viernes, 28 de enero de 2011

Parsimonia


Es una viejilla consumida y diminuta, más huesos que pellejo, sin un gramo de grasa que ocupe el espacio entre sus huesos y su piel. Su cara, llena de arrugas profundas como barrancos, parece haber olvidado el arte de la sonrisa y de su boca desdentada tan sólo sale una especie de graznidos que, con dificultad, pueden ser interpretados como palabras.


La minúscula anciana se sienta cada día a la puerta de su casa, justo a la entrada del pueblo y su vieja cara es la primera que se encuentra cualquier forastero al llegar. Ella los detiene en su camino y, tras observarles detenidamente con sus ojos casi ciegos, chasquea la lengua disgustada al no encontrar la cara que ansía y se lanza a preguntar por su hijo ¿le has visto?, pregunta, ¿sabes dónde está?, inquiere, ¿le conoces? y, tras la negativa del forastero, la anciana vuelve lentamente hacia su silla y allí se sienta, canturreando y meciéndose, a la espera del siguiente forastero.


El extranjero así observado e interrogado, es natural, no tarda en preguntar en el pueblo por la curiosa viejecilla y los del pueblo, es natural, no tardan en contar, complacidos, la historia de “la abuela de las abuelas”.


Cuentan que, cuando la “abuela de las abuelas” era aún una mujer joven y llena de energía -allá en la época en que el mundo era casi recién nacido-, tenía un hijo listo pero perezoso, cariñoso pero en exceso cachazudo. Tan parsimonioso e indolente que su madre, entre risas, siempre le decía:


-Hijo, el día que me llegue mi hora te enviaré a ti en busca de la muerte.


Y así ocurrió que, llegado el momento, la “abuela de las abuelas”, sintiendo cercana su hora, dijo a su hijo -haciendo gala de su buen sentido del humor- que, teniendo en cuenta lo que se demoraba en sus quehaceres, mejor que saliera ya en busca de la muerte si es quería que esta llegara a tiempo.


El hijo, poco ducho en distinguir bromas de cosas serias, tomó el encargo al pie de la letra y allá que se fue, a buscar a la muerte. Llegados a este punto los vecinos del pueblo hacen una pequeña pausa, suspiran y añaden con apenas un susurro: de eso hace ya màs de mil años. Cuentan que el hijo aún sigue recorriendo el mundo, con su habitual parsimonia, buscando a la Parca sin pausa pero sin ninguna prisa y hay quien incluso asegura viaja en compañía del “Judío errante” o que ha llegado a embarcar en el barco fantamas del otro errante holandés.


Mientras la “abuela de las abuelas”, espera cada día, desde hace mil años, sentada a la puerta de su casa la llegada de ambos para poder, al fin, descansar.


Los forasteros, es natural, no se creen semejante historia. Suponen, es normal, que los habitantes del pueblo intentan reírse del viajero ingenuo o, si es de esas personas que siempre piensan bien, que intentan hacerle pasar un rato entretenido con una leyenda absurda. Pero, se la crean o no se la crean, todos y cada uno de ellos, al partir del pueblo, se despiden de la consumida anciana y le prometen buscar a su hijo y apremiarle para que retorne pronto al lado de su madre.

sábado, 22 de enero de 2011

Ortografía


Ataúlfo Buitrago era incapaz de escribir una palabra de manera correcta y, mucho menos, una frase completa. El Sr. Buitrago le daba patadas al diccionario alegre e indiscriminadamente, maltrataba a la ortografía de forma sádica y apaleaba a la gramática sin un atisbo de piedad.

Lo peor de Ataúlfo no es que fuera un ignorante, lo peor de Ataúlfo es que era un ignorante por propia elección que es la peor clase de ignorante que existe en el mundo. Y es que el Sr. Buitrago consideraba eso de la ortografía y la correcta gramática un peñazo y cosa de cursis estirados y se negaba en redondo a aprender y respetar las normas más básicas de la correcta escritura: trastocaba las uves y las bes sin ton ni son, se comía las haches de allá donde iban y las regurgitaba allá donde más le apetecía, con frecuencia instalaba una jota en lugar de una ge o una ge en lugar de una jota. Los acentos tan pronto llovían confusamente sobre varias palabras elegidas al azar como dejaban los textos convertidos en desiertos estériles. Las comas aparecían o desaparecían según su humor. Los puntos y comas le eran casi desconocidos y los puntos no se sabía muy bien para qué los utilizaba. Adverbios, adjetivos y preposiciones eran objeto de continuos agravios y nadie le había presentado, nunca, a la concordancia. En fin, leer un texto escrito por Ataúlfo Buitrago era como entrar en una selva exuberante en la que resultaba casi imposible avanzar sin la ayuda de un enorme y afilado machete.



