenedores de basura en busca de comida, pero eso no pasaba de ser una pequeña molestia. Esa gente no suponía ninguna competencia para alguien que llevaba más de quince años en la calle. Cierto que ahora le costaba un poco más conseguir comida de los contenedores, pero no porque esta escaseara sino por la nueva costumbre de cerrar contenedores, triturar la basura antes de sacarla del supermercado, o no ponerla en la calle hasta que llegara el camión de la basura. Pero incluso con eso su veteranía suponía una ventaja y no tardó en localizar aquellos supermercados en los que los empleados solían hacer la vista gorda y permitían a la gente llevarse lo que pudieran.



A uno de ellos se dirigía Fulgencio aquella noche cuando se fijó en un hombre mayor, bien vestido y con aspecto de “señor” que, a unos cuantos metros de los contenedores, lo observaba  todo con aprensión, mientras jugueteaba con unas bolsas sin decidirse, al parecer, a dar el paso definitivo que lo uniera a la banda de zombis -así los llamaba Fulgencio- que deambulaban entre las basuras. No era difícil adivinar que estar allí le hacía sentirse avergonzado.
Fulgencio le echó un vistazo rápido, se encogió de hombros, y continuó su camino hacia los contenedores. De vez en cuando, sin dejar de buscar entre la basura, levantaba la vista para ver si aquel hombre se decidía por fin a acercarse, pero no, allí seguía, estrujando las bolsas y dando un pasito hacia delante y otro hacia atrás, en un absurdo baile de indecisión.


Finalmente Fulgencio logró llenar un par de bolsas de comida y comenzó a alejarse de los contenedores donde aún quedaba mucha gente buscando los restos de los restos.
Al llegar a la altura del hombre indeciso, Fulgencio se detuvo y estiró las dos bolsas hacia él. El hombre dio un paso hacia atrás, entre sorprendido y asustado.
-Tenga -le dijo Fulgencio-, cójalas.
El hombre negó con la cabeza balbuceando a saber qué excusas.
-Venga - insistía Fulgencio-, no es bueno irse a dormir con el estómago vacío.
El hombre dio un paso indeciso y dijo:
-Pero usted...


-Yo ya me las apañaré, no se preocupe por eso -le respondió Fulgencio estirando nuevamente los dos brazos cargados hacia él.
El hombre del traje, con timidez, dio un paso adelante y cogió ambas bolsas mientras murmuraba un abochornado gracias.
-Eso está mejor -dijo Fulgencio con una gran sonrisa-. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¿quién nos va a ayudar, verdad?
El hombre afirmó con los ojos llenos de lágrimas.
-Nos vemos mañana -se despidió Fulgencio-. ¡Ah! ¡Y haga el favor de no venir tan elegante, hombre de Dios!
Dicho lo cual Fulgencio se alejó silbando, con el estómago todavía vacío pero con una extraña y cálida sensación en el alma.




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