Voces



Me hablan constantemente, sin descanso. No callan nunca, si uno acaba otro comienza, en una cadena infinita y eterna.

Me hablan, me hablan, me hablan... y sus voces llevan tanto tiempo conmigo que he olvidado como suena el silencio.

Me piden, me ruegan, me suplican, me imploran, me reclaman, me solicitan y alguno, incluso, me exige, me demanda y me conmina.

Los hay que murmuran y bisbisean, otros claman y vocean. Unos y otros, otros y unos, me hablan, me hablan y me hablan sin descanso, respiro ni sosiego.

No sabría decir cuánto tiempo he pasado aquí sentado, oyendo sus gritos, susurros y llantos, mucho sin duda, demasiado, eso es seguro. Ni sabría decir, tampoco, el tiempo que ha pasado desde la última vez que presté atención real a alguna de esas voces pero no me equivoco si digo que ha sido considerable.


Uno no puede pasarse la eternidad prestando atención absoluta a las mismas historias una y otra vez por emotivas que sean. Después de los mil primeros años se confunden unas con otras. Cuando ya llevas tres mil acaban pareciéndote una sola historia continuamente repetida. Al llegar a los siete mil todo te parece un runrún sin sentido alguno.

Siguen hablando sin parar. Siguen rogando y suplicando una respuesta, una ayuda, una solución, un milagro.

¡Un milagro! Durante un tiempo quise hacer milagros y darles soluciones pero pronto descubrí que mi poder no llegaba a tanto. Me resulta imposible ofrecerles mi ayuda por mucho que lo desee, muchos se están dando cuenta y comienzan a dejarme en paz pero la mayoría insiste en implorarme soluciones que estoy muy lejos de poder ofrecer.

Sus voces no paran, sus ruegos no se detienen. Me hablan, me piden, me suplican...

Ahora ya no escucho, no atiendo, no me interesa lo que tengan que pedir o decir. Me limito a sentarme aquí contemplando el universo que me rodea y convierto sus voces en un rumor de fondo, algo así como el de las olas en la playa. Un murmullo sordo e interminable que me acompaña permanentemente.



Piden, ruegan, suplican, imploran... hablan, hablan, hablan sin detenerse nunca.

Sospecho que, en el fondo, a ellos les da igual que yo esté o no esté, que les escuche o no les escuche, que les ayude o no les ayude. Ni se darían cuenta si me fuera, es más, creo que muchos piensan que me he ido hace tiempo y, aún así, me siguen hablando.

Si me paro a pensarlo no hay ningún motivo para permanecer aquí, soportando este eterno rumor, esta barahúnda de voces que nunca callan. Nadie me impide irme, nadie me obliga a quedarme. No me necesitan, no me extrañarían si desapareciera, no les importaría que no estuviera.

Sí, podría irme y muchas veces he jugueteado con la idea de hacerlo. Alejarme de ellos, de sus eternos ruegos, de ese clamor infinito. Sí, podría largarme cuando quisiera... pero no quiero.

Me sentiría muy solo en este vastísimo universo.

Además, temo que si me alejo de quienes me crearon acabaré muriendo. Creo que son esas voces, sus voces suplicantes, las que me mantienen con vida y que, sin ellas, dejaría de existir.

Así que aquí sigo y aquí seguiré, escuchándolos mientras me hablan, me hablan, me hablan, por los siglos de los siglos...



Entradas populares de este blog

Negra Navidad

Entre dos nadas