El final de tal desaguisado ortográfico y gramático llegó cuando la asistenta de Ataúlfo Buitrago lo encontró tirado en el suelo del salón, con el cráneo aplastado por un enorme diccionario que le cayó encima desde una estantería que, al parecer, empujó tras tropezar con unos libros de gramática y ortografía que se encontraron en el suelo, junto a su cadáver. Su cuerpo, además, presentaba múltiples y diminutos impactos producidos antes de su muerte por unos extraños proyectiles.

Nadie se explica cómo llegaron hasta la casa del Sr. Buitrago los libros que provocaron su muerte y nadie entiende cómo fue posible que dichos volúmenes, supuestamente bien custodiados como pruebas del crimen, desaparecieran sin dejar rastro.



A falta de detectives con un mínimo de imaginación que unieran el pasado del Sr. Buitrago con su trágico final, el caso fue archivado como “no resuelto” y así sigue hasta hoy.

Como yo creo que nosotros sí que tenemos imaginación de sobras me parece es innecesario contar quién asesinó a Ataúlfo Buitrago...






sábado, 15 de enero de 2011

Jugando con la Ñ (Trabalenguas Infantiles... o algo así)

Vania, la araña


¡Menuda maraña
la tela que trama
Vania la araña!


La pobre araña
hoy tiene migraña
no puede ni pensar
por eso enmaraña su tela de araña
y no la sabe desenmarañar.


¡Menuda maraña
la tela que trama
Vania la araña!


La araña, con saña,
deshace su tela
mientras se queja y se duele
de la migraña
que enmaraña su tela de araña.


¡Menuda maraña
la tela que trama
Vania la araña!


Vania, muy huraña,
deja de tejer,
hoy no es buen día
para su tela hacer.
Mañana, sin migraña,
la araña, con más maña,
tejerá su tela de araña
y seguro que le va a complacer.


¡Menuda maraña
la tela que trama
Vania la araña!



La bruja Begoña


La bruja Begoña
es ñoña y gazmoña,
y quiere que todos la llamen doña.

La bruja Begoña
es ñoña y gazmoña,
y en cuanto otoña,
se mete en su casa,
a beber borgoña,
a tocar la zampoña
y a hacer carantoñas
a su gata pechoña.




El salón de belleza

En una cabaña
oculta entre cañas
tiene la cebra
un salón de belleza.


Qué arte, qué maña,
qué bien que se apaña,
con cuanta presteza
trabaja la cebra,
con cuanta destreza
peina cabezas
y a todas adereza.


Llegan sus clientas
veamos quien viene.
Siempre puntual, la señora vicuña,
viene cada viernes,
a peinar su lana,
a cuidar sus uñas,
y a beber tisana.


Y enseguida entra
la señora Ñu,
con velo de tul,
que viene cada mes
con doña Ñandú,
a teñirse de azul
doña Ñu, la crines,
las plumas la ñandú Nines.


Y casi detrás entra la araña
a comer castañas,
a tomar café,
y a arreglarse el pelo
sin dejar de tejer.


Tras ella viene
doña ñacaniná
a abrillantar sus escamas
y sus dientes limar.


En buena compaña
suelen llegar
doña ñacurutú
y doña ñacundá
a limpiar sus plumas,
a lavar y a marcar.


En una cabaña
oculta entre cañas
tiene la cebra
un salón de belleza.


Qué arte, qué maña,
qué bien que se apaña,
con cuanta presteza
trabaja la cebra,
con cuanta destreza
peina cabezas
y a todas adereza.



viernes, 7 de enero de 2011

El zombi


El zombi, recién salido de su tumba, avanzaba bamboleante y aún algo confuso por las oscuras calles de la pequeña ciudad. Hacía apenas una hora dormía plácidamente el sueño eterno y ahora, aquí estaba, manchado de tierra y barro, con gusanos aún corriendo por sus entrañas y las articulaciones algo oxidadas, andando sin rumbo en busca de alimento.


El zombi -antes llamado Anastasio- emitía suaves quejidos de protesta por encontrarse en semejante situación. Si este ser, antes llamado Anastasio, hubiera podido hablar correctamente lo oiríamos lamentarse de la pérdida de su cómodo ataúd y de lo mucho que extrañaba a los gusanos e insectos que lo acompañaban allá abajo y de lo que le costaba moverse con esas articulaciones rígidas y resecas y de los trozos de ropa y carne que iba perdiendo por el camino y de que dónde porras se meten las cuerdas vocales cuando las necesitas para poder lamentarte latimeramente de todo lo que un zombi tiene que lamentarse. Y, encima, esa urgencia que notaba ahí, en el estóma... en los intest... bueno, en lo que quedara de su aparato digestivo que lo empujaba a buscar alimento desesperadamente. Hambre de cerebros, qué tontería, cerebros,él, que cuando era Anastasio siempre había sentido una profunda repulsión hacia los sesos. ¡Qué cosas tan raras que tiene la vid... la muert... bueno, lo que sea!


