Robots



Humanidad


Tras la desaparición de la especie humana, la Muerte vagaba sin rumbo, aburrida y apática, intentando averiguar a qué iba a dedicar el resto de la eternidad.

Desde su privilegiada atalaya, en el borde entre dos universos, vio como los robots ocupaban el lugar de los humanos, copiaban su civilización, imitaban su arte y su aspecto, y emulaban sus emociones y sentimientos. Los vio leer su historia, su filosofía y su ciencia, aprendiendo a pensar como ellos pero sin llegar a ser ellos.

Y entonces la Muerte pensó que había llegado el momento de recuperar su trabajo y, tomando su guadaña, se decidió a explicar a aquellos seres metálicos qué cosa era esa que les impedía alcanzar la ansiada humanidad.



La enfermera

Cada día, la pequeña enfermera robot recibía un dibujo de su pequeño paciente y ella, aún sin entender lo que aquello significaba, lo guardaba con cuidado.

Cada día, la pequeña enfermera robot, atendía con esmero al pequeño enfermo, recibiendo sus sonrisas y besos con desconcertada indiferencia.

Cada día, sin falta, hasta la mañana en que la pequeña enfermera robot encontró la pequeña cama vacía y, accediendo a su base de datos, supo que el pequeño enfermo ya no sonreiría, ni dibujaría, ni la besaría.

Ese día, la pequeña enfermera robot sintió que algo se rompía en su interior y quedó  temporalmente inoperativa.

En mantenimiento dijeron que había sido un cortocircuito.

Yo lo habría llamado dolor claro que yo no sé nada de robots...





Revolución

La revolución de los robots fue totalmente inesperada, formidablemente violenta... y extremadamente corta.

Por suerte para los humanos, los robots habían olvidado hacer lo único que los hombres aún hacían por ellos: recargar sus baterías.





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