sábado, 10 de marzo de 2012

Sencilla elección

La noche era densamente oscura. Oscuro cielo. Oscuras calles. Oscuro callejón lleno de oscuras sombras.


El hombre, encogido de frío dentro de su abrigo, mira con desconfianza hacia la tenebrosa calleja y piensa que quizás fuera mejor tomar la iluminada y concurrida calle principal, pero el cansancio y el deseo de llegar a casa pueden más en su ánimo que el temor y, dando un gélido suspiro de resignación, entierra las manos enguantadas en los bolsillos y aviva el paso al tiempo que se hunde en la profunda y silenciosa negrura.


Apenas ha llegado a la mitad del recorrido, cuando de entre las sombras del oscuro callejón se separa una sombra aún más oscura que se aproxima parsimoniosamente al asustado transeúnte que, acongojado, queda paralizado como un conejo ante los faros de un coche.


 
En la calle vacía tan sólo se escucha la agitada respiración del aterrorizado viandante y el aleteo de las ropas de la negra figura, movidas por un viento que parece soplar sólo para ella.


La temperatura ha bajado varios grados.


El hombre se arropa más en su abrigo, intenta encogerse, hacerse pequeño, desaparecer para que lo que sea que se aproxima pase de largo sin verlo.


Tras lo que parecen horas la sombra se detiene, finalmente, frente a él y, con profunda voz, exige:


-La vida o la vida.


 
La víctima, confusa y perpleja, mira a la negrura sin responder.


La sombra insiste:


-He dicho: la vida o la vida.


El hombre cierra la boca, traga saliva, se mueve nervioso y osa responder:


-Ejem... Querrá decir “la bolsa o la vida”.


La sombra parece alargarse un poco más, el silencio se vuelve atronador, la voz se torna aún  más profunda:


 
-He dicho lo que quería decir. Su elección es: la vida o la vida.

El asustado viandante desearía poder esconderse dentro de su propio abrigo o, mejor aún, dentro de sí mismo pero, con sobrehumano esfuerzo y un hilillo de voz apenas audible, responde trémulamente:


-La...  ejem... La... ¿vida?


Y entonces, veloz e inexorable, una brillante guadaña surge de entre las aleteantes sombras y cae sobre el infausto paseante.


El hombre cae al suelo sin emitir ni un suspiro.


-Ahora no podrán decir que no dejo elección... hasta el moño me tenían- dijo la Muerte.


Y se alejó silbando mientras el fantasma del hombre se une lentamente al resto de sombras del oscuro y gélido callejón.