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El protector



Agazapado entre las rocas, Roberto espera el momento de atacar. Tiene que secarse el sudor de manos y frente continuamente, el corazón le late de manera alocada y los músculos le duelen de pura tensión. La adrenalina fluye a raudales por su organismo preparándolo para la batalla.

No tiene por qué estar allí, aquella no es su guerra. Él no tiene nada que ver con los habitantes del lugar, no es más que un forastero de paso y, sin embargo, ahí está, listo para la lucha, como siempre que se tropezaba con una causa perdida.

Sabe, siempre lo ha sabido, que su vida sería mucho más sencilla si no fuera como es, pero no puede evitarlo, está en su naturaleza ser un defensor y protector de débiles y no puede resistirse a  luchar por todas aquellas causas que los demás dan por perdidas, siempre dispuesto a meterse en líos en los que ni le iba ni le venía nada. Su madre aprovechaba cualquier excusa para recordarle que lo llevaba en la sangre y que eso lo había heredado de su padre quien, según ella, era más tonto que Abundio.



-Un romántico incurable, eso es lo que era tu padre -le decía mientras sus manos aleteaban en torno a su cara como mariposas enloquecidas-, un loco con la cabeza en las nubes. Tan preocupado por los demás que olvidaba a su familia, tan bobo que mira como acabó...- Y, al decir esto, un par de lágrimas corrían por sus marchitas mejillas mientras ella sacudía la cabeza intentando espantar recuerdos y penas.

El calor comienza a volverse insoportable, el cabello se le pega a la cara y Roberto decide quitarse la camisa para estar más fresco. El pacífico silencio de la tarde sólo es roto por el continuo canto de las cigarras y las pesadas respiraciones de Roberto y su grupo. La espera se le está haciendo eterna y no es el único que se resiente de ella. Como el enemigo no llegue pronto su pequeño batallón acabará por batirse en retirada.

Roberto se siente muy orgulloso de su padre y se siente, también, orgulloso de parecerse a él. Era una forma de sentirse más unido a aquel hombre al que apenas llegó a conocer, pues desapareció mientras se encontraba en África en una misión humanitaria al país en guerra que tocara por aquel entonces. Una misión que sabía peligrosa pero a la que, como siempre, no pudo negarse. Roberto aún conserva la última fotografía que le hicieron a su padre: moreno, sonriente y con los ojos brillantes de emoción, desgarbadamente apoyado en la puerta del camión recién cargado de alimentos y medicinas que intentaría hacer llegar a las víctimas de aquella violencia absurda. 



Nadie volvió a verlo. Nadie sabía qué había ocurrido. Y, en el fondo, daba igual, el único hecho importante para Roberto y su madre es que su padre jamás había regresado.

Por fin, a lo lejos, comienzan a escucharse voces a lo lejos. Roberto hace señas al pequeño grupo que ha logrado reunir y convencer para que formen parte de aquella escaramuza. No fue fácil lograr que escucharan y siguieran a alguien que venía de fuera pero, finalmente, logró ganárselos y ahora, ahí estaban, agazapados como él, prestos a luchar por una de aquellas causas perdidas que tanto le gustaban que, en esta ocasión, era el hijo del panadero: Román “el Michelín”, el gordo del pueblo donde Roberto pasaba sus vacaciones veraniegas, al que Venancio “el Lanzatortas”, hacía la vida imposible día sí y día también.

Desde el día en que llegó al pueblo, Roberto tomó bajo su protección al “Michelín” y, por tanto, se enfrentó al “Lanzatortas” y ahora, ahí estaba, con su pequeño y valeroso grupo, dispuesto a luchar, una vez más, por defender a un afligido.

El “Lanzartortas” y su grupo ya estaban casi a tiro. Roberto miró a sus “hombres” y comenzó la cuenta atrás en voz baja. Cuando los tuvieron a tiros, Roberto dio la orden y, gritando como posesos, saltaron al camino con las manos y los bolsillos llenos de piedras que comenzaron a lanzar sobre el enemigo.

Aquella tarde más de uno volvió gravemente descalabrado a casa y Roberto fue uno de los que peor acabó pero ni el agudo dolor de sus sangrantes heridas lograba borrar la enorme sonrisa que lucía en su rostro.

La satisfecha sonrisa de aquel que sabe que ha hecho lo correcto.


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