El ex-vivo antes denominado Anastasio, continuaba su errático y anquilosado deambular en busca de ese repulsivo manjar que su estóm... o lo que sea que ocupara ahora su lugar exigía aunque lo que quedara de su cerebro aún lo rechazara. Las calles estaban desiertas lo cual le hacía sospechar que encontrar comida le iba a resultar bastante más complicado de lo que sabía por las películas de zombies.


Lo que dentro de su cabeza pasaba por ser el cerebro del actual zombie y ex-Anastasio no funcionaba lo bastante como para planificar nada que no fuera seguir vagando y gimiendo como un tonto a la espera de que la comida llegara de forma espontánea hasta sus amarillos dientes. Una parte de su cuasi licuado cerebro que aún tenía algo de Anastasio se estaba partiendo de la risa ante semejante ejemplo de carnívoro estúpido.


Entonces el hambriento monstruo descubrió una ventana y una luz. Una pequeña conexión neuronal tuvo lugar en su masa cerebral (más masa que cerebro) y el ex-Anastasio fue capaz de unir los conceptos de ventana y luz con casa, ser humano y comida. Con extrema dificultad e intentando no perder ningún miembro puso rumbo hacia aquella invitadora claridad.


Cuando el ex-ser humano y nuevo monstruo se acerca a la ventana ve, cerca de ella, a una pequeña y sonrosada anciana que tricota ajena al engendro que mira y olisquea tras el cristal intentando encontrar en su diluido cerebro la forma de llegar hasta el alimento que tanto ansía. Moviéndose con su característica falta de elegancia el zombi arrastra los pies alrededor de la casa hasta que, por casualidad, da con la puerta y comienza a golpearla hasta que la anciana, tan renqueante como el zombi, llega hasta ella y abre.


La mujer se le queda mirando fijamente durante unos segundos antes de reaccionar. Lo saludó efusivamente, lo llamó Eleuterio, hijo, y le hizo pasar mientras no dejaba de hablarle sobre el tiempo que hacía que no pasaba por casa y lo caro que se vendía y hay que ver qué delgado te has quedado hijo, anda, pasa, pasa que te pondré algo de cenar y lávate un poco, anda, que a saber dónde has estado metido para oler de esa manera. Y la vieja le preparó el baño y la cena y le sirvió sus buenos vinos y luego lo despidió con besos y abrazos y arrumacos. Y el ex-Anastasio se quedó de nuevo en la puerta de la calle sin saber muy bien qué había pasado. Con aquello que quedaba de su estómago lleno de estofado pero aún con aquel otro ansia sin saciar pero sin ganas de volver a tocar en aquella puerta.


Un par de horas más tarde, ex-Anastasio se tropezó en su errabundo camino con un borracho que se movía con su misma gracia y hacia él se dirigió el zombi dispuesto a saciar su hambre de asquerosos sesos... Acabaron juntos en un bar de mala muerte, con sendos whiskys, mientras el borracho, llegada la fase de exaltación de la amistad, lo llenaba, por segunda vez aquella noche, de besos y abrazos. Aunque parezca increíble el nuevo zombi fue incapaz de lanzar ni un sólo mordisco a su alcoholizado e hiperactivo amigo. Eso sí, entre bailes, abrazos y caídas varias, ex-Anastasio se las vio y deseó para no acabar perdiendo algún órgano o alguna víscera.


Cuando, finalmente, se vio libre del borracho, se topó con una banda de jóvenes descerebrados en busca de problemas que casi acaban desmembrándolo.


El pobre no-vivo se encontraba cada vez más agotado, hambriento y frustrado. Pensaba con sus escasas neuronas activas que nada podía ir peor de lo que había ido hasta aquel momento y entonces fue cuando conoció a un encantador grupo de amigas en plena despedida de soltera que lo arrastraron con ellas, lo zarandearon, intentaron desnudarlo, lo invitaron a más copas, volvieron a llenarlo de besos y abrazos y acabaron abandonándolo en mitad de la calle aún más aturdido y perdido de lo que se encontraba al comienzo de la noche.


Pobre ex-Anastasio, la vida entre los vivos no le estaba resultando nada sencilla. Según las películas que había visto en la época en que él también pertenecía al mundo de los vivientes, los humanos deberían temerle y salir huyendo en cuanto lo vieran; él era el depredador y ellos la presa. Sin embargo, ahí estaba, empapado en alcohol, cubierto de carmín y con una ridícula diadema con pene.


Como zombi estaba resultando ser un fracaso.


El amanecer pilló al pobre no muerto confuso y atolondrado intentando cruzar una autopista donde fue arrollado por casi tres mil kilos de camión. Mientras su cabeza rodaba hasta quedarse bajo las enormes ruedas, el futuro ex-no muerto sonreía pensando, con la gelatina que hacía las funciones de cerebro, en que pronto volvería a su estupendo y acogedor ataúd.