Aburrimiento divino


Al contrario de lo que se cree los dioses se aburren mucho, muchísimo y, si lo piensan un poco, entenderán que es de lo más lógico que así sea.

Tras unos cuantos miles de años el néctar y la ambrosía pasan de ser algo “divino” a ser “la misma porquería de todos los días”, perseguir jovencitas con inclinaciones zoofílicas acaba por resultar cansino, así como huir de jovencitos con las hormonas alteradas o transformar humanos en distintos especímenes de la flora y la fauna. Creánme, tras unos milenios, lo de ser dios se vuelve de lo más tedioso y nada logra animar los días: el alcohol deja de embriagar cuando ya se ha trasegado más de 10.000 litros, la comida pierde el sabor cuando ya se han saboreado todas las exquisiteces habidas y por haber, el sexo deja de resultar excitante cuando ya se han probado hasta sus variantes más perversas, el estudio nada aporta a quien tiene la eternidad para aprender, la música se vuelve monótona, la pintura repetitiva, las artes, en general, pierden toda frescura... La eternidad, en fin, de fabulosa oportunidad pasa a ser aburrida molestia.

En la morada de los dioses los días pasan con la lentitud de un eterno agosto, con esa apática laxitud de final de unas largas vacaciones escolares durante las que ya se ha hecho de todo y ya no se sabe cómo llenar los días. Los dioses pasan las horas tumbados a la bartola, contemplando el cielo, jugueteando con el agua de los estanques, paseando con aire alelado, dejando pasar, en fin, la eternidad entre abúlicos bostezos y casi -sólo casi- deseando haber nacidos mortales.


Tan sólo un juego consigue aún sacarlos de su desganado estupor. Tan sólo un juego, a pesar de los milenios, logra divertirlos durante unas cuantas de sus divinas horas (en nada parecidas a las horas mortales pues dioses y humanos no miden el tiempo de igual manera). Tras pasar casi todo el día dedicados a pasear su hastío, los dioses comienzan a gravitar -lentamente algunos, apresuradamente otros, fingiendo falsa indiferencia todos- hacia el lugar en el que el tablero de juegos permanece siempre listo para jugar, con sus cubiletes, sus dados y sus piezas perfectamente dispuestos en sus lugares, a la espera de que los jugadores retornen a sus puestos habituales.

Durante el tiempo que pasan en torno al hermoso tablero, los dioses vuelven a transformarse en seres brillantes y llenos de energía, bellos, fuertes, seguros de sí. El poder fluye a raudales mientras cruzan apuestas, discuten sobre trampas y reglas, se alían o se insultan. El juego, su juego, tan eterno como ellos, siempre les revive, les hace sentirse tan fuertes como cuando el mundo era joven y en ellos residía todo el poder del universo. 


Sentados ante el gran tablero del mundo, los dioses juegan con los sueños y esperanzas de las pequeñas piezas y entre gritos, risas, agitar de dados y exclamaciones de ánimo o de furia, las aburridas deidades provocan desencuentros entre amantes, causan guerras, evitan muertes, impiden nacimientos, hacen y deshacen vidas; olvidan, en fin, su apatía interviniendo en los destinos de los diminutos peones que se mueven sobre el tablero sin sospechar siquiera que no son más que minúsculas fichas en un juego de mesa jugado por unos dioses ancianos y hastiados.



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