viernes, 30 de diciembre de 2011

Año Nuevo


Nochevieja


Nerviosos, aterrados, aferrados a sus paquetitos de uvas como náufragos en mitad del inmenso océano, aguardando las doce campanadas. Nadie reía, nadie gritaba, el silencio era aplastante y terrorífico, La muchedumbre miraba el reloj con ojos desencajados, mandíbulas apretadas y las manos, como garras, aplastando uvas y arañando piel.


Llevaban décadas, siglos, milenios, repitiendo incansablemente esos escasos segundos entre los cuartos y el final de las doce campanadas.


El reloj comenzó a sonar... Dong... Dong... Dong... Las manos se movían de manera automática. Dong... Dong... Dong... Las bocas se abrían para recibir los amargos granos. Dong... Dong... Dong... Las dentaduras se apretaban sobre la pulpa y el jugo corría por las barbillas. Dong... Dong... Dong... Miles de voces gemían al unísono en una horrísona parodia de lo que deberían haber sido gritos alegres. 


Quién hubiera dicho que el alborozado rito que habían repetido año tras año en vida pudiera ser una de las peores condenas en el infierno. Antes esperaban ese momento con rostro dichoso ahora, ahí estaban, nerviosos, aterrados, aferrados a sus paquetitos de uvas como naúfragos en mitad del inmenso océano, aguardando las doce campanadas.


 
Final

Mi tiempo es ya escaso, la poca vida que me queda se escapa demasiado aprisa. Todos a mi alrededor se muestran agitados, nerviosos, casi impacientes, aguardando el momento en que llegue mi final.


He vivido lo mejor que se sabido y he hecho lo mejor que he podido. Dejo tras de mí varias tristezas y algún buen recuerdo, al menos eso espero.


Los minutos pasan velozmente. Los segundos son aún más rápidos. Mi vida se va apagando sin remisión. Lo más triste es ver que nadie parece especialmente apenado por mi desaparición.


El momento se acerca. Hago un último intento de aferrarme a la vida pero es inútil.


Suena la última campanada. Todos gritan eufóricos.


Mientras llego a mi último segundo, el nuevo año entra triunfante.


 
Año nuevo, vida nueva


Año nuevo, vida nueva. La de veces que habría dicho eso a lo largo de su vida, pensaba mientras guíaba sus pasos rumbo a la algarabía montada por las miles de personas reunidas en la plaza, frente al reloj.


Año nuevo, vida nueva, y así un año y otro año pero sin nunca hacer nada que realmente rompiera con lo de todos los días. A fin de cuentas sólo eran palabras, de esas que dices porque todo el mundo las dice y ya, seguía pensando mientras divisaba a los primeros individuos con matasuegras y gorrito ridículo.


Y no es que no quisiera cambiar, querer, lo que se dice querer, quería, pero no lo suficiente como para superar la pereza de trabajar en ello... Hasta este año en que, por fin, todo iba a cambiar, y mucho, quisiera él o no quisiera.


Meditando aún sobre todo ello agarró a uno de los payasos alcoholizados que pasaba por su lado y, mientras le clavaba los dientes en el pecho, el nuevo zombi comenzó el nuevo año dejando marchar su último pensamiento racional y hundiéndose en la inconsciencia de la animalidad.


Que tengáis un Feliz Año Nuevo.

 

 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Micros navideños

Jubilación

Regresó a casa con los pantalones desgarrados por un par de mini perros histéricos, con el corazón a punto del paro por culpa de una alarma inoportuna, cojeando de una pierna tras sufrir una caída causada por unos niños demasiado “activos”, oliendo a alcohol tras un amistoso encuentro con un borracho callejero, aterrorizado por un enfrentamiento con unos delincuentes juveniles. Regresó a casa, en fin, destrozado, agotado, deprimido, derrengado, desastrado y otros muchos “ados” pero, sobre todo convencido de que ya había llegado el momento de la jubilación para Papá Noel.




Nochebuena

Compró un nuevo árbol porque ya tocaba cambiarlo después de más de quince años de duro servicio.

Compró, también, nuevos adornos porque ya era hora de renovar un poco la ya arcaica decoración.

Compró un nacimiento porque tenía apetencia de tradición.

Compró comida, bebida y postres para una más que opípara cena.

Preparó la decoración con esmero. Cocinó con alegría. Dispuso una bella mesa y se sentó, como cada Nochebuena, a cenar.

Sólo él y sus fantasmas.



Peladillas

Hartas de ser las grandes olvidadas de la Navidad y de acabar siempre abandonadas en las bandejas, tras acaloradas reuniones, tomaron la decisión de revelarse contra su destino. Aquella Nochebuena las cosas iban a cambiar para ellas.

Esa noche, en las casas del todo el país, las peladillas aplastaron polvorones, hicieron huir a los turrones, empujaron a los bombones hacia zonas cálidas donde acabaron derretidos, expulsaron a los mazapanes, derribaron a las frutas escarchadas y hasta jugaron al hula hoop con los roscones de vino. Apoyadas en su gran número, las peladillas, dulces duros por naturaleza, acabaron con todos y cada uno de sus oponentes hasta lograr ser las únicas ocupantes de todas las bandejas en todos los hogares. Y entonces, felices y satisfechas, esperaron el momento en que los postres fueran servidos. Su gran momento...

