Adicción



Lo sabía, lo sabía, lo sabía.

Sabía que no debería haber ido a esa fiesta.

Sabía que debería haberse negado a ir a ella desde el primer momento.

Sabía que iba a suceder lo que, finalmente, había sucedido.

Sabía, sobre todo, que era tonto, tonto, tonto. Meses de sufrimiento en aquella maldita clínica de rehabilitación para que, en menos de diez minutos, todo se fuera al garete.

Y todo porque tenía el cerebro reblandecido por el amor y bien relleno con endorfinas, dopaminas y oxitocinas. Así, claro, le fue imposible decirle a su novia que no iría a la fiesta con ella. ¿Cómo iba a mirar aquellos enormes ojos azules y decirle que no? No hay enamorado lo bastante valiente como para hacer semejante cosa. Desde luego él no podía, y por no poder había ocurrido lo que tenía que ocurrir: que había recaído y de la peor manera.



Tras tan sólo media hora de estar en la fiesta parecía que todo estaba bajo control y se sintió lo bastante confiado como para atreverse a relajarse y disfrutar. La música era agradable, la charla resultaba amena, los invitados reían, bailaban y bebían sin parar. Los hombres lucían elegantes y las mujeres estaban terriblemente seductoras y su mirada saltaba continuamente hacia los delicados cuellos, los exuberantes escotes, los hermosos hombros...

Al cabo de una hora comenzó a sentir que tal vez no lo tenía todo tan controlado como creía y comenzó el “por una copita no pasa nada”. Y la copita se transformó en dos copitas y las dos en tres y las tres en varias más. La poca voluntad que tenía se fue diluyendo en el alcohol a velocidad alarmante.

Los escotes le parecían cada vez más pletóricos, los cuellos cada vez más exquisitos, los hombros cada vez más bellos. El corazón se le había acelerado, las sienes le palpitaban, la cabeza le daba vueltas. Se sentía enfebrecido y el aire no quería llegar a sus pulmones.



Buscó un lugar donde respirar aire fresco. Necesitaba alejarse de todo o acabaría de nuevo en el barco de la adicción en un viaje sin retorno. Dando tumbos, con la corbata deshecha colgando del cuello de su camisa desabotonada, sudoroso y jadeante, llegó hasta la abierta terraza y aspiró profundamente el aire frío de la noche. El fresco pareció aclararle un poco la mente y decidió quedarse allá afuera el tiempo suficiente para recuperar la calma y mantenerse lo más lejos posible de la tentación.

Su novia apareció al cabo de un rato, preocupada y más bella que nunca. Él la abrazó con fuerza y escondió su cara en su hermoso cuello, llenándose con la fragancia de su cálida piel, sintiendo el suave latido de su corazón, imaginando su dulce sangre viajando por todo su hermoso cuerpo.

El ansia se estaba apoderando de su mente, el mundo se volvía rojo y confuso.

Su frente se perló de sudor por el esfuerzo de enfocar sus pensamientos.

Pero era inútil. Su nariz estaba llena del aroma de la mujer, sus ojos sólo veían el delicado cuello, sus instintos despertaban.



Ella, ignorante de todo, continuaba abrazándolo.  Él intentó, con un último atisbo de racionalidad, apartarse de ella pero ya era inútil. El ansia lo ocupaba ya todo, la adicción había vuelto a vencer.

Con lágrimas en los ojos abrió lentamente la boca dejando a la vista sus blancos colmillos y, cerrando los ojos, los clavó en la tersa piel del cuello amado succionando la espesa sangre, absorbiendo la cálida vida y sin dejar de pensar:

-Lo sabía, lo sabía, lo sabía. Sabía que nunca debía haber venido a esta fiesta.

Luego todo se volvió rojo como la sangre.


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