viernes, 26 de agosto de 2011

Batiburrillo



Indefinición
Busco un no sé qué que yo que sé. Quiero un yo que sé que no sé yo. Deseo un vete a saber qué que a saber qué es. Anhelo un algo que desconoces,  una cosa que no he visto, un que sé yo que yo no sé. Ansío un je ne sais quoi, un I don`t know what, un no tengo ni idea, un vete tú a saber qué que no sé qué será...








Fósil


Quiero ser un fósil, escribió lentamente en su diario con su cuidada letra, quiero dormir fundida en la roca un largo y pacífico sueño lejos del dolor y la pena.



Quiero ser un fósil -siguió escribiendo sin alzar la mano del papel- y dormir envuelta en piedra y acunada por el tiempo hasta que unas manos futuras me encuentren, me saquen de nuevo a la luz, me traten con mimo y cariño.



Quiero ser un fósil -seguía trazando letras mientras el papel se manchaba del rojo de su sangre- y que, tras extraer mi cuerpo de mi tumba pétrea, esas manos futuras me inventen una nueva historia donde, quizás, haya algún momento de felicidad, esos mismos momentos que nunca he disfrutado.



Quiero ser un fósil...


Apatía


Ni la tele, ni la radio, ni los libros, ni internet, hay días que te hundes lentamente en la apatía... sin saber bien por qué.


Ni escribir, ni caminar, ni hacer deporte, ni estudiar, hay días que sólo tienes ganas de holgazanear.


Son días que pasan con lentitud agosteña, con sosiego veraniego, con pereza canicular aunque sea pleno invierno o haga tiempo otoñal.


Ni jugar, ni trabajar, ni hablar, ni pasear, hay días que te conformas con tirarte en el sofá.


Hasta vivir, esos días,te da una pereza mortal...


Cordones

Ya estás otra vez con los cordones desatados, como siempre. ¿Cómo es posible que ni difunto puedas mantener los cordones atados? Anda, deja que te los ate, al menos ahora no podrás protestar ni decirme que los deje así, como siempre hacías.


Hale, ya está ¿Ves? Ahora no se desatarán esos malditos cordones. Siempre te dije que esa manía de no atártelos nos iba a dar un disgusto. Y tú te reías de mis cosas. Un día te romperás la crisma, te decía. Un día te caerás, te decía. Y tú, ni caso.


Y al final, ya ves, yo tenía razón... aunque lo que nunca pude imaginar es que fueras a utilizar esos endemoniados cordones para colgarte de ellos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Duermevela


Duermevela I


Mientras iba hundiéndose suavemente en el sueño, el fuerte brazo masculino rodeó su cuerpo,  atrayéndola hacia su cálido cuerpo. Ella, con un leve suspiro de placer, se pegó aún más a él, dejándose envolver por el cautivante aroma varonil...

Unos segundos más tarde, su cerebro salió bruscamente de su sopor y comenzó a lanzarle señales de alarma y preguntas incómodas: Si vivía sola y se había ido a la cama sin compañía... ¿A quién pertenecía ese brazo que rodeaba su pecho? Antes de que el miedo lograra hacerle expulsar el grito que trepaba por su garganta, el abrazo perdió todo rastro de dulzura para transformarse en una tenaza mortal que la dejó sin aire y sin vida...


Duermevela II

Mientras iba hundiéndose suavemente en el sueño, el fuerte brazo masculino rodeó su cuerpo,  atrayéndola hacia su cálido cuerpo. Ella, con un leve suspiro de placer, se pegó aún más a él, dejándose envolver por el cautivante aroma varonil...

Unos segundos más tarde, su cerebro salió bruscamente de su sopor y comenzó a lanzarle señales de alarma que le recordaban que él no estaba -no podía estar- allí y que ella estaba sola en el mundo, sola en la vida, sola en su casa y en su cama, sola, incosolablemente sola. Ese cuerpo, ese brazo, esa cálida piel no podían estar ahí porque el hombre a quien pertenecían, aunque insistiera en volver cada noche a su lado, llevaba semanas muerto.

Y sin embargo... sin embargo ella seguía sintiéndolo pegado a su cuerpo, seguía percibiendo su olor, seguía notando su pecho subir y bajar contra su espalda desnuda, su aliento aún erizaba el vello de su nuca.

No estás aquí, dijo ella en voz alta, no puedes estar aquí. Las sábanas se removieron, su brazo la apretó con más fuerza como si él quisiera demostrarle que sí, que estaba allí, con ella.

No estás aquí, volvió ella a repetir, no puedes estar aquí. Un beso rozó su cuello, su cuerpo se acercó aún más al de ella como negándose a su negación.

No estás aquí, insistió ella, no puedes estar aquí. Y continuó repitiendo lo mismo una y otra vez, como un mantra, como una oración. Porque no podía ser él quien estuviera en su cama y aunque así fuera, ese no era su sitio, no debía estar allí...

Al cabo de un rato él pareció rendirse. Una suave brisa hizo revolotear las sábanas, y una ligera ráfaga tocó su mejilla como una caricia mientras en el aire se diluía un te amo apenas audible. Una lágrima recorrió lentamente su rostro hasta caer sobre la almohada mientras ella repetía por última vez: no estás aquí, no puedes estar aquí...


Duermevela III

Mientras iba hundiéndose suavemente en el sueño, el fuerte brazo masculino rodeó su cuerpo,  atrayéndola hacia su cálido cuerpo. Ella, con un leve suspiro de placer, se pegó aún más a él, dejándose envolver por el cautivante aroma varonil.

Unos segundos más tarde, su cerebro salió bruscamente de su sopor y comenzó a lanzarle señales de alarma: algo andaba mal, algo no era como tenía que ser. ¿Qué había de incorrecto en esa escena? ¿El dormitorio?Miró a su alrededor, observando las paredes, el suelo, la ventana, las cortinas... No, el dormitorio era el correcto. ¿La cama? Dio pequeños saltos sobre el colchón, sacó medio cuerpo por un lateral y miró las pelusas que habitaban bajo el mueble, tocó las sábanas, palpó la almohada... No, tampoco era eso, la cama también era la correcta. ¿La noche? Escuhó atentamente los sonidos, aspiró profundamente los aromas, percibió el juego de luces y sombras... No, para nada, no pasaba nada con la noche. ¿El hombre que la abrazaba? Se giró hacia él, lo miró, lo contempló, lo observó, lo palpó y hasta lo saboreó para llegar a la conclusión de que el hombre que estaba con ella era más que correcto, idóneo, apropiado y más que adecuado.
Todo parecía estar bien y, sin embargo, ella seguía teniendo esa inquientante sensación de que algo no era como debía ser.

Y, de pronto, se hizo la luz. Por fin había descubierto la incorrección en la escena, el pequeño fallo que la incomodaba, el diminuto detalle que no encajaba y ese detalle era, nada más y nada menos, que ella misma.

Dio un suspiro mitad de satisfacción, mitad de resignación y con un ¡PLOP! desapareció.