Búsqueda


Todas las tardes se arreglaba con el mismo esmero de su juventud, cuando lo hacía para ella; peinaba sus escasos y blancos cabellos con cuidado, como le gustaba a ella; se colocaba el mismo sombrero gris del que ella se burlaba por considerarlo algo cursi y anticuado; tomaba el bastón que ella le había regalado en la última Navidad que pasaron juntos y, con paso tardo, ponía rumbo a la biblioteca. Al llegar elegía una mesa, dejaba sobre ella el bastón y el sombrero y se dirigía hacia las estanterías. Con mano temblorosa, sacaba un libro y, renqueando, volvía a su asiento, pasaba unas páginas y, al comprobar que no era lo que buscaba,  sacudía la cabeza y, con un gruñido provocado por el esfuerzo, se levantaba a por el siguiente tomo.


No leía ningún libro y con ninguno se entretenía más tiempo del necesario para comprobar que no era aquel que andaba buscando pero no dejaba ni uno sólo por comprobar. Día tras día, siguiendo un orden rigurosamente alfabético, comprobando a diario aquellos libros que el día anterior no se encontraban en su sitio, continuaba con una búsqueda que cualquiera hubiera tildado de infructuosa y absurda.


Cierto día cogió un gran tomo de hojas amarillentas y, tras echarle un vistazo, su rostro se iluminó con la luz del reconocimiento. Aquel era, sin duda, el libro que llevaba tantísimo tiempo buscando. Comenzó a pasar páginas casi frenéticamente hasta que encontró, oculta entre ellas, una vieja fotografía, amarillenta por los años, desde la que una joven le sonreía con la ilusión de toda una vida por hacer. No era especialmente bella ni singularmente elegante pero, para él, no había existido otra como ella.


Sacó la vieja foto del viejo libro, la contempló extasiado, la besó con dulzura, la apretó contra su pecho y, sonriendo satisfecho, sin soltar la fotografía, descansó su cuerpo contra el respaldo de la silla, cerró los ojos y exhaló su último suspiro.





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