La mañana de Navidad, en las bandejas de todos los hogares, las peladillas volvieron a llorar su soledad.



domingo, 18 de diciembre de 2011

Búsqueda


Todas las tardes se arreglaba con el mismo esmero de su juventud, cuando lo hacía para ella; peinaba sus escasos y blancos cabellos con cuidado, como le gustaba a ella; se colocaba el mismo sombrero gris del que ella se burlaba por considerarlo algo cursi y anticuado; tomaba el bastón que ella le había regalado en la última Navidad que pasaron juntos y, con paso tardo, ponía rumbo a la biblioteca. Al llegar elegía una mesa, dejaba sobre ella el bastón y el sombrero y se dirigía hacia las estanterías. Con mano temblorosa, sacaba un libro y, renqueando, volvía a su asiento, pasaba unas páginas y, al comprobar que no era lo que buscaba,  sacudía la cabeza y, con un gruñido provocado por el esfuerzo, se levantaba a por el siguiente tomo.


No leía ningún libro y con ninguno se entretenía más tiempo del necesario para comprobar que no era aquel que andaba buscando pero no dejaba ni uno sólo por comprobar. Día tras día, siguiendo un orden rigurosamente alfabético, comprobando a diario aquellos libros que el día anterior no se encontraban en su sitio, continuaba con una búsqueda que cualquiera hubiera tildado de infructuosa y absurda.


Cierto día cogió un gran tomo de hojas amarillentas y, tras echarle un vistazo, su rostro se iluminó con la luz del reconocimiento. Aquel era, sin duda, el libro que llevaba tantísimo tiempo buscando. Comenzó a pasar páginas casi frenéticamente hasta que encontró, oculta entre ellas, una vieja fotografía, amarillenta por los años, desde la que una joven le sonreía con la ilusión de toda una vida por hacer. No era especialmente bella ni singularmente elegante pero, para él, no había existido otra como ella.


Sacó la vieja foto del viejo libro, la contempló extasiado, la besó con dulzura, la apretó contra su pecho y, sonriendo satisfecho, sin soltar la fotografía, descansó su cuerpo contra el respaldo de la silla, cerró los ojos y exhaló su último suspiro.





sábado, 3 de diciembre de 2011

Maldito calor

Daba comienzo un nuevo día de trabajo, un día más de una larga cadena de días iguales. El calor en las oficinas resultaba insoportable pero las mentes sádicas que dirigían el lugar les obligaban a acudir al trabajo con chaqueta y corbata. Evidentemente trabajar en esa compañía exigía cierto grado de crueldad pero obligar a los empleados a ahogarse en sudor cada día le parecía excesivo. Dejó el maletín sobre su ordenada mesa y, con un bufido de hastío, se dejó caer en la silla mientras luchaba por aflojar la condenada corbata.

Miró a su alrededor con apatía, sintiendo el sudor correr por su espalda y, reprimiendo un bostezo, se dispuso a dar comienzo a su día laboral. Hacía tiempo que tenía claro que el trabajo de oficina no era para él: era demasiado aburrido, extremadamente monótono y totalmente carente de emoción. Por eso tenía planeado largarse de allí en cuanto tuviera la más mínima oportunidad. 


 
Quería un trabajo con más acción, algo que le permitiera ejercitar sus innatas cualidades y, sobre todo, algo que no exigiera traje de corbata y lo mantuviera bien lejos del calor. Por eso dedicaba los tiempos muertos -y los que no eran tiempos muertos- de su trabajo para estudiar y prepararse para dar el salto a la sección de agentes externos lo antes posible.

Sacó el expediente en el que estaba trabajando, el sudor empapaba sus axilas. Ese maldito calor iba a acabar con él antes de lograr escapar de aquella oficina. El jefe lo estaba mirando, mejor sería hacer como que trabajaba no fuera a ser que acabara degradado antes de tener la oportunidad de lograr su ansiado traslado. Aún recordaba lo ocurrido al pobre Benicio, que también tenía sus sueños de acción, gloria y aire fresco, y no sentía ningún deseo de acabar igual que él.

Benicio, al igual que él, aprovechaba los tiempos muertos del trabajo para prepararse como agente externo pero tuvo la mala fortuna de ser pillado por el jefe y ahí se acabó su sueño. El pobre Benicio fue degradado de manera fulminante e irrevocable. Sin darle la oportunidad de defenderse se le obligó a recoger todas sus pertenencias, desprenderse de su traje y bajar inmediatamente a la zona inferior del gigantesco complejo. Aún no había podido olvidar su mirada de desesperación al atravesar las puertas que lo llevarían hacia los oscuros -y aún más calurosos- subterráneos. Sacudió la cabeza para sacarse el recuerdo de la cabeza y miró a su alrededor con prevensión, pero el jefe había vuelto a su cubículo y podía respirar tranquilo. 


 
No señor, él no iba a acabar como Benicio. Nunca permitiría que lo enviaran a torturar almas en las grandes salas de calderas. Él iba a salir al mundo humano y llegaría a ser el mayor reclutador de almas en la milenaria historia del infierno.

Se secó el sudor que se escurría entre sus cuernos y continuó trabajando en el expediente del alma condenada Nº 1. 000. 250. 565. 020. preparando el envio al infierno de otro pobre pecador mientras él soñaba con un futuro sin corbata y lejos del cálido aliento de las hirvientes calderas.